23.8.26

Oda al melocotón de Purullena


 Oh, melocotón de Purullena,

fruta ilustre de Granada,

que llegas a la mesa

con más dignidad que un catedrático

y más perfume que una tarde de agosto.

No eres tú un simple melocotón.

¡Qué va!

Eres materia filosófica,

argumento gastronómico,

tentación de frailes

y enemigo declarado de cualquier dieta

que se precie de razonable.

Naciste bajo el sol de la Hoya de Guadix,

entre tierras secas y horizontes de postal,

donde el paisaje parece haber sido dibujado

por un arquitecto con querencia por el ocre.

Y allí, contra toda lógica,

te hiciste jugoso.

Eso ya merece un monumento.

Cuando uno te sostiene entre las manos

comprende que la Naturaleza,

de vez en cuando,

se permite ciertos excesos.

Tu piel aterciopelada parece decir:

«No tengas prisa».

Y al primer mordisco

el verano entero se desparrama por la camisa.

¡Oh, melocotón purullenense!,

qué lejos quedan entonces

las miserias del mundo,

los correos electrónicos,

las reuniones interminables,

los políticos de turno

y hasta aquel vecino que presume

de entender de vinos.

Tú no necesitas denominación de origen

para imponer respeto.

Te basta con ser bueno.

Que Homero cantó a los héroes,

Cervantes a los locos,

Lorca a la luna

y Neruda a las alcachofas.

Pues alguien tendrá que cantar también

a este humilde aristócrata de verano.

Porque hay frutas que alimentan

y frutas que consuelan.

Y luego estás tú:

melocotón de Purullena,

dulce, fragante, democrático,

jugoso y peligrosamente adictivo.

Que nadie ose pelarte con desgana.

Que nadie te coma de pie, con prisas.

Mereces plato, servilleta

y cierta solemnidad.

Aunque, siendo sinceros,

cuando el zumo empieza a bajar por la muñeca,

la solemnidad se va al carajo.

Y quizá ahí resida tu grandeza:

en recordarnos que la felicidad

puede ser tan sencilla

como sentarse a la sombra,

abrir un melocotón

y dejar que Granada

nos chorree por los dedos.

18.8.26

Noventa años después

 


Noventa años. Casi un siglo desde aquella madrugada de agosto de 1936 en la que Federico García Lorca fue arrancado de la vida y arrojado, junto con su cuerpo, al silencio de una tierra que todavía hoy no ha querido, o no ha sabido, devolverlo.

Noventa años después, resulta difícil escribir sobre Lorca sin sentir cierta incomodidad. Porque hemos convertido al poeta asesinado en estatua, en nombre de instituto, en ruta turística, en cita literaria, en souvenir cultural. Lo hemos domesticado. Hemos aprendido a pronunciar su nombre con solemnidad mientras seguimos siendo incapaces de responder del todo a la pregunta más incómoda: ¿quién lo mató y por qué?

Lorca no murió simplemente en una guerra. Fue asesinado. Y no fue asesinado por accidente, ni por una bala perdida, ni por una fatalidad abstracta llamada Historia. Fue víctima de una violencia política, social y moral que quiso borrar aquello que representaba: la inteligencia, la libertad, la sensibilidad, la cultura, la diferencia, la capacidad de mirar al mundo sin pedir permiso.

Por eso su muerte sigue siendo incómoda.

Porque Lorca no era solamente un gran poeta. Era también aquello que cualquier fanatismo teme: un hombre libre. Un creador que no cabía en las casillas de quienes necesitaban clasificar a los seres humanos para poder odiarlos. Su obra estaba llena de deseo, de tragedia, de marginados, de mujeres condenadas por las convenciones, de gentes que luchaban contra una sociedad que les negaba el derecho a ser quienes eran. En Lorca había demasiada vida para quienes necesitaban imponer silencio.

Y quizá por eso noventa años después seguimos hablando de él.

Pero hay algo profundamente contradictorio en nuestra memoria. España ha aprendido a celebrar a Lorca, pero todavía le cuesta mirar de frente aquello que ocurrió con Lorca. Nos gusta el poeta; nos incomoda el crimen. Nos emociona Romance sonámbulo, nos deslumbra Poeta en Nueva York, veneramos La casa de Bernarda Alba, pero cuando la poesía nos conduce hasta la cuneta, hasta la fosa, hasta el nombre de quienes apretaron el gatillo o señalaron con el dedo, entonces preferimos bajar la voz.

La memoria no puede consistir solamente en admirar a los muertos ilustres. La memoria consiste también en preguntarse por qué murieron.

Lorca fue asesinado hace noventa años y todavía no sabemos con certeza dónde descansan sus restos. Hay algo brutalmente simbólico en ello: el país que ha hecho de su poeta uno de sus mayores emblemas culturales continúa sin poder señalar con exactitud el lugar donde está su cuerpo.

Es difícil imaginar una metáfora más poderosa de nuestra relación con el pasado.

Tenemos perfectamente localizado al mito, pero seguimos buscando al hombre.

Y quizá sea necesario recuperar al hombre antes que al mito. Al Federico que caminaba por Granada, que reía, que tocaba el piano, que escribía, que amaba, que tenía miedo, que soñaba con el teatro y con la poesía. Al Federico que fue detenido y asesinado porque había quienes consideraron que una vida como la suya era intolerable.

Noventa años después, honrar a Lorca no debería consistir únicamente en recitar sus versos. Debería consistir en defender aquello que sus versos representan: la libertad de crear, de amar, de pensar, de disentir y de ser diferente sin que nadie pueda convertir esa diferencia en una condena.

Porque un país que recuerda a sus poetas pero olvida a sus víctimas corre el riesgo de convertir la cultura en decoración.

Y Lorca no nació para decorar ninguna pared.

Nació para incomodar.

Para decirnos que debajo de cada silencio puede esconderse un grito. Que detrás de cada puerta cerrada puede haber una vida que reclama libertad. Que la belleza no es inocente cuando se enfrenta a la injusticia. Y que la poesía, cuando es verdadera, no sirve para olvidar la realidad, sino para hacerla imposible de ignorar.

Noventa años después, Federico sigue estando entre nosotros.

No en el mármol.

No en las fotografías amarillentas.

No solamente en los libros.

Está en cada vez que alguien se atreve a decir lo que otros quieren prohibir. En cada mujer que rompe una puerta cerrada. En cada persona que reclama el derecho a vivir sin esconderse. En cada joven que descubre sus versos y comprende que fueron escritos hace casi un siglo, pero hablan también de su propia libertad.

Quizá esa sea la verdadera derrota de quienes lo mataron.

Quisieron silenciar a un hombre y terminaron convirtiéndolo en una voz.

Una voz que noventa años después continúa preguntándonos qué clase de país queremos ser.

Y esa pregunta, mucho más que cualquier aniversario, debería seguir molestándonos.

17.8.26

Los mares del sur


 Treinta años después, vuelvo a Los mares del Sur, de Manuel Vázquez Montalbán. Y descubro que releer un libro después de tanto tiempo no consiste únicamente en volver a sus páginas: consiste, sobre todo, en volver a uno mismo.

La primera vez que leí la novela debía de parecerme, simplemente, una magnífica historia de Carvalho, una investigación criminal atravesada por la ironía, la gastronomía, la política y ese particular desencanto que Vázquez Montalbán convirtió en una de las señas de identidad de su literatura. Hoy, en cambio, la leo también como quien abre una cápsula del tiempo. Porque entre aquella lectura y esta median treinta años, y en ellos cabe casi una vida.

En 1996 el mundo tenía otra velocidad. Internet comenzaba apenas a asomarse a nuestras vidas y los teléfonos móviles eran todavía objetos casi extravagantes. No existían las redes sociales, ni los teléfonos inteligentes, ni esa permanente conexión que hoy nos acompaña a todas partes. Las noticias llegaban por el periódico, la radio o el telediario, esperar una carta era todavía una experiencia cotidiana y buscar un teléfono significaba, muchas veces, acudir a una cabina o consultar una guía.

España vivía también otro momento. Habían pasado veinte años desde la muerte de Franco, la democracia parecía ya asentada y Barcelona había aprendido a convivir con la extraordinaria transformación provocada por los Juegos Olímpicos de 1992. Pero bajo aquella modernización persistían barrios, personajes, derrotas y contradicciones que Vázquez Montalbán sabía mirar con una lucidez extraordinaria.

Y ahí aparece Pepe Carvalho, uno de los grandes personajes de la novela negra europea. Carvalho no es simplemente un detective que resuelve casos. Es un observador de la sociedad, un descreído, un hombre que contempla el mundo con una mezcla de inteligencia, melancolía y escepticismo. Excomunista, antiguo agente de la CIA, gourmet, lector peculiar que quema libros en la chimenea y habitante sentimental de una Barcelona que cambia demasiado deprisa, Carvalho pertenece tanto al género policíaco como a la literatura social.

Los mares del Sur, publicada en 1979 y galardonada con el Premio Planeta, ocupa un lugar esencial dentro de la saga. La investigación sobre Stuart Pedrell, el empresario que aparece asesinado después de haber anunciado que se marchaba a los mares del Sur, sirve a Montalbán para construir algo mucho más complejo que una intriga criminal. Los supuestos mares exóticos terminan siendo, en realidad, una metáfora de la huida, del deseo de escapar de una vida que quizá nunca fue la que imaginábamos.

Y esa idea resulta especialmente poderosa al releerla ahora.

Porque en 2026 vivimos rodeados de posibilidades de huida que en 1996 apenas podían imaginarse. Podemos recorrer el mundo desde una pantalla, hablar al instante con alguien situado a miles de kilómetros, llevar una biblioteca entera en el bolsillo y conocer en segundos lo que sucede en cualquier rincón del planeta. Tenemos más información, más velocidad, más opciones y, probablemente, menos silencio.

Pero Carvalho sigue siendo reconocible.

Quizá incluso más.

Su descreimiento ante las grandes palabras, su desconfianza hacia las verdades oficiales, su relación casi religiosa con la comida, su gusto por los pequeños placeres y su mirada sobre una sociedad que cambia mientras él intenta comprenderla tienen hoy una sorprendente vigencia. Solo han cambiado los decorados. Donde antes había periódicos, cabinas telefónicas y bares llenos de humo, ahora hay pantallas, algoritmos y conversaciones digitales. Pero seguimos buscando, como Stuart Pedrell, nuestros particulares mares del Sur.

Vázquez Montalbán tenía además una virtud poco frecuente: sabía escribir sobre política sin convertir la literatura en un panfleto, sobre gastronomía sin reducirla a recetario y sobre Barcelona sin caer en la postal turística. Su Carvalho era una especie de brújula moral averiada que, precisamente por estar averiada, señalaba con bastante precisión las contradicciones de su tiempo.

La saga Carvalho es, en ese sentido, mucho más que una colección de novelas policíacas. Es también una crónica sentimental de la España democrática: sus esperanzas, sus frustraciones, sus transformaciones urbanas, sus viejas heridas, sus nuevos ricos, sus izquierdas desencantadas y sus contradicciones. Montalbán convirtió la investigación criminal en una excusa para investigar algo mucho más difícil: quiénes éramos y en qué nos estábamos convirtiendo.

Treinta años después de mi primera lectura, quizá eso sea lo que más me interesa del libro. Ya no leo únicamente la Barcelona de Carvalho. Leo también la distancia entre aquel mundo y este. Leo las palabras que entonces parecían contemporáneas y que hoy tienen el aroma de una época. Leo al escritor y, de algún modo, me leo a mí mismo.

Porque los libros también envejecen, pero no necesariamente envejecen mal. Algunos adquieren con los años una segunda profundidad. La primera lectura nos cuenta una historia; la segunda nos cuenta, además, quiénes éramos cuando la leímos la primera vez.

Por eso esta segunda lectura vacacional de Los mares del Sur tiene algo de viaje sin desplazamiento. Mientras avanzo por sus páginas, regreso a 1996 y a aquel lector que todavía no sabía todo lo que iba a cambiar en los treinta años siguientes. Y al mismo tiempo regreso a 2026, con otra edad, otra memoria y otra mirada.

Quizá los verdaderos mares del Sur nunca estuvieron en ningún mapa.

Quizá sean ese lugar imaginario al que todos viajamos alguna vez cuando necesitamos escapar de nuestra propia vida.

Y quizá releer sea precisamente eso: volver a un lugar conocido para descubrir que, después de treinta años, el que ha cambiado no es el libro.

Somos nosotros.

14.8.26

Tocan a muerto, de Laura Vivar: cuando la memoria vuelve a hablar


 Hay libros que uno termina y guarda en la estantería. Y hay otros que, de alguna manera, continúan caminando con nosotros después de cerrar la última página. Tocan a muerto, de Laura Vivar, pertenece a estos últimos.

Ha sido, además, mi primera lectura vacacional, iniciada entre Granada y Lanjarón, durante estos días en los que el viaje cambia el ritmo de las horas y una novela puede convertirse en una compañía más del camino. Y quizá no haya mejor paisaje para comenzar un libro como este: pueblos, montañas y esa España que todavía conserva, entre sus casas, sus silencios y sus conversaciones, una memoria que se resiste a desaparecer.

Publicada en 2026 por Blatt & Ríos, Tocan a muerto es la primera novela de Laura Vivar. Su punto de partida es sencillo y, al mismo tiempo, profundamente simbólico: las campanas que anuncian una muerte en los pueblos y cuyo número de toques podía incluso distinguir si el fallecido era hombre o mujer. Pero esas campanas terminan anunciando algo mucho más amplio: la muerte de una época, de unas formas de vida y, sobre todo, de tantas voces femeninas que quedaron fuera de la historia escrita.

Y ahí reside uno de los grandes aciertos de la novela.

Laura Vivar no escribe sobre la posguerra desde la distancia de quien contempla una fotografía antigua. Hace que la posguerra hable. Y lo hace a través de mujeres: madres, abuelas, tías, primas, vecinas. Mujeres que aprendieron a sobrevivir antes que a vivir; que conocieron el hambre, el luto, la pobreza, la violencia, el miedo y la ausencia; mujeres que sostuvieron familias enteras mientras la Historia, con mayúsculas, parecía ocuparse exclusivamente de los hombres.

Pero si hay algo que convierte a Tocan a muerto en una novela especialmente valiosa es su lenguaje.

Vivar consigue una oralidad extraordinaria. Las palabras parecen salir directamente de una cocina, de un patio, de un lavadero o de una conversación al caer la tarde. No hay una voluntad de embellecer artificialmente el habla de sus personajes: hay, más bien, un enorme respeto por esa lengua popular que durante décadas fue considerada menor y que aquí se convierte en materia literaria de primer orden. La autora, filóloga especializada en sintaxis latina, hace precisamente lo contrario de lo que cabría esperar de su formación académica: rompe las reglas para encontrar una voz auténtica.

Y esa voz tiene algo hipnótico.

Al principio parece que simplemente escuchamos a una mujer contar cosas de su vida. Poco a poco comprendemos que estamos escuchando mucho más: la memoria de una generación entera. Lo cotidiano adquiere entonces una dimensión enorme. Un plato de comida, un vestido de luto, una enfermedad, una ausencia, un embarazo, una visita, una conversación aparentemente insignificante… todo termina formando parte de un mosaico que retrata una España rural herida y silenciosa.

Es también una novela sobre lo que no se contó.

Sobre las cosas que quedaron enterradas porque no podían decirse. Sobre las mujeres que no tuvieron libros, ni estudios, ni voz pública, pero que conservaron en la memoria aquello que otros quisieron olvidar. Sobre una transmisión oral que pasó de abuelas a madres y de madres a hijas, y que ahora Laura Vivar recoge para convertirla en literatura.

Por eso resulta tan poderosa la pregunta que late detrás del libro: ¿cuánto de nuestra historia se perdió porque quienes la vivieron no tuvieron la posibilidad de escribirla?

Tocan a muerto intenta responder precisamente a eso. Y lo hace sin convertirse en un tratado histórico, sino en algo mucho más íntimo: una sucesión de recuerdos, voces y heridas. La editorial define la novela como una reconstrucción de las consecuencias de la Guerra Civil y del franquismo para las mujeres, pero lo verdaderamente interesante es que Vivar consigue que esa memoria colectiva pase por el corazón antes que por la cabeza.

También hay dolor, naturalmente. Mucho. Pero no es un libro construido únicamente desde la tragedia. Entre sus páginas aparecen la ironía, la complicidad, cierta ternura e incluso ese humor áspero con el que tantas generaciones aprendieron a enfrentarse a la desgracia. Porque también así se sobrevivía: contando las cosas, exagerándolas, riéndose cuando no quedaba otra cosa que hacer.

Y quizá por eso el libro resulta tan cercano.

Porque aunque no hayamos vivido aquella España, reconocemos a sus mujeres. En una abuela. En una madre. En una vecina. En aquellas mujeres que sabían hacer de todo, que parecían no cansarse nunca y que llevaban consigo un mundo entero de historias que casi nunca contaban.

Una autora a la que conviene seguir

Laura Vivar ha debutado con una novela breve, 144 páginas, pero de una considerable densidad emocional y literaria.

Y eso es quizá lo más estimulante: descubrir que detrás de Tocan a muerto hay una escritora que parece haber encontrado desde su primera obra una voz propia. Una voz que no necesita artificios ni grandes alardes para hacerse notar.

Su mérito está precisamente ahí: saber escuchar antes de escribir.

Escuchar a las mujeres, escuchar la lengua, escuchar los silencios y escuchar aquello que permaneció demasiado tiempo debajo de la tierra.

He terminado Tocan a muerto pensando que algunas novelas no deberían medirse por las páginas que tienen, sino por las que continúan escribiéndose dentro de nosotros después de haberlas leído. Porque las campanas de Tocan a muerto no anuncian solamente una muerte.

Anuncian también el regreso de quienes durante demasiado tiempo permanecieron en silencio.

Y Laura Vivar ha tenido el enorme acierto de abrirles la puerta.

Ahora solo queda esperar qué otras historias tendrá guardadas esta autora. Porque después de Tocan a muerto, una cosa parece clara: Laura Vivar ha llegado a la literatura para que la escuchemos.

5.8.26

El verano de 1985

 


El verano de 1985 tenía una luz que ya no existe. No era únicamente el sol, ni el cielo limpio de julio, ni el aire inmóvil de las cinco de la tarde. Era una claridad distinta, la de un mundo que todavía ignoraba su propia fugacidad. Entonces no sabíamos que los días podían acabarse, que las personas podían faltar o que los lugares donde fuimos felices terminarían convertidos en simples geografías de la memoria. Éramos demasiado pequeños para sospechar que el tiempo, ese ladrón silencioso, ya había empezado a caminar detrás de nosotros.

Las tardes parecían eternas. El calor se abrazaba a las persianas verdes del barrio de Santa Catalina, el asfalto desprendía ese olor áspero de los veranos extremeños y el silencio solo era interrumpido por el zumbido incesante de las chicharras. En los garajes todavía había vida. Eran pequeños universos domésticos donde siempre ocurría algo: bicicletas apoyadas contra la pared con las ruedas cubiertas de polvo, herramientas perfectamente ordenadas, latas de pintura olvidadas en una esquina, una radio sonando bajito entre noticias y coplas, y aquellas jaulas donde mi padre criaba unos pequeños conejos blancos que parecían hechos de algodón, de ternura y de silencio.

Mi padre se movía entre ellas con una paciencia casi artesanal. Abría las puertas de las jaulas despacio, cambiaba la paja, les llevaba agua fresca y acariciaba a los animales con la misma delicadeza con la que se cuidan las cosas sencillas. Entonces yo no era consciente de que estaba aprendiendo una lección silenciosa: el amor también se expresa en esos gestos humildes que nadie aplaude y que, sin embargo, sostienen una vida entera.

Y allí estamos nosotros, detenidos para siempre dentro de una fotografía que ha sobrevivido a los años. Yo tengo doce años y sostengo en una mano a mi pequeño hámster y en la otra a uno de aquellos conejillos blancos. Mi hermana apenas tiene cuatro. Mira el mundo con esa expresión limpia de quien todavía cree que todo es posible, con los ojos enormes de los niños que aún no conocen el miedo, la decepción ni la nostalgia. Sin saberlo, entre los dos sosteníamos mucho más que dos pequeños animales. Sosteníamos un pedazo entero de nuestra infancia.

Porque la felicidad, entonces, era extraordinariamente pequeña. Cabía dentro de una jaula, en una caja de zapatos convertida en refugio, en una bolsa de pipas compartida con los amigos del barrio, en un vaso de gaseosa con hielo o en el sonido lejano del camión del heladero doblando la esquina. Bastaba muy poco para sentirse inmensamente rico. No necesitábamos pantallas, ni prisas, ni notificaciones. Solo el tiempo, ese tesoro que entonces parecía inagotable.

Aquel hámster fue seguramente mucho más que una mascota. Fue compañero de tardes interminables, cómplice de juegos que solo existían en mi imaginación, un pequeño ser al que cuidaba con esa seriedad inmensa con la que los niños aman, convencidos de que proteger algo diminuto es una misión de extraordinaria importancia. Recuerdo el tacto suave de su pelo, el ruido de las virutas cuando corría inquieto por la jaula, la emoción de verlo despertar mientras el sol descendía lentamente detrás de los edificios y el verano parecía prometer que nunca terminaría.

Hay animales cuya vida apenas ocupa unos pocos años, pero cuya huella permanece durante décadas. Basta encontrar una vieja fotografía para que regresen enteros: vuelven el olor de la madera, el sonido metálico de la puerta de la jaula, la ilusión con la que abríamos cada mañana para comprobar que seguían allí. La memoria tiene esa extraña capacidad de resucitar aquello que el tiempo creyó haber borrado.

Y mi hermana aparece también como aparecen los hermanos en los recuerdos verdaderos: sin necesidad de protagonismo, formando parte inseparable del paisaje. Igual que los árboles, las aceras o las bicicletas. Porque cuando somos niños no imaginamos que algún día esos instantes tendrán valor de reliquia. Simplemente vivimos. Reímos. Jugamos. Crecemos. Y dejamos que el tiempo haga su trabajo sin sospechar que un día pagaríamos cualquier precio por volver apenas cinco minutos a aquellas tardes.

Ahora contemplo esa imagen y descubro algo que entonces era invisible. Veo a dos niños antes de que llegaran las responsabilidades, las despedidas, las enfermedades, los relojes, los trabajos, las ausencias y ese aprendizaje inevitable que consiste en perder poco a poco las personas y los lugares que uno ama. Los miro desde este lado de la vida y siento una inmensa ternura hacia ellos. Quisiera advertirles de tantas cosas... pero enseguida comprendo que sería injusto. La infancia solo existe porque ignora el futuro.

Con los años uno descubre que la nostalgia no consiste únicamente en echar de menos un tiempo. La verdadera nostalgia es echar de menos a quien fuimos mientras ese tiempo existía. Extrañamos nuestra manera de mirar, la facilidad para sorprendernos, la confianza absoluta en que nuestros padres podían arreglar cualquier problema y en que el verano volvería siempre igual al año siguiente.

Porque en aquella fotografía no aparecen solamente un niño de doce años, una niña de cuatro, un hámster y un conejo blanco. También están las voces de quienes ya no están, las manos de mi padre alimentando a sus animales, las conversaciones de los vecinos apoyados en los portales cuando caía la tarde, las sillas en las aceras buscando un poco de fresco, las ventanas abiertas dejando escapar el olor de las cenas, el ruido lejano de la televisión, las persianas medio bajadas para vencer al calor y un mundo entero que desapareció sin hacer ruido.

Las fotografías antiguas poseen una belleza profundamente melancólica. Son pequeñas máquinas de vencer al olvido. Detienen lo que el tiempo jamás se detiene a contemplar. Guardan sonrisas de personas que hoy solo viven en nuestra memoria, rincones que han cambiado para siempre y momentos tan insignificantes que nadie imaginó que terminarían siendo imprescindibles.

Quizá por eso duele mirar atrás. Porque comprendemos que la vida no vuelve. Que los veranos pasan, que los padres envejecen, que los niños dejan de serlo y que los garajes terminan vacíos, convertidos en simples almacenes donde ya nadie escucha una radio ni cuida conejos blancos.

Pero también sucede algo milagroso.

Durante unos segundos, mientras contemplo aquella fotografía del verano de 1985, el tiempo se rinde. Mi padre vuelve a abrir las jaulas con la misma calma de siempre. Mi hermana vuelve a mirar el mundo con cuatro años. Yo vuelvo a sentir el diminuto corazón de aquel hámster latiendo entre mis manos. Las chicharras vuelven a cantar detrás de la ventana. El barrio recupera el olor de las tardes de julio. Y todos los que parecían haberse ido regresan, aunque solo sea por un instante, al lugar donde nunca dejarán de vivir: la memoria.

Porque quizá esa sea la verdadera victoria del recuerdo. No impedir que el tiempo pase, sino demostrarle que hay veranos, personas y pequeños milagros cotidianos que ni siquiera él ha conseguido borrar.

3.8.26

Las lunas de agosto

 


Dicen los viejos del campo que las lunas de agosto no son iguales a las demás. Que llegan despacio, como una novia vestida de cal y de silencio, y que al cruzar el horizonte despiertan la respiración dormida de los olivos, el rumor de los pozos y el corazón oculto de la tierra.

Entonces la noche deja de ser noche. Se convierte en un inmenso mantel de plata tendido sobre los barbechos, las viñas y los rastrojos todavía tibios por el incendio del sol. El aire huele a higuera madura, a tomillo, a polvo antiguo y a jazmín abierto. Las chicharras entregan el día a los grillos, y el viento, que durante la tarde caminaba abrasado entre los sembrados, regresa ahora descalzo, fresco y misericordioso, acariciando las hojas de los álamos que velan junto al río.

La luna asciende redonda, inmensa, con una solemnidad de reina campesina. Parece una hogaza de luz amasada por las manos invisibles del verano. No alumbra únicamente los caminos; desnuda los recuerdos. Bajo su claridad regresan los patios donde las abuelas desgranaban habichuelas mientras contaban historias imposibles, las eras donde dormían los mulos, las fuentes donde el agua parecía cantar coplas antiguas y las plazas donde las verbenas encendían farolillos para desafiar a la oscuridad.

Hay una música secreta bajo las lunas de agosto. No nace de las guitarras ni de los cantares. Brota de las raíces. Habla en el idioma de las adelfas, del trigo ya segado, del agua escondida bajo las piedras y de las lechuzas que cruzan el cielo con un vuelo tan lento que parecen sostener la noche entre las alas. Es la música que escuchan los pastores cuando levantan la vista hacia las constelaciones y los enamorados cuando el silencio dice mucho más que cualquier palabra.

Las sombras también cambian. Dejan de ser oscuridad para convertirse en criaturas antiguas que pasean entre los olivares. Cada árbol parece guardar una historia. Cada encina protege un secreto. Cada pozo conserva el eco de una voz que un día llamó a otra voz y aún sigue esperando respuesta. Bajo la luna de agosto todo adquiere un alma escondida. Hasta las piedras parecen respirar.

Es la hora en la que los pueblos blancos se vuelven más hermosos. La cal devuelve la luz con una pureza casi milagrosa y las calles estrechas parecen ríos de leche que desembocan en plazas dormidas. Una ventana permanece abierta. Alguien abanica el calor. Un niño persigue una luciérnaga. Una anciana levanta los ojos hacia el cielo buscando, quizá sin saberlo, la misma luna que contempló cuando era niña. Y el tiempo, vencido por tanta belleza, decide detener sus relojes.

Las lunas de agosto conocen el nombre de todos los que amaron bajo ellas. Han visto besos escondidos entre almendros, promesas pronunciadas junto a las acequias, lágrimas silenciosas en los cementerios blancos y regresos que parecían imposibles. Han iluminado el primer llanto de los recién nacidos y el último suspiro de quienes se marcharon con la mirada perdida entre las estrellas. Son antiguas guardianas de la alegría y del duelo, del deseo y de la ausencia.

Quizá por eso despiertan una emoción tan difícil de explicar. Porque no sólo iluminan el paisaje: iluminan aquello que llevamos dentro. Nos recuerdan que somos tierra, agua, memoria y viento; que el verano no es una estación, sino un estado del alma donde todavía es posible creer que el tiempo puede detenerse unos instantes para escuchar cantar a un grillo.

Y mientras la luna continúa su viaje sobre las dehesas Extremeñas, los olivares andaluces y los ríos dormidos, uno comprende que la verdadera poesía nunca estuvo encerrada en los libros. Siempre vivió aquí, sobre esta tierra abrasada por el sol y bendecida por la noche, donde agosto levanta cada año su lámpara de plata para recordarnos que la belleza, como las espigas maduras, sólo se entrega por completo a quienes saben contemplarla en silencio.