16.3.26

Los Oscar: del ritual del cine al espectáculo global

 


Hubo un tiempo, no tan lejano y, sin embargo, envuelto ya en una ligera bruma de nostalgia, en que la noche de los Premios Óscar parecía algo más que una gala televisiva. Era una ceremonia casi litúrgica del cine, un ritual anual en el que Hollywood celebraba su propia mitología bajo las luces cálidas del teatro.
La década de los ochenta tenía algo de sueño imperfecto y maravilloso. En la alfombra roja desfilaban rostros que parecían esculpidos en la memoria del cine: Jack Nicholson con su sonrisa ladeada y su aire de jugador eterno; Meryl Streep con esa elegancia casi tímida que parecía recordar que el cine también era oficio; Robert De Niro, serio, concentrado, como si todavía escuchara dentro de sí los ecos de sus personajes.
La gala transcurría con una mezcla curiosa de glamour y torpeza humana. La orquesta en directo acompañaba los pasos, los discursos eran improvisados, los agradecimientos largos, a veces desordenados, casi domésticos. Se tenía la sensación de que aquello era una reunión de artistas, no una coreografía perfectamente calculada.
Y mientras tanto, en las salas oscuras de todo el mundo, el cine de los ochenta respiraba con una intensidad especial.
Había grandes éxitos de taquilla que se convirtieron en mitos generacionales. Cuando sonaba la música de E.T., de Steven Spielberg, millones de espectadores volvían a sentir la infancia como si fuera un planeta perdido. En "Regreso al futuro" tiempo se doblaba con alegría adolescente, mientras que "En busca del arca perdida" devolvía al cine el sabor aventurero de los viejos seriales.
Pero los ochenta también tuvieron un lado más oscuro, más inquietante, más adulto.
El cine exploraba sombras morales y psicológicas con una intensidad que hoy resulta casi sorprendente. En "Terciopelo azul", David Lynch abría una puerta inquietante hacia el lado perverso del sueño americano. En "Blade Runner", de Ridley Scott, la lluvia caía eternamente sobre un futuro melancólico donde los replicantes reflexionaban sobre la vida con más poesía que los propios humanos.
Y mientras tanto, películas como "El resplandor" de Stanley Kubrick o "El hombre elefante "recordaban que el cine también podía ser una experiencia inquietante, perturbadora, casi espiritual.
Era una década curiosa: convivían el espectáculo popular y la oscuridad artística. El público podía reír con "Ghostbusters", emocionarse con "Rocky III" y al mismo tiempo salir del cine pensando durante días en las preguntas morales de "Platoon" o "Toro Salvaje"
Las galas de los Premios Óscar reflejaban esa mezcla extraña de espectáculo y cine adulto. Los premios podían reconocer a películas intensas, imperfectas, arriesgadas. Había algo imprevisible en todo aquello.
Hoy el cine sigue produciendo maravillas, pero el paisaje ha cambiado.
La noche de los Premios Óscar es ahora un evento global retransmitido en tiempo real por millones de pantallas. Las estrellas llegan acompañadas por ejércitos de estilistas, asesores y estrategas de imagen. Cada gesto parece ensayado, cada frase calculada para sobrevivir a las redes sociales.
Y en las salas, o en las plataformas, el cine también se ha transformado.
Los grandes éxitos actuales se construyen como universos gigantescos. Películas como "Vengadores: Endgame" o "Avatar: El sentido del agua" son espectáculos colosales, casi arquitecturas digitales levantadas con miles de millones de píxeles. Son impresionantes, sin duda, pero a veces parecen diseñadas más como parques temáticos narrativos que como historias imperfectas y humanas.
La industria se ha vuelto más cautelosa. Las películas de gran presupuesto rara vez se arriesgan a explorar las zonas más incómodas del alma humana. Ese tipo de oscuridad, la que habitaba en "Terciopelo azul" o en "Blade Runner" suele quedar ahora relegada a producciones más pequeñas o a los márgenes del cine comercial.
Quizá por eso, cuando uno recuerda los ochenta, siente algo parecido a la nostalgia de un cine que todavía caminaba sin red.
Un cine donde podían convivir extraterrestres entrañables y pesadillas psicológicas, aventuras infantiles y reflexiones existenciales, héroes musculosos y personajes profundamente heridos.
Y así, cada vez que comienza la gala de los Premios Óscar, uno no puede evitar imaginar aquellas noches de hace cuarenta años.
Las cámaras avanzan entre las mesas, suena la música de la orquesta, alguien abre un sobre.
Durante unos segundos, Hollywood vuelve a parecer lo que siempre quiso ser:
una fábrica de sueños.
Pero en algún lugar del recuerdo, entre la lluvia de neón de "Blade Runner" y las bicicletas voladoras de "E.T. El extraterrestres" todavía vive aquel cine de los ochenta que soñaba con menos ruido… y quizá con un poco más de alma. 

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