24.3.26

Ya no hay primaveras como las de antes

 Ya no hay primaveras como las de antes,

ni ese temblor leve en la luz de marzo

que parecía anunciar, sin prisa,

que la vida, a pesar de todo, volvía.

Antes la tarde olía a tierra mojada

y a promesas que no sabíamos nombrar.

Los árboles, cómplices antiguos,

se vestían de verde con una fe

que hoy nos resulta casi ingenua.

Había un banco, quizá,

en algún parque olvidado del tiempo,

donde las horas caían despacio,

como pétalos cansados de belleza,

y uno creía, con esa arrogancia dulce de la adolescencia, 

que todo estaba por comenzar.

Ya no hay primaveras como las de antes,

porque tampoco somos los de entonces.

Hemos aprendido el peso de los días,

la fragilidad de los regresos,

la costumbre de mirar atrás

como quien busca algo que ya no existe.

Las golondrinas vuelven, sí,

pero ya no traen las mismas noticias.

El mundo gira más deprisa, más áspero,

y entre guerras, prisas y pantallas,

la primavera se nos escapa

como un susurro que no supimos escuchar.

Y, sin embargo,

a veces, muy de vez en cuando,

una brisa tibia nos roza la memoria,

y por un instante fugaz, casi sagrado,

todo vuelve:

la risa sin motivo,

la calle interminable al atardecer,

el latido limpio de aquellos días

en que vivir

era tan sencillo como abrir la ventana

y dejar que entrara la luz.


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