Debajo de una alfombra de hojas secas
duermen los pasos que no dimos,
las palabras que llegaron tarde
y los nombres que el otoño pronunció en voz baja.
Allí quedó la tarde intacta,
con su luz dorada y cansada,
como una promesa que no exigía nada
salvo ser recordada.
El viento pasa página
y el tiempo aprende a ser leve.
Nada se pierde del todo:
solo cambia de forma.
Porque debajo de una alfombra de hojas secas
late aún la semilla,
paciente,
esperando la lluvia justa
para volver a decir primavera.

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