Al final del día existe un territorio mínimo y casi sagrado: esos cinco minutos en los que uno se sienta, por fin, y deja que el tiempo afloje su nudo. No es descanso todavía, es balance. La conciencia pasa lista con una cortesía severa: lo que fue digno de gratitud, lo que dolió, lo que se dijo mal, lo que no se dijo nunca.
En ese breve recogimiento, el día pierde su ruido y se vuelve materia pensable. Lo bueno no suele ser grandioso. Suele ser leve, casi humilde, una frase justa, una mirada que sostuvo, un silencio que no hizo daño. Lo malo, en cambio, pesa más de lo que ocupa, y se presenta con la obstinación de lo que pide ser entendido antes que olvidado.
Pensar el día no es juzgarlo, sino escucharlo. Es aceptar que no todo estuvo a la altura de lo que uno cree ser, y aun así concederse el derecho a continuar. Es ahí, en esa pausa discreta y sin testigos, donde el individuo se reconcilia con su imperfección y con su esfuerzo. Y quizá por eso esos cinco minutos, tan breves y tan invisibles, son una de las formas más honestas de sabiduría cotidiana.

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