6.3.26

El demonio con corbata roja

 La noche había caído sobre la Casa Blanca con una calma sospechosa. El césped estaba tan bien recortado que parecía dibujado con regla, y las ventanas del ala oeste brillaban como ojos vigilantes. Dentro, en el Despacho Oval, se desarrollaba una escena que ningún manual de protocolo presidencial había previsto jamás.

En el centro de la sala, sentado en una silla que parecía haber sido traída de una película de serie B sobre posesiones demoníacas, estaba Donald Trump.

Tenía la corbata torcida, el pelo más eléctrico de lo habitual y una expresión entre irritada y divertida.

A su alrededor, un par de decenas de pastores evangélicos, la religión predominante en Estados Unidos si se cuentan por decibelios televisivos, sostenían biblias, botellas de agua bendita compradas en Amazon y una determinación que empezaba a flaquear.

—¡En el nombre del Señor, espíritu maligno, abandona este cuerpo! —gritó el pastor Jenkins, sudando como si estuviera en una sauna.

Trump abrió un ojo.

—Wrong. Totally wrong. —murmuró con voz grave—. El espíritu aquí tiene contrato indefinido.

Entonces la habitación se enfrió.

Las cortinas se agitaron aunque las ventanas estaban cerradas. Una lámpara empezó a parpadear. El retrato de George Washington en la pared pareció inclinarse discretamente, como si quisiera ver mejor el espectáculo.

El pastor Jenkins levantó la cruz.

—¡Demonio! ¡Identifícate!

Trump sonrió. Pero no era exactamente Trump quien sonreía.

La voz que salió de su boca parecía hecha de ecos de mercados bursátiles, discursos militares y noticiarios de madrugada.

—Oh, vamos… ¿todavía no lo habéis entendido? —dijo el demonio—. Yo soy el gerente del caos. El director ejecutivo de la guerra eterna. El contable del miedo.

Los pastores se miraron nerviosos.

—¿Cuál es tu plan? —preguntó uno de ellos.

El demonio suspiró con teatralidad.

—Mi plan es muy sencillo. Siempre lo ha sido. Los humanos sois maravillosos: no hace falta empujaros mucho. Solo un pequeño empujón… y el resto lo hacéis vosotros.

El pastor Jenkins levantó la Biblia.

—¡Habla!

El demonio empezó a enumerar con los dedos de Trump.

—Primero, guerras regionales… pequeñas, manejables.

Después tensiones entre potencias.

Luego sanciones, petróleo, miedo en los mercados.

La silla chirrió.

—Mira alrededor —continuó la voz—. Oriente Medio ardiendo otra vez, Europa jugando al ajedrez con misiles, el mundo mirando al estrecho de Ormuz como si fuera una cerilla en un depósito de gasolina…

Los pastores se santiguaron.

—Pero lo mejor —añadió el demonio con satisfacción— no son las bombas. No. Lo mejor es la precariedad.

Trump se inclinó hacia delante.

—Salarios congelados. Viviendas imposibles. Gente trabajando más horas por menos dinero. Ansiedad. Deuda. Miedo a perderlo todo.

Sonrió.

—Un planeta entero demasiado cansado para rebelarse.

Uno de los pastores gritó:

—¡Eso es mentira! ¡La humanidad es buena!

El demonio soltó una carcajada que hizo vibrar el cristal de las ventanas.

—Oh, claro que lo es. Pero también es distraída. Y mientras discutís en redes sociales, yo hago presupuestos de guerra.

El pastor Jenkins, desesperado, lanzó agua bendita.

Trump parpadeó.

—Tremendo. Agua fantástica. La mejor agua —dijo con voz normal.

Los pastores se miraron esperanzados.

Entonces la sonrisa volvió.

—¿De verdad pensabais que era tan fácil? —susurró el demonio.

Las luces se apagaron.

Un viento helado recorrió el Despacho Oval.

—Yo no vivo solo en este cuerpo —dijo la voz—. Vivo en el miedo al otro. En la ambición sin límites. En la idea de que destruir es rentable.

Silencio.

Uno de los pastores dejó caer la Biblia.

—Entonces… ¿no podemos expulsarte?

El demonio respondió con un tono casi amable.

—Claro que podéis.

Los pastores se acercaron.

—¿Cómo?

Trump se reclinó en la silla.

—Dejando de elegirme. Dejando de obedecerme. Dejando de creer que el mundo es un negocio.


—Pero tranquilos —añadió con ironía—. Eso casi nunca ocurre.

La luz volvió.

Trump miró alrededor.

—¿Se ha acabado el espectáculo? Tengo una reunión.

Los pastores salieron del Despacho Oval en silencio.

Afuera, la noche seguía tranquila.

Pero en algún lugar del mundo sonó una sirena de ataque aéreo.

Y en el Despacho Oval, muy bajito, casi imperceptible, alguien volvió a reír.

5.3.26

Testamento de amor

 El “Testamento de Amor” (1898) de Phoebe Anna Traquair es una de esas pinturas que parecen susurrar en lugar de hablar. No necesita estridencias ni dramatismos; su fuerza está en la serenidad, en ese instante suspendido en el tiempo donde el amor se convierte casi en una promesa sagrada.

Traquair, figura fundamental del movimiento Arts and Crafts Movement en Escocia y considerada la primera mujer artista profesional de la Escocia moderna, desarrolló un estilo profundamente influido por el arte medieval, los manuscritos iluminados y el simbolismo espiritual. Sus obras parecen ventanas abiertas a un mundo donde el arte todavía caminaba de la mano de la fe, la poesía y el misterio.

En este cuadro vemos a dos jóvenes en un momento íntimo y silencioso. La escena está envuelta en una atmósfera de delicada solemnidad: los rostros se inclinan el uno hacia el otro con una ternura casi ritual, como si el amor fuese una ceremonia antigua que exige recogimiento. No hay prisa, no hay ruido. Solo la gravedad dulce de una promesa.

Los colores suaves, los dorados y los tonos delicados recuerdan a los frescos medievales y a los vitrales de una catedral. Todo parece detenido en un instante eterno, como si la artista hubiera capturado ese segundo en que el corazón decide confiar en otro corazón.

La pintura puede leerse también como una metáfora de la vida. Amar, parece decirnos Traquair. es firmar un testamento invisible. No uno de bienes materiales, sino de esperanzas. Cada promesa que hacemos a alguien es una semilla plantada en el jardín incierto del tiempo. Algunas florecen, otras se marchitan, pero todas dejan huella en la tierra del recuerdo.

La vida, como ese gesto silencioso entre los amantes, es un acto de fe. Caminamos sin saber cuánto durará el sendero, pero aun así tendemos la mano. Y en ese gesto sencillo, tan humano, tan frágil, reside quizá la forma más pura de belleza.

Porque al final, como sugiere este cuadro, amar no es poseer el futuro: es atreverse a prometerlo.