Mi abuela se quedó viuda siendo todavía muy joven. De pronto, la vida le puso delante ocho hijos y un horizonte lleno de incertidumbre. Era una época de escasez, de silencios impuestos, de derechos escasos, y aún más escasos para las mujeres. Pero ella, como tantas otras de su generación, no se rindió. Con una mezcla de coraje, dignidad y una voluntad que parecía hecha de hierro, sacó adelante a su familia. No tenía discursos ni pancartas, pero cada día de trabajo, cada sacrificio silencioso, era en sí mismo una forma de resistencia.
A veces pienso que aquellas mujeres levantaron el mundo sin que casi nadie se lo reconociera. Trabajaron dentro y fuera de casa, sostuvieron familias enteras y lo hicieron en un tiempo que apenas les concedía voz ni espacio propio. Sin embargo, su ejemplo permanece: una lección de fortaleza, de dignidad y de amor obstinado por la vida.
Por eso hoy, más que nunca, conviene recordar de dónde venimos. Reivindicar el derecho de todas las mujeres a ser libres, independientes y dueñas absolutas de sus decisiones. A vivir sin tutelas, sin miedos y sin las viejas cadenas que algunos, con mentalidad troglodita, todavía pretenden mantener o disfrazar con nuevos discursos.
También es necesario no dejarse envenenar por el machismo ni por los propagandistas del odio que convierten las redes en trincheras de resentimiento. La igualdad no debería ser un campo de batalla, sino un punto de encuentro: una sociedad más justa donde nadie tenga que pedir permiso para ser quien es.
Porque la historia de mi abuela, como la de tantas mujeres anónimas, nos recuerda algo esencial: los derechos que hoy defendemos no nacen de la nada. Se sostienen sobre la vida, el esfuerzo y el sacrificio de quienes, incluso sin saberlo, ya estaban abriendo camino. Que su memoria nos sirva de guía.
Feliz Día internacional de la Mujer.

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