Nadie recuerda exactamente cuándo fue la última vez que el sol cumplió con su horario. Algunos dicen que pidió una baja emocional; otros, que se quedó atrapado en una rotonda metafísica entre dos borrascas atlánticas. Lo cierto es que, tras mes y medio de precipitaciones obstinadas, el sol decidió declararse en rebeldía pasiva: no se fue, pero tampoco salió. Se quedó ahí arriba, detrás del telón de nubes, cruzado de brazos, murmurando algo sobre la dignidad luminosa y el derecho a brillar cuando a uno le apetece.
En Extremadura, mientras tanto, la gente aprendió a vivir en una especie de acuarela permanente.
En Mérida, la lluvia caía con una solemnidad romana. Las gotas resbalaban por las piedras milenarias como si fuesen lágrimas tardías del Imperio. El puente romano sobre el Guadiana parecía más largo que nunca, estirado por la humedad, y el río, henchido, orgulloso, avanzaba como un senador rejuvenecido por la abundancia.
Las columnas del teatro romano, acostumbradas a tragedias y comedias, observaban el cielo con una paciencia estoica: total, ellas ya lo han visto todo. El sol amagaba a veces con salir, un destello tímido, casi un ensayo general, pero enseguida se arrepentía y volvía a esconderse, como un actor con pánico escénico. En los bares, el café sabía un poco más a consuelo, y las terrazas, vacías, soñaban con un futuro mejor.
En Cáceres, la cosa era distinta. Allí la lluvia parecía empeñada en restaurar la Edad Media gota a gota. Las piedras de la parte antigua absorbían el agua como si llevasen siglos esperándolo. Las calles brillaban con una pátina melancólica y hermosa, y las murallas, serias y calladas, daban la impresión de estar negociando directamente con el clima. El sol, desde su escondite, miraba Cáceres con cierto respeto: no cualquiera se atreve a competir con esa luz gris que convierte cada esquina en una postal sobria y elegante. A ratos, una claridad difusa iluminaba las torres, pero no era sol del todo, más bien una insinuación, una promesa lanzada sin fecha concreta.
En Losar de la Vera, la lluvia no cayó: se instaló. El agua bajaba desde la sierra como si alguien hubiese dejado abierto un grifo ancestral. Los castaños, los robles y los gargantas celebraban en silencio, y el pueblo olía a tierra recién recordada. Aquí el sol ni siquiera amagó; parecía entender que, entre tanta exuberancia húmeda, su papel debía ser discreto, casi decorativo. Las chimeneas humeaban con dignidad rural y los paraguas se convirtieron en parte del atuendo tradicional, como si siempre hubiesen estado ahí.
En Monesterio, la lluvia tenía otro tono: más horizontal, más persistente, como si quisiera calar no solo la tierra sino también las conversaciones. La dehesa se volvió de un verde casi insolente y los caminos parecían recién estrenados. El sol, aquí, se negó con especial cabezonería, quizá intimidado por la seriedad del paisaje o por la solemnidad del jamón colgado, que no necesita luz para saber quién es.
En Tentudía, el cielo parecía más bajo, más cercano, como si uno pudiera tocarlo con la mano desde el monasterio. Todo estaba empapado de una calma extraña, de esas que no inquietan, sino que invitan a quedarse un rato más bajo techo.
El sol sigue sin salir del todo. Extremadura continúa bajo esa claridad indecisa que no es día ni es noche, pero ya nadie lo vive como una derrota. Entre Mérida, Cáceres, la Vera y la sierra sur, hemos aprendido que también hay belleza en la demora, que no toda luz es inmediata y que incluso los cielos obstinados acaban cediendo.
Quizá mañana. Quizá pasado.
El sol, como las buenas noticias, siempre llega cuando menos ruido hace.






























