Estamos todavía en verano. Septiembre apenas empieza a quitarle al calendario algunas horas de luz, pero el calor continúa ahí fuera, pegado a las paredes, a las persianas y a esa costumbre nuestra de mirar el cielo buscando una tregua que todavía no llega.
Y, sin embargo, yo acabo de terminar un libro de invierno.
Coloquio de invierno, de Luis Landero.
Quizá sea una pequeña contradicción, pero la literatura está llena de ellas. Uno puede leer sobre la nieve mientras suda, viajar a París sin moverse del sofá o volver a la infancia desde una habitación en la que ya no queda nadie de aquellos años. Los libros tienen esa extraña capacidad de alterar el calendario y de llevarnos a lugares donde el tiempo no sabe exactamente qué hora es.
Luis Landero pertenece a esa clase de escritores que no necesitan levantar demasiado la voz para hacerse escuchar. Nació en Alburquerque, en la provincia de Badajoz, en 1948, y antes de convertirse en uno de los grandes nombres de nuestra narrativa fue profesor de Lengua y Literatura. Llegó a la novela con Juegos de la edad tardía, aquella extraordinaria historia de ilusiones, imposturas y vidas imaginadas que en 1989 le valió el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa.
Después llegarían Caballeros de fortuna, El mágico aprendiz, El guitarrista, Hoy, Júpiter, Retrato de un hombre inmaduro, Absolución, La vida negociable, Lluvia fina, Una historia ridícula y otros libros en los que Landero ha ido construyendo, con paciencia de artesano, una literatura reconocible y profundamente humana.
También están sus libros más cercanos a la memoria, como El balcón en invierno o El huerto de Emerson, donde la vida y la literatura terminan mezclándose hasta hacerse prácticamente inseparables.
Y quizá sea eso lo que más me gusta de Landero: que escribe de la vida sin necesidad de disfrazarla.
En Coloquio de invierno vuelve a demostrarlo.
Un grupo de personas, refugiadas en un hotel de montaña durante la borrasca Filomena, comienza a contar historias. Parece un argumento sencillo, casi antiguo. Como aquellas noches en las que alguien encendía un fuego y los demás se acercaban para escuchar. Antes de que existieran las pantallas, antes de que el silencio se llenara de notificaciones, los seres humanos ya sabíamos que contar una historia podía ser una manera de combatir la oscuridad.
Landero recupera ese viejo ritual.
Y lo hace con humor, con ironía, con inteligencia y, sobre todo, con ternura.
Porque sus personajes no son héroes. Son personas. Con sus contradicciones, sus miserias, sus deseos, sus pequeñas grandezas y esas derrotas que casi todos vamos acumulando sin darnos demasiada cuenta. Landero sabe que detrás de muchas vidas aparentemente insignificantes hay una novela esperando ser contada.
Quizá por eso uno lee sus libros y acaba reconociendo algo de sí mismo en ellos.
Una inseguridad. Una nostalgia. Un sueño que quedó por cumplir. Una conversación que nunca tuvimos. Una versión de nosotros mismos que alguna vez imaginamos y que finalmente no llegó.
Eso hace Landero: mirar a las personas con cierta ironía, pero también con compasión. Reírse de nosotros sin reírse de nosotros. Recordarnos que todos somos un poco ridículos, un poco heroicos y bastante vulnerables.
Coloquio de invierno me ha gustado por eso.
Porque bajo esa apariencia de historias contadas al calor de un refugio hay algo mucho más profundo: la necesidad humana de hablar para no sentirnos solos. De contar lo que nos ocurrió para comprenderlo. De inventar lo que no vivimos para poder vivirlo de alguna manera.
Y quizá por eso no importa demasiado que todavía sea verano.
Mientras yo terminaba el libro, fuera seguía haciendo calor. Pero dentro de sus páginas había nieve, montañas, habitaciones cerradas y personas hablando mientras el invierno golpeaba los cristales.
Y pensé que tal vez leer sea precisamente eso.
Cambiar de estación sin movernos del sitio.
Entrar en un invierno imaginario cuando septiembre todavía conserva el último calor de agosto.
Cerrar un libro y volver al mundo.
Mirar por la ventana.
Y descubrir que sigue siendo verano.
Pero que algo, muy despacio, ha empezado ya a cambiar.





















