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16.3.26

Los Oscar: del ritual del cine al espectáculo global

 


Hubo un tiempo, no tan lejano y, sin embargo, envuelto ya en una ligera bruma de nostalgia, en que la noche de los Premios Óscar parecía algo más que una gala televisiva. Era una ceremonia casi litúrgica del cine, un ritual anual en el que Hollywood celebraba su propia mitología bajo las luces cálidas del teatro.
La década de los ochenta tenía algo de sueño imperfecto y maravilloso. En la alfombra roja desfilaban rostros que parecían esculpidos en la memoria del cine: Jack Nicholson con su sonrisa ladeada y su aire de jugador eterno; Meryl Streep con esa elegancia casi tímida que parecía recordar que el cine también era oficio; Robert De Niro, serio, concentrado, como si todavía escuchara dentro de sí los ecos de sus personajes.
La gala transcurría con una mezcla curiosa de glamour y torpeza humana. La orquesta en directo acompañaba los pasos, los discursos eran improvisados, los agradecimientos largos, a veces desordenados, casi domésticos. Se tenía la sensación de que aquello era una reunión de artistas, no una coreografía perfectamente calculada.
Y mientras tanto, en las salas oscuras de todo el mundo, el cine de los ochenta respiraba con una intensidad especial.
Había grandes éxitos de taquilla que se convirtieron en mitos generacionales. Cuando sonaba la música de E.T., de Steven Spielberg, millones de espectadores volvían a sentir la infancia como si fuera un planeta perdido. En "Regreso al futuro" tiempo se doblaba con alegría adolescente, mientras que "En busca del arca perdida" devolvía al cine el sabor aventurero de los viejos seriales.
Pero los ochenta también tuvieron un lado más oscuro, más inquietante, más adulto.
El cine exploraba sombras morales y psicológicas con una intensidad que hoy resulta casi sorprendente. En "Terciopelo azul", David Lynch abría una puerta inquietante hacia el lado perverso del sueño americano. En "Blade Runner", de Ridley Scott, la lluvia caía eternamente sobre un futuro melancólico donde los replicantes reflexionaban sobre la vida con más poesía que los propios humanos.
Y mientras tanto, películas como "El resplandor" de Stanley Kubrick o "El hombre elefante "recordaban que el cine también podía ser una experiencia inquietante, perturbadora, casi espiritual.
Era una década curiosa: convivían el espectáculo popular y la oscuridad artística. El público podía reír con "Ghostbusters", emocionarse con "Rocky III" y al mismo tiempo salir del cine pensando durante días en las preguntas morales de "Platoon" o "Toro Salvaje"
Las galas de los Premios Óscar reflejaban esa mezcla extraña de espectáculo y cine adulto. Los premios podían reconocer a películas intensas, imperfectas, arriesgadas. Había algo imprevisible en todo aquello.
Hoy el cine sigue produciendo maravillas, pero el paisaje ha cambiado.
La noche de los Premios Óscar es ahora un evento global retransmitido en tiempo real por millones de pantallas. Las estrellas llegan acompañadas por ejércitos de estilistas, asesores y estrategas de imagen. Cada gesto parece ensayado, cada frase calculada para sobrevivir a las redes sociales.
Y en las salas, o en las plataformas, el cine también se ha transformado.
Los grandes éxitos actuales se construyen como universos gigantescos. Películas como "Vengadores: Endgame" o "Avatar: El sentido del agua" son espectáculos colosales, casi arquitecturas digitales levantadas con miles de millones de píxeles. Son impresionantes, sin duda, pero a veces parecen diseñadas más como parques temáticos narrativos que como historias imperfectas y humanas.
La industria se ha vuelto más cautelosa. Las películas de gran presupuesto rara vez se arriesgan a explorar las zonas más incómodas del alma humana. Ese tipo de oscuridad, la que habitaba en "Terciopelo azul" o en "Blade Runner" suele quedar ahora relegada a producciones más pequeñas o a los márgenes del cine comercial.
Quizá por eso, cuando uno recuerda los ochenta, siente algo parecido a la nostalgia de un cine que todavía caminaba sin red.
Un cine donde podían convivir extraterrestres entrañables y pesadillas psicológicas, aventuras infantiles y reflexiones existenciales, héroes musculosos y personajes profundamente heridos.
Y así, cada vez que comienza la gala de los Premios Óscar, uno no puede evitar imaginar aquellas noches de hace cuarenta años.
Las cámaras avanzan entre las mesas, suena la música de la orquesta, alguien abre un sobre.
Durante unos segundos, Hollywood vuelve a parecer lo que siempre quiso ser:
una fábrica de sueños.
Pero en algún lugar del recuerdo, entre la lluvia de neón de "Blade Runner" y las bicicletas voladoras de "E.T. El extraterrestres" todavía vive aquel cine de los ochenta que soñaba con menos ruido… y quizá con un poco más de alma. 

14.3.26

Crónica de un error eterno

 


Dicen que la historia es un río.

Pero no es cierto.

La historia es un eco.

Un eco largo, persistente, obstinado,

que resuena desde la primera piedra arrojada

hasta el último misil que surca la noche.

Todo empezó quizá con una hoguera mal compartida.

Con dos tribus mirándose a través del humo,

con el miedo disfrazado de orgullo

y el orgullo disfrazado de razón.

Entonces alguien alzó un palo.

Después una lanza.

Después una espada.

Y el ser humano descubrió algo terrible:

que matar también podía convertirse

en una costumbre.

Los siglos pasaron como estaciones.

Los imperios crecieron como árboles torcidos.

Y cada generación creyó, ingenuamente,

que la guerra que le tocaba vivir

sería la última.

Pero siempre llegó otra.

Las llanuras se llenaron de caballos y armaduras.

Los mares de cañones y galeones.

Las trincheras de barro, frío y muchachos de veinte años

que todavía no habían aprendido

a afeitarse del todo.

Y mientras tanto, los libros se escribían.

Las banderas cambiaban.

Los discursos se repetían.

Siempre con palabras nuevas

para contar la misma tragedia.

Algunos decían patria.

Otros decían dios.

Otros decían libertad.

Pero el suelo, cuando recibía la sangre,

no distinguía los motivos.

El siglo XX creyó haber aprendido la lección

cuando el cielo se volvió negro sobre Europa

y las ciudades ardieron como antorchas gigantes.

Millones de muertos.

Campos de ceniza.

Un planeta entero jurando

—esta vez sí—

que jamás volvería a suceder.

Y, sin embargo, sucedió.

Porque el ser humano tiene memoria corta

y orgullo infinito.

Construimos monumentos a la paz

con las mismas manos

que diseñan nuevas armas.

Escribimos tratados

mientras fabricamos misiles.

Lloramos a los muertos

y al mismo tiempo

entrenamos a los futuros.

A veces parece que avanzamos.

Que somos más sabios.

Más civilizados.

Pero basta una frontera,

una bandera agitada por el viento,

una palabra mal pronunciada

para que el viejo eco regrese.

Entonces vuelve la pólvora.

Vuelven los discursos encendidos.

Vuelven los mapas marcados con flechas.

Vuelven las madres mirando la puerta

que ya no se abrirá.

Y la historia, paciente,

toma nota una vez más.

Quizá el verdadero misterio

no es que existan guerras.

El verdadero misterio

es que sigamos creyendo

que esta vez será diferente.

Tal vez algún día

un niño que todavía no ha nacido

rompa ese eco.

Tal vez algún día

la humanidad descubra

que la victoria más difícil

no es vencer al enemigo,

sino dejar de necesitarlo.

12.3.26

Drácula en París

 


Antes de escribir sobre esta nueva versión de Luc Besson, conviene recordar que el pobre Conde Dracula, creado por Bram Stoker, lleva más de un siglo levantándose del ataúd cada vez que Hollywood necesita pagar la hipoteca del castillo.

El primer gran mordisco cinematográfico llegó con Nosferatu, donde Max Schreck parecía más bien un contable muerto que un vampiro, pero el resultado era tan inquietante que aún hoy da escalofríos.

Luego llegó Bela Lugosi en Dracula, que convirtió al conde en un aristócrata elegante, con capa, mirada hipnótica y acento imposible. Desde entonces todo vampiro serio intenta imitarle… aunque sea en Halloween.

En los años cincuenta y sesenta apareció Christopher Lee, que en las películas de Hammer Film Productions transformó al vampiro en una criatura más salvaje, con ojos rojos, colmillos largos y una capacidad extraordinaria para resucitar después de que lo destruyeran en la película anterior.

Y luego, claro, llegó Francis Ford Coppola con Bram Stoker's Dracula, donde Gary Oldman interpretaba a un Drácula que parecía haber salido de una ópera barroca después de pasar tres horas en una peluquería experimental. Excesiva, teatral, romántica… y absolutamente fascinante.

Con ese respetable árbol genealógico vampírico, llega ahora el turno de Luc Besson.

Luc Besson: del metro parisino a los colmillos góticos

Luc Besson ha tenido una carrera que podría describirse como una montaña rusa con banda sonora electrónica.

En los ochenta nos regaló "Subway", un thriller estilizado ambientado en el metro de París donde todo el mundo parecía vestir como si acabara de salir de un videoclip de David Bowie.

Después llegó "Léon: El profesional", donde demostró que podía mezclar violencia, ternura y macetas con una elegancia bastante peculiar.

Más tarde explotó la ciencia ficción con "El quinto elemento", una especie de cómic psicodélico donde taxis voladores, extraterrestres y Bruce Willis convivían con absoluta naturalidad.

Y ya en la fase más reciente de su filmografía llegaron cosas como "Lucy", donde Scarlett Johansson desarrollaba poderes cerebrales ilimitados… lo cual explica por qué la película acaba pareciendo una charla de física cuántica dada por un yogur.

Así que cuando Besson anunció que iba a hacer Drácula, muchos pensamos:

“Bueno, esto puede salir muy bien… o puede salir muy francés”.

La propuesta de Besson intenta volver al espíritu de la novela de Bram Stoker, pero con un giro: en vez de Londres, la acción se mueve hacia un París de finales del siglo XIX que vive la época de la Exposition Universelle of 1889.

La idea prometía: vampiros, niebla, carruajes, la torre Eiffel recién estrenada… una atmósfera perfecta para que el conde practique turismo nocturno.

El problema es que la película a veces parece debatirse entre tres géneros distintos:

-drama romántico gótico

-película de terror

-comedia involuntaria

Hay escenas intensas, muy visuales, Besson sigue teniendo un ojo extraordinario para la estética, pero otras parecen salidas de una telenovela vampírica de sobremesa.

Es como si Drácula hubiese decidido mudarse a París para abrir una galería de arte contemporáneo.

Y entonces aparece Christoph Waltz… y todo se perdona. Y ahí la película cambia.


Waltz tiene esa rara habilidad de convertir cualquier escena en algo interesante aunque esté leyendo la lista de la compra. Desde que deslumbró al mundo como el coronel Hans Landa en Inglourious Basterds de Quentin Tarantino, su presencia eleva automáticamente cualquier proyecto.

En esta película aporta ironía, inteligencia y una elegancia ligeramente siniestra que encaja perfectamente en el universo vampírico. Cada vez que aparece en pantalla, el espectador tiene la sensación de que por fin alguien sabe exactamente qué tipo de película está haciendo.

De hecho, uno acaba pensando:

“Quizá Drácula debería dejar el castillo… y contratar a Waltz como su portavoz oficial” Las adaptaciones clásicas de Drácula tenían algo muy sencillo pero muy poderoso: claridad de tono.

La de Bela Lugosi eran puro teatro gótico.

Las de Christopher Lee eran terror elegante.

La de Coppola era una ópera romántica desbordante.

Las versiones modernas, en cambio, parecen tener miedo de ser simplemente historias de vampiros. Intentan ser filosóficas, psicológicas, posmodernas, revisionistas… y a veces se olvidan de algo esencial:

Drácula funciona mejor cuando entra en una habitación, sonríe, enseña los colmillos… y el público sabe que algo terrible, y fascinante está a punto de ocurrir.

 Porque al final, por muchas reinterpretaciones que hagamos, el viejo conde sigue teniendo una ventaja sobre todos los directores modernos:

él ya ha vivido varios siglos… y sabe perfectamente cómo contar una buena historia de terror. 


10.3.26

La mujer del vestido negro

 


Hay cuadros que se miran y se olvidan con la misma rapidez con la que se pasa una página de periódico. Y hay otros que, sin saber muy bien por qué, se quedan con nosotros. No hacen ruido, no buscan impresionar con estridencias ni con grandes gestos dramáticos. Simplemente se instalan en la memoria, como una melodía suave que seguimos tarareando sin darnos cuenta.

Eso es lo que me ocurre con “The Woman in a Black Dress” de Tatsuro Kiuchi.

La primera vez que lo contemplé tuve la sensación de estar ante una escena detenida en el tiempo. No parecía una simple ilustración, sino más bien un fragmento de una historia que continúa más allá del marco. Esa mujer, de pie con serenidad, mirando, tal vez, hacia el exterior o a la puerta de entrada con una calma casi enigmática, despierta inmediatamente una pregunta inevitable: ¿qué está pensando?, ¿a quién espera?, ¿qué recuerdo la acompaña en ese instante silencioso?

Quizá por eso el cuadro resulta tan sugerente. Porque no lo explica todo. Porque deja espacio para la imaginación, para la memoria y para esa melancolía suave que a veces aparece cuando contemplamos una escena aparentemente sencilla.

Es complicado describir esa imagen con palabras, explorar las posibles interpretaciones que sugiere y compartir una reflexión sobre la atmósfera poética y misteriosa que Tatsuro Kiuchi logra construir con una aparente simplicidad. Porque a veces, en el arte como en la vida, los gestos más discretos son los que contienen las historias más profundas.

En “The Woman in a Black Dress”, el ilustrador japonés Tatsuro Kiuchi construye una escena de una serenidad inquietante. Una mujer, vestida con un sobrio y elegante traje negro, permanece en el interior de una barra de bar. Su figura es alargada, casi escultórica, y su postura posee una dignidad silenciosa, como si estuviera suspendida en un instante que se niega a pasar.

La luz es tenue y melancólica. Parece provenir de un lugar indefinido: tal vez una lámpara interior, tal vez el reflejo de la ciudad nocturna. Esa iluminación acaricia el contorno del vestido y deja el resto de la estancia en una penumbra suave, como si el tiempo se hubiera detenido dentro de la habitación.

Fuera, más allá de la imagen, se intuye la vida de la ciudad: luces difusas, sombras que se deslizan, la promesa de calles húmedas y conversaciones lejanas. Pero la mujer permanece ajena a ese movimiento. Su pose no es exactamente triste ni soñadora; es más bien de espera, como si contemplara algo que aún no ha ocurrido o recordara algo que ya se ha perdido.

El negro del vestido, lejos de ser un color de ausencia, adquiere aquí una profundidad casi simbólica. Absorbe la luz, domina la composición y convierte a la mujer en el eje silencioso del cuadro. Todo gira en torno a ella: la barra, la banda de jazz al fondo, la atmósfera detenida.

Quizá en ese instante la banda de jazz del cuadro esté tocando una melodía lenta, de esas que parecen flotar en el aire como humo de tabaco en un bar antiguo. Tal vez el piano deje caer notas suaves, mientras el contrabajo marca un latido tranquilo, como un corazón que conoce bien la noche. La música, con un suspiro dorado, podría estar contando una historia que nadie ha vivido y que, sin embargo, todos reconocen.

Uno imagina que la música no suena solo para quienes están dentro del cuadro, sino también para quien lo mira. Como si cada nota escapara del lienzo y caminara despacio por la habitación, trayendo consigo ecos de conversaciones olvidadas, risas lejanas y noches que nunca terminan.

Y así, mientras la banda sigue tocando en ese rincón inmóvil del tiempo, el cuadro deja de ser pintura y se convierte en memoria: una pequeña escena donde el jazz mantiene encendida, para siempre, la luz cálida de la madrugada. 

La escena posee una elegancia contenida, una especie de poesía visual donde cada elemento parece cuidadosamente equilibrado para producir una emoción suave pero persistente.

El cuadro puede interpretarse como una meditación sobre la espera y la memoria.

La mujer no parece simplemente estar en pie; parece habitar un intervalo del tiempo.

En este sentido, la figura femenina podría representar a alguien que observa el mundo desde una distancia emocional. No está aislada, pero tampoco participa del movimiento exterior. Se encuentra en un estado intermedio: entre el pasado y el presente, entre el recuerdo y la posibilidad.

El vestido negro refuerza esa ambigüedad simbólica. Tradicionalmente asociado al luto, a la elegancia o al misterio, aquí parece sugerir una historia no contada. No sabemos si la mujer espera a un amante, recuerda a alguien ausente o simplemente contempla la vida con la serenidad de quien ha comprendido demasiado.

La atmósfera del cuadro tiene también algo cinematográfico, cercano al cine noir o a ciertas escenas de Edward Hopper, donde la soledad urbana se convierte en una forma de introspección.

En definitiva, Kiuchi no nos muestra un acontecimiento, sino un estado del alma.

La fuerza de esta obra reside en su silencio.

No hay acción visible, ni drama explícito, ni narración evidente. Y sin embargo el cuadro sugiere innumerables historias posibles. El espectador se convierte así en cómplice de la escena, obligado a completar con su imaginación aquello que el artista apenas insinúa.

Quizá esa mujer no espera a nadie.

Quizá espera a todos.

Tal vez su mirada hacia la ciudad no sea nostalgia, sino una forma de contemplación tranquila: la conciencia de que la vida transcurre siempre más allá de nosotros, mientras permanecemos durante un instante en un lugar concreto del tiempo.

En ese gesto inmóvil, en ese vestido negro que absorbe la luz el cuadro parece recordarnos algo esencial: cada vida contiene momentos de espera en los que, sin darnos cuenta, estamos dialogando con nuestra propia memoria.

Y en esos instantes silenciosos, como la mujer del cuadro, todos nos convertimos, por un momento, en espectadores de nuestra propia historia.

8.3.26

Las mujeres que abrieron camino

 


Mi abuela se quedó viuda siendo todavía muy joven. De pronto, la vida le puso delante ocho hijos y un horizonte lleno de incertidumbre. Era una época de escasez, de silencios impuestos, de derechos escasos, y aún más escasos para las mujeres. Pero ella, como tantas otras de su generación, no se rindió. Con una mezcla de coraje, dignidad y una voluntad que parecía hecha de hierro, sacó adelante a su familia. No tenía discursos ni pancartas, pero cada día de trabajo, cada sacrificio silencioso, era en sí mismo una forma de resistencia.

A veces pienso que aquellas mujeres levantaron el mundo sin que casi nadie se lo reconociera. Trabajaron dentro y fuera de casa, sostuvieron familias enteras y lo hicieron en un tiempo que apenas les concedía voz ni espacio propio. Sin embargo, su ejemplo permanece: una lección de fortaleza, de dignidad y de amor obstinado por la vida.

Por eso hoy, más que nunca, conviene recordar de dónde venimos. Reivindicar el derecho de todas las mujeres a ser libres, independientes y dueñas absolutas de sus decisiones. A vivir sin tutelas, sin miedos y sin las viejas cadenas que algunos, con mentalidad troglodita, todavía pretenden mantener o disfrazar con nuevos discursos.

También es necesario no dejarse envenenar por el machismo ni por los propagandistas del odio que convierten las redes en trincheras de resentimiento. La igualdad no debería ser un campo de batalla, sino un punto de encuentro: una sociedad más justa donde nadie tenga que pedir permiso para ser quien es.

Porque la historia de mi abuela, como la de tantas mujeres anónimas, nos recuerda algo esencial: los derechos que hoy defendemos no nacen de la nada. Se sostienen sobre la vida, el esfuerzo y el sacrificio de quienes, incluso sin saberlo, ya estaban abriendo camino. Que su memoria nos sirva de guía.

Feliz Día internacional de la Mujer.

6.3.26

El demonio con corbata roja

 La noche había caído sobre la Casa Blanca con una calma sospechosa. El césped estaba tan bien recortado que parecía dibujado con regla, y las ventanas del ala oeste brillaban como ojos vigilantes. Dentro, en el Despacho Oval, se desarrollaba una escena que ningún manual de protocolo presidencial había previsto jamás.

En el centro de la sala, sentado en una silla que parecía haber sido traída de una película de serie B sobre posesiones demoníacas, estaba Donald Trump.

Tenía la corbata torcida, el pelo más eléctrico de lo habitual y una expresión entre irritada y divertida.

A su alrededor, un par de decenas de pastores evangélicos, la religión predominante en Estados Unidos si se cuentan por decibelios televisivos, sostenían biblias, botellas de agua bendita compradas en Amazon y una determinación que empezaba a flaquear.

—¡En el nombre del Señor, espíritu maligno, abandona este cuerpo! —gritó el pastor Jenkins, sudando como si estuviera en una sauna.

Trump abrió un ojo.

—Wrong. Totally wrong. —murmuró con voz grave—. El espíritu aquí tiene contrato indefinido.

Entonces la habitación se enfrió.

Las cortinas se agitaron aunque las ventanas estaban cerradas. Una lámpara empezó a parpadear. El retrato de George Washington en la pared pareció inclinarse discretamente, como si quisiera ver mejor el espectáculo.

El pastor Jenkins levantó la cruz.

—¡Demonio! ¡Identifícate!

Trump sonrió. Pero no era exactamente Trump quien sonreía.

La voz que salió de su boca parecía hecha de ecos de mercados bursátiles, discursos militares y noticiarios de madrugada.

—Oh, vamos… ¿todavía no lo habéis entendido? —dijo el demonio—. Yo soy el gerente del caos. El director ejecutivo de la guerra eterna. El contable del miedo.

Los pastores se miraron nerviosos.

—¿Cuál es tu plan? —preguntó uno de ellos.

El demonio suspiró con teatralidad.

—Mi plan es muy sencillo. Siempre lo ha sido. Los humanos sois maravillosos: no hace falta empujaros mucho. Solo un pequeño empujón… y el resto lo hacéis vosotros.

El pastor Jenkins levantó la Biblia.

—¡Habla!

El demonio empezó a enumerar con los dedos de Trump.

—Primero, guerras regionales… pequeñas, manejables.

Después tensiones entre potencias.

Luego sanciones, petróleo, miedo en los mercados.

La silla chirrió.

—Mira alrededor —continuó la voz—. Oriente Medio ardiendo otra vez, Europa jugando al ajedrez con misiles, el mundo mirando al estrecho de Ormuz como si fuera una cerilla en un depósito de gasolina…

Los pastores se santiguaron.

—Pero lo mejor —añadió el demonio con satisfacción— no son las bombas. No. Lo mejor es la precariedad.

Trump se inclinó hacia delante.

—Salarios congelados. Viviendas imposibles. Gente trabajando más horas por menos dinero. Ansiedad. Deuda. Miedo a perderlo todo.

Sonrió.

—Un planeta entero demasiado cansado para rebelarse.

Uno de los pastores gritó:

—¡Eso es mentira! ¡La humanidad es buena!

El demonio soltó una carcajada que hizo vibrar el cristal de las ventanas.

—Oh, claro que lo es. Pero también es distraída. Y mientras discutís en redes sociales, yo hago presupuestos de guerra.

El pastor Jenkins, desesperado, lanzó agua bendita.

Trump parpadeó.

—Tremendo. Agua fantástica. La mejor agua —dijo con voz normal.

Los pastores se miraron esperanzados.

Entonces la sonrisa volvió.

—¿De verdad pensabais que era tan fácil? —susurró el demonio.

Las luces se apagaron.

Un viento helado recorrió el Despacho Oval.

—Yo no vivo solo en este cuerpo —dijo la voz—. Vivo en el miedo al otro. En la ambición sin límites. En la idea de que destruir es rentable.

Silencio.

Uno de los pastores dejó caer la Biblia.

—Entonces… ¿no podemos expulsarte?

El demonio respondió con un tono casi amable.

—Claro que podéis.

Los pastores se acercaron.

—¿Cómo?

Trump se reclinó en la silla.

—Dejando de elegirme. Dejando de obedecerme. Dejando de creer que el mundo es un negocio.


—Pero tranquilos —añadió con ironía—. Eso casi nunca ocurre.

La luz volvió.

Trump miró alrededor.

—¿Se ha acabado el espectáculo? Tengo una reunión.

Los pastores salieron del Despacho Oval en silencio.

Afuera, la noche seguía tranquila.

Pero en algún lugar del mundo sonó una sirena de ataque aéreo.

Y en el Despacho Oval, muy bajito, casi imperceptible, alguien volvió a reír.

5.3.26

Testamento de amor

 El “Testamento de Amor” (1898) de Phoebe Anna Traquair es una de esas pinturas que parecen susurrar en lugar de hablar. No necesita estridencias ni dramatismos; su fuerza está en la serenidad, en ese instante suspendido en el tiempo donde el amor se convierte casi en una promesa sagrada.

Traquair, figura fundamental del movimiento Arts and Crafts Movement en Escocia y considerada la primera mujer artista profesional de la Escocia moderna, desarrolló un estilo profundamente influido por el arte medieval, los manuscritos iluminados y el simbolismo espiritual. Sus obras parecen ventanas abiertas a un mundo donde el arte todavía caminaba de la mano de la fe, la poesía y el misterio.

En este cuadro vemos a dos jóvenes en un momento íntimo y silencioso. La escena está envuelta en una atmósfera de delicada solemnidad: los rostros se inclinan el uno hacia el otro con una ternura casi ritual, como si el amor fuese una ceremonia antigua que exige recogimiento. No hay prisa, no hay ruido. Solo la gravedad dulce de una promesa.

Los colores suaves, los dorados y los tonos delicados recuerdan a los frescos medievales y a los vitrales de una catedral. Todo parece detenido en un instante eterno, como si la artista hubiera capturado ese segundo en que el corazón decide confiar en otro corazón.

La pintura puede leerse también como una metáfora de la vida. Amar, parece decirnos Traquair. es firmar un testamento invisible. No uno de bienes materiales, sino de esperanzas. Cada promesa que hacemos a alguien es una semilla plantada en el jardín incierto del tiempo. Algunas florecen, otras se marchitan, pero todas dejan huella en la tierra del recuerdo.

La vida, como ese gesto silencioso entre los amantes, es un acto de fe. Caminamos sin saber cuánto durará el sendero, pero aun así tendemos la mano. Y en ese gesto sencillo, tan humano, tan frágil, reside quizá la forma más pura de belleza.

Porque al final, como sugiere este cuadro, amar no es poseer el futuro: es atreverse a prometerlo. 


28.2.26

Febrero rebelde

 Hubo un año, nadie recuerda cuál, pero fue un año con muchas lluvias, en que febrero se rebeló.

Se levantó el día 1 con ojeras de calendario viejo, miró el almanaque colgado en la pared del tiempo y dijo:

—Hasta aquí hemos llegado.

Porque febrero estaba harto. Harto de sus 28 días enclenques, de ese 29 que aparecía cada cuatro años como un primo lejano que viene de visita y se va sin despedirse, y, sobre todo, harto de las risitas de sus compañeros de estantería.

Enero, con sus 31 días robustos y su chulería de comienzo, se aclaraba la garganta con ventisca y comentaba:

—Ay, Febrerillo… ¿ya te has acabado?

Marzo, que siempre llega ventoso y desordenado, soltaba carcajadas polvorientas:

—No te preocupes, chiquitín, que ya sigo yo lo que tú no puedes terminar.

Y diciembre, envuelto en espumillón y en décimos de lotería, brindaba con cava de Almendralejo mientras murmuraba:

—Es que 28 días no dan ni para amortizar el mes.

Febrero fingía una cierta dignidad. Pero por dentro le hervían los carnavales.

Una madrugada helada convocó una asamblea extraordinaria en el Salón Plenario del Tiempo. Acudieron los doce meses con sus mejores galas climáticas.

—Quiero 30 días —declaró febrero, golpeando la mesa con una máscara del carnaval de Badajoz—. Al menos 30. No pido 31. No soy ambicioso. Solo quiero dejar de ser el chiste breve del año.

Abril, que siempre anda con lluvias intermitentes, dijo:

—Yo tengo 30 y a pesar de la Semana Santa, tampoco es que me respeten tanto.

Junio, cálido y satisfecho, intervino:

—El problema no es la cantidad, es la calidad.

—¡Fácil decirlo cuando tienes 30 días estables y vacaciones al acecho! —saltó febrero.

Octubre, con su capa de hojas secas, habló con voz de biblioteca:

—La tradición romana te dejó así. No es personal.

Febrero se levantó indignado.

—¡Pues que venga Roma y me lo diga a la cara!

Y como en los relatos que nadie cree hasta que ocurren, apareció el espectro de Julio César, con toga transparente y gesto administrativo.

—A ver, chavales —dijo el fantasma—, el reparto de días fue un asunto complicado y ya nos trajo muchos quebraderos de cabeza . Había que cuadrar estaciones, cosechas, equinoccios…

—¿Y a mí me tocó la rebaja? —replicó febrero—. ¿La liquidación por cierre?

Desde el fondo surgió otra figura, más elegante, más peinada, más imperial: Augusto.

—No te quejes tanto —añadió Augusto—. Yo también ajusté lo mío.

—¡Claro! —gritó febrero—. Tú te quedaste con 31 y encima te pusiste nombre de mes. ¡Eso es marketing imperial!

La asamblea se convirtió en un murmullo de páginas pasando solas.

Febrero, decidido a no ser menos que nadie, hizo lo impensable: se autoañadió dos días. El 29 y el 30 aparecieron de golpe como champiñones invernales.

El mundo, al principio, no se dio cuenta. La gente fue a trabajar el día 29 convencida de que aquello era normal. Pero el día 30 comenzó el caos:

Los alquileres se desajustaron. Los horóscopos se quedaron sin predicciones. Las agendas electrónicas entraron en pánico existencial.

Un señor celebró su cumpleaños por primera vez en un día que no existía oficialmente y decidió no envejecer.

Marzo llegó puntual, como siempre, pero encontró la puerta cerrada.

—Oye, que me toca.

—No hasta que me respetes —respondió febrero desde dentro, con bufanda reivindicativa.

El propio Tiempo, que rara vez interviene porque está ocupado pasando, convocó un juicio cósmico.

—Febrero —dijo con voz que sonaba a reloj antiguo—, ¿por qué cojones quieres 30 días?

Febrero respiró hondo.

—Porque estoy hasta la punta del Annapurna de ser el menos. Porque cuando alguien dice “esto es corto”, dicen “esto es como febrero”. Porque quiero que me tomen en serio.

El Tiempo sonrió con paciencia de eternidad.

—No eres menos. Eres intenso. En tus 28 días caben carnavales, temporales, amores precipitados y promesas que no aguantan hasta marzo. Eres el mes que concentra el invierno como una capsula de la Nespresso.

Enero bajó la cabeza. Marzo dejó de silbar.

—Además —añadió el Tiempo—, cada cuatro años te regalo un día extra. No como limosna, sino como misterio.


Febrero miró sus manos frías. Pensó en los disfraces, en los paraguas doblados por el viento , en San Valentín y los enamorados que se prometen eternidad en 24 horas.

Y suspiró.

—Está bien. Me quedo con 28. Pero quiero dignidad.

Desde entonces, cuando alguien dice “esto dura poco”, los demás meses carraspean incómodos. Porque aprendieron que no es la cantidad de días lo que define un mes, sino lo que es capaz de hacer con ellos.

Y febrero, pequeño pero cabezorro, sigue ahí cada año, mirando de reojo a los de 31 días y pensando:

“Reíd mientras podáis. Yo soy el único que sabe desaparecer antes de que os dé tiempo a acostumbraros.”

Y eso, en el fondo, es un poder.

26.2.26

Gaby, Fofó, Miliki y Fofito en el Hiperespacio

 


En algún lugar entre la constelación de Orión y el área de servicio de la autopista A-5 interestelar, una nave con forma de bombo gigante surcaba el hiperespacio haciendo pi-pi-pi-piiii.

Al frente, con gorra de capitán y una bocina que decía “HONK” en varios idiomas galácticos, iba Gaby.

—¿Cómo están ustedes? —preguntó con solemnidad cósmica.

Un coro de marcianitos verdes, con antenas temblorosas, respondió al unísono:

—¡Bieeeeeeen!

En la cabina de mandos, Fofó pulsaba botones al azar. Cada vez que tocaba uno, la nave cambiaba de color y sonaba un acordeón.

—Miliki, ¿este botón pone “hipersalto” o tal vez “horchata”? Me he olvidado las gafas!!

—Depende de si lo aprietas con la nariz o con el codo —respondió Miliki, mientras afinaba una guitarra que flotaba en gravedad cero.

De pronto, el más joven de la tripulación, Fofito, salió disparado por la falta de gravedad, agarrado a un globo rojo que se negaba a obedecer las leyes de Newton.

—¡No me esperes, que me mareo! —gritaba mientras daba vueltas alrededor del timón cuántico.

El ordenador de a bordo anunció con voz flamenca:

—Destino programado: Planeta 3, sistema “Hola Don Pepito”.

Miliki rasgueó la guitarra y comenzó:

—🎵 Hola Don Pepito… 🎵

Desde el planeta respondieron miles de alienígenas con bigote postizo:

—🎵 Hola Don José… 🎵

El problema fue que, como en el hiperespacio el eco dura tres años luz, la canción se convirtió en un canon infinito que amenazaba con romper el continuo espacio-tiempo. Gaby tuvo que intervenir:

—¡Señores marcianos, en orden y sin empujones, que aquí no hemos venido a doblar galaxias!

En el hangar número siete viajaba una gallina con casco espacial.

—Es especial —dijo Fofó—. Pone huevos de antimateria.

Miliki, solemne, anunció:

—🎵 Yo conozco una vecina que ha comprado una gallina… 🎵

La gallina, conocida oficialmente como Turuleca Prime, puso un huevo que explotó en confeti cósmico y dejó escrito en el vacío: “¡JA JA JA!”

Fofito, cubierto de purpurina estelar, sentenció:

—¡Tiene las patas de alambre porque viene del planeta Cobre!

Una patrulla espacial les dio el alto.

—Documentación y licencia de payasada —exigió el comandante, un pulpo fosforescente.

Gaby, muy serio, respondió:

—Somos artistas internacionales, universales y multiversales. Venimos en son de paz… y de trompeta.

Miliki empezó a tocar “Susanita tiene un ratón” versión sideral. El ratón apareció convertido en meteorito con sombrero cordobés.

El pulpo, emocionado, soltó tinta fluorescente formando corazones.

—Pueden continuar. Pero cuidado con el agujero negro de la derecha; se traga hasta los chistes malos.

—¡Entonces estamos perdidos! —susurró Fofó.

Decidieron montar función en mitad del hiperespacio. La carpa era una nebulosa rosa. Las estrellas hacían de focos.

—¡Que empiece el espectáculo! —anunció Gaby.

Fofito hizo una voltereta que duró exactamente nueve minutos terrestres. Fofó lanzó tartas que se quedaban flotando hasta que alguien pasaba y ¡plas! directo en la cara. Miliki cantó:

—🎵 La gallina turuleca… 🎵

Y miles de asteroides aplaudieron chocando entre sí.

En el clímax del show, todos gritaron:

—¿Cómo están ustedes?

Y el universo entero respondió:

—¡Bieeeeeeen!

El eco viajó por galaxias remotas, rebotó en Saturno, hizo cosquillas en Marte y regresó convertido en carcajada.

Cuando regresaron a la Tierra, nadie creyó su historia.

—Eso no puede ser verdad —dijo un productor de televisión.

Gaby guiñó un ojo:

—En el hiperespacio todo es verdad… sobre todo lo que parece mentira.

Y mientras se alejaban, la nave-bombo volvió a sonar: pi-pi-pi-piiiii, dejando tras de sí una estela de risas, canciones y un cartel luminoso que decía:

“El que ríe último… ríe en gravedad cero.”

20.2.26

El lienzo en blanco: el enigma que Málaga aún no ha podido cerrar


 Málaga,  el 6 de abril de 1987 fue un día que empezó con la ilusión artística de un niño y terminó, para siempre, en la penumbra de un misterio. Aquella tarde, David Guerrero Guevara, un muchacho de apenas trece años conocido por su talento para la pintura, salió de su casa en el barrio Veinticinco Años de Paz con sus materiales artísticos y su tarjeta de autobús. Iba a una inesperada oportunidad: una entrevista en una galería de arte malagueña tras la exposición de una de sus obras, un óleo sobre el “Cristo de la Buena Muerte” que había sorprendido a críticos y aficionados locales. Nunca llegó a su destino. Desde entonces, la fecha del 6 de abril se ha convertido en una herida abierta en la memoria de la ciudad y en un símbolo doloroso de la incertidumbre que provocan las desapariciones. 

La desaparición de un niño, todavía más de uno con un don especial reconocido por su comunidad, traspasa lo personal y adquiere una dimensión colectiva. En España, como en otros lugares del mundo, las cifras de personas desaparecidas reflejan un problema complejo que combina tragedias familiares, lagunas en la investigación policial y largos periodos de silencio sin respuestas claras. Cada caso sin resolver representa, no solo una historia individual, sino una red de dolor extendida entre parientes, amigos y una sociedad que ve en ese vacío una herida común.

El trauma provocado por la ausencia prolongada es profundo. Los expertos en psicología familiar señalan que la ambigüedad, esa falta de cierre definitivo sobre lo que ocurrió, es una de las formas más duras de sufrimiento. Los seres queridos quedan atrapados entre la esperanza de un regreso y la devastación ante la ausencia de pruebas o noticias. Este fenómeno, conocido como “duelo ambiguo”, puede prolongarse décadas sin que el cuerpo, el recuerdo o la verdad permitan encontrar consuelo. 

Desde la desaparición de David, las investigaciones siguieron varios hilos: entrevistas a familiares y compañeros, búsquedas policiales e incluso indagaciones internacionales que no arrojaron resultados concluyentes. En algunos momentos se creyeron tener pistas, como avistamientos en Lisboa o un dibujo que apareció años después entre los efectos de una excompañera, pero ninguna condujo a una resolución clara. En 1996 el caso se archivó temporalmente por falta de avances y en 2016 la familia solicitó que su madre lo declarase oficialmente fallecido para desbloquear una herencia. Esta declaración legal no significó un abandono de la esperanza por parte de su madre, Antonia, quien declaró sentirse como si su hijo siguiera vivo mientras no se demostrase lo contrario. 

A mediados de 2020, casi tres décadas después, la Policía Nacional reabrió oficialmente el caso, revisando las líneas de investigación con nuevas herramientas y perspectivas. Este gesto, que puede parecer tardío, es también reflejo de la persistencia de los familiares y de la necesidad institucional de no dejar casos sin explorar, por mínimo que sea el hilo que pueda conducir a la verdad. 

El caso del “Niño Pintor” se ha convertido con el paso de los años en un símbolo: no solo de un talento interrumpido, sino de la capacidad de una comunidad para recordar, buscar y exigir respuestas incluso cuando las décadas parecen borrar las pistas.

La historia de David Guerrero Guevara y la de tantos otros desaparecidos ponen sobre la mesa algo que trasciende la investigación policial: el profundo impacto emocional y social que generan las ausencias inexplicables. Para las familias, cada aniversario sin noticias es un recordatorio del vacío, del silencio y de la frustración; para la sociedad, es una llamada a la atención constante sobre quienes aún buscan respuestas.

Sin embargo, incluso en la incertidumbre más profunda hay razones para aferrarse a la esperanza: avances científicos en identificación forense, mejores prácticas de investigación internacional, asociaciones de apoyo a familias de desaparecidos y el simple hecho de que cada caso reabierto brinda la posibilidad de un hallazgo inesperado. El recuerdo, cuando se mantiene vivo con dignidad, puede iluminar caminos que parecían cerrados.

En última instancia, la lucha por saber qué ocurrió con quienes se desvanecieron, niños, jóvenes o adultos, es también una lucha por nuestra capacidad colectiva de no rendirse ante lo incomprensible. Mantener viva la memoria, apoyar a quienes esperan sin cesar y seguir buscando respuestas con integridad y humanidad es el mejor homenaje que podemos rendir a aquellos que un día caminaron entre nosotros y nunca regresaron.

18.2.26

Monasterio de Tentudía

 


La primera vez que subí a Tentudía fue en 1984. Íbamos en autobús, con el colegio, entre bocadillos envueltos en papel de plata y un murmullo infantil que no entendía de silencios sagrados. Recuerdo la curva final de la carretera, el ascenso lento hacia el pico, y aquella sensación extraña, imposible de nombrar entonces, de estar llegando a un lugar donde el tiempo parecía caminar más despacio que nosotros.

No volví hasta muchos años después.

Y sin embargo, durante todo ese tiempo, el nombre de Tentudía quedó flotando en mi memoria como una palabra incompleta, como si escondiera algo más que una excursión escolar y unas vistas hermosas del sur de Badajoz.


La leyenda sitúa su origen en el siglo XIII, cuando Fernando III el Santo encomendó al maestre Pelay Pérez Correa, de la Orden de Santiago, la toma de estas sierras a los sarracenos. Durante la batalla decisiva, al caer la tarde, la derrota parecía inminente. El sol descendía como una sentencia. Entonces el maestre, desesperado, alzó la voz hacia el cielo y pronunció aquella súplica que aún resuena entre las piedras:

—¡Santa María, detén tu día!

Y la tradición dice que el sol se detuvo. Que quedó suspendido en el horizonte el tiempo suficiente para que la victoria cambiara de bando.

No sé si el milagro fue solar o humano. No sé si fue el astro quien obedeció o el coraje quien se prolongó unos minutos más de lo razonable. Pero de aquella invocación nació una ermita bajo la advocación de Santa María de Tudía, Tentudía, como terminaría llamándose, germen del monasterio que hoy se alza robusto sobre el pico.


Con el paso de los siglos, los maestres ampliaron el edificio. El cercano conventual de Calera de León convirtió la zona en uno de los centros más relevantes de la Orden. Y a comienzos del siglo XVI, el papa León X declaró monasterio aquel eremitorio nacido de una súplica de guerra.

En 1518, la Orden encargó un retablo al maestro azulejero Niculoso Pisano. Aún hoy, su firma —NICVLOSVUS PISANVS ME FECIT A.D.1518— permanece como una declaración de permanencia frente al desgaste del tiempo. Es un retablo de cerámica que parece hecho no solo para decorar, sino para fijar la luz, como si el milagro del sol detenido hubiera quedado atrapado en sus esmaltes.


La Virgen actual, de candelero y datada en el siglo XVIII, preside el templo con una serenidad que no es dulce ni severa, sino expectante. Como si todavía aguardara otra súplica.

El claustro mudéjar, de principios del XVI, guarda un silencio distinto al del exterior. El aljibe en el centro del patio recoge no solo agua, sino ecos. Allí el viento no sopla: murmura. Y uno comprende que los edificios religiosos no se levantaban únicamente para honrar a Dios, sino para domesticar el tiempo.

Porque Tentudía es, sobre todo, eso: una arquitectura contra la fugacidad.

Cuando regresé de adulto y volví a asomarme a las dehesas infinitas, a las sierras onduladas del sur de Badajoz, entendí que aquellas vistas espectaculares no eran solo paisaje. Eran perspectiva. Desde los casi 1100 metros del pico, la vida abajo parece ordenarse. Los pueblos diminutos, los caminos, las encinas dispersas… Todo adquiere un sentido que desde el llano se nos escapa.

Quizá por eso la leyenda habla de detener el día.

No para ganar una batalla, sino para concedernos un instante de claridad.

Hay lugares que no visitamos: nos esperan. Y cuando regresamos a ellos, aunque hayan pasado décadas, nos devuelven una versión más lenta y más consciente de nosotros mismos. Tal vez el verdadero milagro de Tentudía no fue que el sol se detuviera, sino que, al recordarlo, nosotros aprendemos por un momento a hacerlo.


13.2.26

Los sobres del tiempo

 


En el ático del cielo, justo encima de las nubes cumulonimbus y a la izquierda del arcoíris de guardia, vivían dos dioses funcionarios con plaza fija: Eolo, dios del viento, y Pluvia, diosa de la lluvia. Compartían despacho, cafetera y una pizarra blanca donde apuntaban los encargos meteorológicos del día.

Eolo era alto, despeinado por definición, con bufanda incluso en agosto. Pluvia llevaba gafas redondas empañadas y un impermeable eterno que goteaba discretamente en las esquinas del universo.

Aquella mañana, el universo amaneció con resaca cósmica.

—¿Te tocaba a ti Extremadura o a mí? —preguntó Pluvia, removiendo el café con una cucharilla hecha de rayo reciclado.

—A ver… —Eolo consultó la pizarra—. Cáceres: “Brisa suave, romántica, ligera, que invite al paseo y al cafecito”. Eso es mío.

—Y Madrid: “Lluvia fina, poética, que haga sentir nostalgia pero sin estropear peinados”. Eso es mío.

Se miraron. Se miraron otra vez. Miraron la cafetera. Y entonces entendieron.

Habían intercambiado los sobres.

En Cáceres, a las once de la mañana, el paseo místico por el casco antiguo que prometía soledad y niebla ligera se convirtió en un huracán existencial de categoría “¿pero esto qué es?”. Las terrazas de la plaza volaron con una dignidad heroica. Los paraguas se dieron la vuelta como si quisieran emigrar. Una señora gritó:

—¡Esto no es lluvia, esto es una tesis doctoral en movimiento!

Mientras tanto, en Madrid, donde Pluvia debía enviar una lluvia fina y elegante, cayó un viento tímido, con complejos, que se limitaba a mover folios administrativos y a susurrar dudas en las orejas de los opositores.

Eolo y Pluvia bajaron la mirada desde el balcón celeste.

—Bueno, tampoco es para tanto —dijo Eolo, con la ligereza de quien no paga toldos rotos.

—En Cáceres han perdido tres peluquerías y un concepto de peinado —replicó Pluvia.

—El cabello es transitorio. La filosofía es eterna.

—Díselo tú al señor que acaba de ver cómo su peluquín inicia una nueva vida en Portugal.

Guardaron silencio.

En Sotoserrano (Salamanca), un grupo de amigos que había quedado para tomar algo al sol terminó refugiado en el bar del pueblo, donde, al no poder hablar por el estruendo del viento contra las ventanas, comenzaron a debatir sobre el sentido de la existencia.

—Si el universo es caos —dijo uno, mirando la lluvia horizontal—, quizá nosotros seamos sólo paraguas mal diseñados.

—O quizás —respondió otro— el caos sea un dios con gafas que ha confundido los sobres.

En el cielo, Pluvia levantó una ceja.

—Nos están conceptualizando.

—Siempre lo hacen cuando nos equivocamos —respondió Eolo—. Cuando todo sale bien, dicen “qué día más bueno”. Cuando fallamos, inventan literatura.

Mientras tanto, en la costa Almeriense, donde tocaba una tormenta dramática para alimentar metáforas de escritores y justificar cancelaciones de trenes, apenas cayó una llovizna ridícula. Un poeta miró al mar en pleno cabo de gata y suspiró:

—No me da para un soneto.

En cambio, en una boda campestre perfectamente planificada con meses de antelación, irrumpió un vendaval bíblico que lanzó el photocall al olivar.

El novio, empapado, gritó al cielo:

—¡¿Por qué a mí?!

Eolo tomó nota.

—Siempre creen que es personal.

—¿Y no lo es? —preguntó Pluvia.

Eolo se quedó pensando.

—A veces me pregunto si somos nosotros los que movemos el viento o si es el viento el que nos mueve a nosotros.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Exacto. Por eso es divino.

Decidieron arreglar el desaguisado. Pero lo hicieron con prisas.

Eolo sopló demasiado fuerte sobre Madrid, y de pronto volaron informes policiales sobre corrupción en obras públicas, gorras reggeatoneras y una promesa electoral que nadie volvió a encontrar. Pluvia intentó suavizar Cáceres con una lluvia delicada, pero activó por error el modo “tormenta dramática con truenos teatrales”.

—¡Has puesto el botón de “épica”! —gritó Eolo.

—¡Está al lado del de “melancolía”!

Abajo, los humanos reaccionaban como siempre: algunos corrían, otros se quejaban, otros grababan vídeos verticales para las redes. Un señor, empapado hasta el alma, levantó el puño:

—¡Esto es una metáfora!

Y tenía razón.

Porque en el fondo, Eolo y Pluvia no se equivocaban tanto. Sólo exageraban. Amplificaban lo que ya estaba ahí. Si alguien llevaba prisa, el viento la convertía en angustia. Si alguien tenía nostalgia, la lluvia la volvía poema. Si alguien estaba enamorado, una tormenta era una excusa para acercarse.

—Quizá —dijo Pluvia, mirando la Tierra como quien mira una pecera emocional— no enviamos fenómenos. Enviamos oportunidades.

—¿Oportunidades de qué?

—De que se den cuenta de que no controlan nada.

Eolo sonrió.

—Eso siempre les sienta fatal.

Al final del día, agotados, se sentaron en el borde del cielo.

—Mañana —dijo Eolo— lo haremos mejor.

—Mañana —respondió Pluvia— volveremos a equivocarnos.

Y abajo, en una ciudad cualquiera, alguien mirará al cielo y dirá:

—Pues sí que empieza bien la semana santa.

El viento lo escuchará.

La lluvia lo anotará.

Y en el ático del universo, dos dioses con contrato indefinido seguirán confundiendo sobres, provocando tormentas donde debía haber brisa y enviando brisas donde se esperaba drama.

Porque el caos, en realidad, no es un error.

Es sólo la caligrafía torcida de los dioses.

12.2.26

El día de la marmota

 


Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". Hoy hace 33 años que se estrenó en EEUU la película "Atrapado en el tiempo". 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11.2.26

Xisco

 Hoy, 11 de febrero, despedimos a Xisco Quesada. Muchos de nosotros no lo conocimos en persona. Lo conocimos a través de una pantalla. A través de las redes sociales. Y, aun así, se hizo cercano. Real. Un poco de todos.

En junio del pasado año le diagnosticaron un cáncer de páncreas. Tenía tan solo 28 años. Dos hijos. Toda una vida por delante. Una edad en la que los planes no se cuentan, se acumulan. Una edad en la que el futuro debería ser una promesa larga y luminosa.

Pero Xisco decidió que su historia no sería únicamente la de una enfermedad. A través de sus redes hizo visible su tratamiento, sus avances, sus retrocesos, los días de hospital y las noches interminables. Compartió el miedo, sí, pero sobre todo compartió sus enormes ganas de seguir viviendo. De ver crecer a sus hijos. De seguir soñando. De no rendirse.

Las redes, tantas veces superficiales, se transformaron en un espacio de verdad. Allí mostró la dureza de cada sesión, el cansancio que cala hasta los huesos, la incertidumbre. Pero también mostró esperanza. Gratitud. Fortaleza. Una valentía serena que no necesitaba grandes discursos, solo constancia.

Miles lo seguimos sin haberle dado nunca un abrazo. Y, sin embargo, nos tocó profundamente. Porque detrás de cada publicación había un joven padre luchando por quedarse. Un hombre aferrado a la vida con una determinación que conmovía.

Hoy la tristeza es inmensa. Duele la injusticia de su edad. Duelen esos dos hijos que algún día comprenderán la magnitud del coraje de su padre. Duele pensar en todo lo que quedó por vivir. Pero también queda algo que la enfermedad no pudo arrebatar: su ejemplo.

Xisco hizo visible lo invisible. Puso rostro a la lucha. Humanizó el dolor. Y, sin proponérselo, sembró esperanza en medio de la incertidumbre. Nos recordó que la vida no se mide en años, sino en intensidad; que el amor, sobre todo el amor de un padre, trasciende cualquier límite.

Nos despedimos con el corazón, pero agradecido. Porque, aunque lo conocimos a través de una pantalla, su historia nos emocionó


. Porque su fuerza nos interpela. Porque su memoria nos empuja a vivir con más verdad, a abrazar más fuerte, a no dejar para mañana lo importante.

Descansa, Xisco. Tu luz no se apaga hoy. Vive en tus hijos. Vive en quienes te admiramos. Vive en cada persona que, al recordar tu lucha, decide aferrarse un poco más a la vida.

10.2.26

Luis el "andaor"

 


En la segunda mitad de los ochenta, Mérida tenía todavía ese aire de medio ciudad, medio pueblo, que no había terminado de decidir qué quería ser. En barrios como Santa Catalina la vida discurría a ras de suelo, sin prisas grandes ni horizontes demasiado lejanos. Las calles eran una prolongación de las edificios: bancos de piedra en el parque ocupados por jubilados que comentaban las jugadas del partido del día anterior, portales abiertos en verano, radios sonando a todo volumen con copla, Carrusel Deportivo o algún cassette ya gastado de Triana o Los Chichos. El asfalto se derretía en agosto y el polvo se levantaba en invierno cuando pasaba algún coche con más pena que gloria.

Los chavales socializábamos así, a la intemperie. Éramos una tribu sin móviles ni relojes, con horarios dictados por las madres desde las ventanas y por la luz que iba cayendo. Jugábamos al fútbol con porterías imaginarias, a los cromos, al escondite entre coches aparcados, y aprendíamos demasiado pronto a mirar el mundo desde la esquina. Las conversaciones eran sencillas, pero absolutas: quién había ganado el partido, quién se había peleado con quién, quién había visto algo raro. Y entre esas cosas raras estaba él.

Luis el gallego. O, como nosotros le llamábamos con una mezcla de cariño y misterio, Luis el "andaor".

Tendría cincuenta y tantos, aunque a nosotros nos parecían cien y veinte al mismo tiempo. Delgado hasta el extremo, con una ropa siempre sencilla y gastada, y una melena larga, algo canosa, que le daba un aire juvenil y fuera de época. No encajaba del todo en ningún sitio, y quizá por eso encajaba en todos. Se le veía pasar caminando, siempre caminando, con un paso firme, constante, casi hipnótico. No corría, no se detenía. Andaba.

Habíamos escuchado historias sobre él. Que si había sido marinero. Ex futbolista. Que si venía de Galicia huyendo de algo. Que si había tenido dinero y lo perdió todo. Que si estaba un poco tocado, que si era más listo de lo que parecía. Nunca supimos cuál era cierta y cuál no, y tampoco importaba demasiado. En el fondo, las historias servían para rellenar los huecos que dejaba su silencio.

En verano era cuando más nos impresionaba. Con cuarenta grados a la sombra, cuando nosotros buscábamos cualquier excusa para no movernos ni un metro, allí iba Luis, caminando desde Mérida hasta Proserpina. Lo veíamos pasar empapado en sudor, pero sin un solo gesto de cansancio, sin una mueca, sin una queja. Como si el calor no fuera con él, como si su cuerpo obedeciera a otra lógica, a otro tiempo.

Pasaron los años. Nosotros crecimos, el barrio cambió lo justo, y Luis siguió caminando, cada vez más integrado en el paisaje, como una farola o un árbol viejo. Hasta que un día, ya a principios de los dos mil, lo volví a encontrar de verdad.

Fue una mañana de primavera del año, tal vez, 2001, en la que cayó una tromba de agua de las que no se olvidan. Llovía con rabia, como si el cielo se hubiera cansado de contenerse. Me refugié bajo el alero de una casa, escuchando el golpe del agua contra el suelo, ese olor a tierra mojada que despierta algo antiguo. Unos minutos después apareció él, empapado, sereno, como si la lluvia fuera solo otra forma de camino.

Nos miramos, asentimos, y hablamos. Fue la única conversación que tuve con Luis el andador. Hablamos del tiempo, claro. De cómo ya no llovía como antes o, cuando lo hacía, lo hacía del todo. Del cambio de época, de que todo parecía ir más deprisa y saber menos. Recuerdo especialmente que dijo con una tristeza suave, sin dramatismo, que las frutas y verduras del supermercado ya no sabían a nada. Que antes un tomate sabía a tomate. Yo asentí, sin saber muy bien si hablábamos de comida o de algo más.

Tenía una voz tranquila, amable, y una manera de mirar que no juzgaba. Cuando la lluvia aflojó, se despidió con un gesto sencillo, casi antiguo, y se fue caminando, perdiéndose calle abajo como tantas otras veces.

Años después me enteré de su fallecimiento. La noticia llegó sin estruendo, como habría querido él. Y entonces comprendí que Luis el gallego había sido una de esas figuras que sostienen la memoria de un lugar sin hacer ruido. Un hombre que caminó mientras los demás corríamos, que resistió el calor, la lluvia y el paso del tiempo con la misma dignidad callada.

Hoy, cuando paso por Santa Catalina o voy al lago de Proserpina en los días de verano, a veces me parece verlo aún, avanzando despacio, constante, recordándonos, sin decirlo, que quizá la vida iba de eso: de seguir andando, aunque todo alrededor cambie y las cosas, poco a poco, sepan menos.

9.2.26

El chiste de uno que murió un lunes por la mañana y dijo: —Pues sí que empiezo bien la semana. La historia real.


 Ambrosio Fernández no nació en Madrid. Nació en Talavera de la Reina, en una casa donde el reloj del salón sonaba demasiado fuerte y las discusiones se hablaban en voz baja, que es peor. Su padre era mecánico; su madre, costurera. En casa había dos normas claras: se trabaja, y no se queja uno mucho, que siempre hay alguien peor. Ambrosio no fue mal estudiante, pero tampoco brillante. Era de esos chavales que observaban más de lo que hablaban. Le gustaba desmontar cosas. No para arreglarlas. Solo para entender por qué demonios funcionaban.

Descubrió la óptica casi por accidente. Un verano, trabajando en una tienda de gafas de un primo lejano, vio algo que le marcó para siempre: una señora probándose gafas, viéndose por primera vez bien en años… y llorando. Ahí pensó: Hostia… ver bien es medio vivir. Estudió lo justo, trabajó mucho, y a los 24 años se vino a Madrid con una maleta, cien mil pesetas y la convicción de que iba a sobrevivir por puro cabezonismo.

Llegó a la calle Capitán Blanco Argibay en 1999, cuando el barrio ya era mezcla, ruido, vida y cableado imposible. El local que encontró estaba medio muerto. Antes había sido una tienda de ultramarinos, un videoclub y una asesoría que duró lo que dura un yogur abierto en agosto. Ambrosio lo vio y dijo: Bueno… peor no puede ir. Siempre decía eso. Nunca aprendía.

Firmó el alquiler. Pintó él mismo las paredes. Durmió tres meses en un colchón detrás del gabinete porque no llegaba para piso. Y poco a poco, la óptica empezó a ser de barrio. No de franquicia. No de centro comercial. De barrio.

Ambrosio se casó joven. Demasiado joven. Su ex mujer, Laura, quería estabilidad, ascensos, vida ordenada. Ambrosio quería pagar facturas y que la óptica no cerrara. El divorcio fue limpio. Sin guerra. Sin odio. Solo cansancio. No tuvieron hijos. Ambrosio decía que con mantener viva la óptica ya tenía criatura suficiente. Su madre murió en 2012. Su padre en 2018. Ambrosio heredó dos cosas: un reloj que ya no funciona y la costumbre de seguir aunque no apetezca.

En Capitán Blanco Argibay, Ambrosio no estaba solo. Youssef, del locutorio, le arregló la persiana gratis cuando se rompió. Mei, del bazar, le fía pilas y cinta adhesiva desde hace quince años. Rafael, repartidor dominicano con sonrisa eterna, le trae comida cuando Ambrosio trabaja doce horas seguidas. Cuando Ambrosio volvió del “casi muerto”, Rafael dijo:

—Coño, loco, ni la muerte quiere pagar gafas.

Youssef añadió:

—Hermano, si te mueres, avisa, que cierro el locutorio y voy al funeral.

Mei, más seca pero igual de clara, sentenció:

—Usted no morir. Usted cabezota.

El barrio, mientras tanto, nunca se quedaba quieto. Una inmobiliaria buitre llevaba tiempo intentando comprar el edificio. Prometían modernizar la zona. Ambrosio traducía: nos quieren echar con sonrisa. Dos portales más abajo había un narcopiso. Ambrosio no se metía, pero veía cosas. Y pensaba que allí el que sobrevive no es el más fuerte. Es el que sabe cuándo mirar para otro lado. Y luego estaba la soledad invisible. Vecinos mayores que venían “a graduarse”… y en realidad venían a hablar. Ambrosio les hacía revisión gratis si veía que necesitaban compañía más que gafas. Decía que el aislamiento social no lo cubre la Seguridad Social, pero debería.

Aquel lunes, la calle amaneció con su gris habitual, mezcla de nubes, humo de bares y exhaustos camiones de reparto. Ambrosio levantó la persiana a las nueve en punto. El metal chirrió como si también odiara los lunes. La gente de Tetuán ya estaba en la calle. Abuelos bajando a por pan, repartidores maldiciendo portales sin ascensor, niños mirando con cara de sospecha a los desconocidos. La óptica olía a limpieza industrial, café barato y perfume barato de los vecinos que entraban a curiosear.

Primero entró Youssef. —Ambrosio, hermano, otra vez veo doble.

—¿Has dormido? —preguntó Ambrosio.

—Tres horas.

—No es la vista. Es la vida, Youssef.

Después, Mei con su habitual eficiencia: —Señor Ambrosio, necesito gafas para cerca, para lejos y para clientes pesados.

—Para lo último aún no han inventado lentes.

Y luego Rafael, repartidor dominicano: —Ambrosio, ponme unas gafas que me hagan ver a mi ex más fea.

—Eso no es óptica. Eso es milagro.

A las 10:42, mientras ajustaba unas varillas, Ambrosio sintió un pinchazo. Miró al espejo del gabinete, luego al escaparate donde la calle seguía su ritmo: la señora gritando al teléfono, un niño llorando porque no quería ir al cole, un repartidor maldiciendo su ruta. Y pensó: Bueno… si hay que palmar, al menos aquí hay ambiente. Cayó entre un expositor de monturas y un cartel optimista que prometía “ver la vida mejor”.

Cuando abrió los ojos, no vio Tetuán. Vio una sala blanca, con sillas incómodas y una máquina de turnos. Pantalla: “Turno 203 — Gestión de almas ordinarias”. —Ni muerto me salto la cola —murmuró.

En la ventanilla, un ángel con cara de administrativo de Hacienda en campaña de renta le pidió nombre y profesión. —Barrio —añadió Ambrosio. El ángel levantó la vista. —Ah… zona con carácter. —¿Qué día es hoy? —preguntó Ambrosio. —Lunes. Ambrosio suspiró. —Pues sí que empiezo bien la semana.

El ángel volvió con un error administrativo. —Ambrosio… hay un error. —Siempre lo hay. —Te hemos traído antes de tiempo. —¿Mucho antes? —Bastante. —¿Tengo que volver a Tetuán? —Sí. —¿Y a trabajar? —Sí. —Bueno… peor sería volver un domingo por la tarde.

Despertó en la ambulancia. Sirena, luz azul. Tetuán pasando por la ventanilla: los bares, los kebabs, los portales con historia. —¿Dónde estamos? —Tetuán. —Vale… sigo en el mundo real entonces.

Desde entonces, Ambrosio trabaja igual que antes. Ha puesto una silla extra en la óptica. Para clientes, vecinos, quien necesite sentarse un rato y no pensar. Y repite a quien quiera escuchar: la vida es como unas progresivas mal hechas. No ves bien ni de cerca ni de lejos. Pero tiras. Y cada mañana, al subir la persiana en Capitán Blanco Argibay, piensa: sigo vivo. El barrio sigue vivo. De momento, empate técnico con la muerte.

6.2.26

Manual de supervivencia ante la turra cósmica (o cómo asentir mientras tu mente huye a otra galaxia)


Siempre me ha pasado, mucho, casi a diario: alguien empieza a hablarte con la mejor de las intenciones, noble como un verso de Antonio Machado, y tú arrancas escuchando de verdad. Atento. Responsable. Ciudadano ejemplar. Pero entonces llegan la segunda frase, la tercera, la subordinada que depende de otra subordinada que a su vez recuerda un antecedente de 1997 en algún pub de la calle John Lennon… y algo en tu interior hace clic.

No es brusco. No es violento. Es una huida elegante. El cerebro se levanta despacio, coge el abrigo y se va sin hacer ruido.

Primero asientes. Luego asientes sin saber por qué. Y, de pronto, atraviesas un umbral invisible y entras en una dimensión paralela, extrasensorial y muy tuya, donde reflexionas sobre asuntos realmente importantes: si cerraste bien la puerta de casa, por qué cojones prestaste aquel libro en 2009, a quién, y si esa persona sigue viva o finge no verte por la calle para no devolvértelo.

Mientras tanto, la otra persona sigue. Sigue mucho. Sigue con pasión, con entusiasmo, con matices, con ejemplos innecesarios y una pequeña digresión que promete ser breve pero acaba teniendo varias temporadas. Y tú ahí, prisionero de una turra cósmica, un rollo patatero de categoría olímpica que ni te va ni te viene, pero que queda feísimo interrumpir. Porque somos educados. O cobardes. O ambas cosas, que suele ir junto.

Así que activas el kit de supervivencia social: mirada seria, ceja levemente fruncida (la ceja del “esto es profundo”), un “claro, claro” colocado con precisión quirúrgica, algún “sí, total” lanzado al azar, y un asentimiento grave, de persona que entiende la vida… aunque no tenga ni idea de lo que se está hablando.

Y todo va más o menos bien hasta que aparece el enemigo final, la pregunta trampa, el jefe de fase:—“¿Me estás siguiendo, verdad?”

Ahí el tiempo se detiene. Porque sabes que no. Sabes que hace rato que no. Sabes que tu cuerpo está ahí, pero tu mente está en otra galaxia, flotando entre recuerdos inútiles y pensamientos existenciales de saldo. Pero sonríes. Asientes otra vez. Educado. Digno. Fingiendo una conexión que se rompió hace veinte minutos y tres incisos.

Y piensas: qué maravilloso es el ser humano, capaz de ausentarse mentalmente sin moverse del sitio.

Porque sí, no escuchamos…pero qué bien disimulamos.

5.2.26

El código Aparinci. La película que nunca existió.

 


La madrugada del 1 de febrero de 2026, Fernando Esteso, uno de los cómicos más emblemáticos del cine popular español, falleció a los 80 años en el Hospital Universitario La Fe de Valencia, tras un deterioro de su salud a causa de problemas respiratorios que venía arrastrando en los últimos años.

Su pérdida no es solo la desaparición de un actor querido, sino el cierre simbólico de una época cinematográfica que marcó a varias generaciones de espectadores. A través de sus personajes y canciones, Esteso supo reflejar con humor, picardía y una autenticidad inconfundible los cambios sociales de España en la segunda mitad del siglo XX.  

Fernando Esteso nació en Zaragoza en 1945 en el seno de una familia de artistas itinerantes. Desde niño actuó en espectáculos de variedades y teatro, desarrollando un estilo cercano al público desde los primeros años de su carrera. 

Tras trasladarse a Madrid en 1964, Esteso se consolidó como humorista en televisión y cine. Aunque sus primeros papeles fílmicos datan de principios de los años setenta, fue a finales de esa década cuando alcanzó el estrellato. 

Andrés Pajares, nacido en Madrid en 1940, ya gozaba de experiencia en teatro, cafés-teatro y televisión cuando su carrera cinematográfica despegó a finales de los años setenta. Con una versatilidad que abarcó actuación, escritura y dirección, Pajares tenía ya un recorrido sólido antes de formar el dúo con Esteso. 

La historia de Pajares y Esteso se cruza en 1979, cuando comenzaron a rodar juntos bajo la batuta del director Mariano Ozores. Entre 1979 y 1983 rodaron nueve películas consideradas por muchos como iconos del cine popular de la Transición española, entre ellas Los bingueros (1979) y Yo hice a Roque III (1980). Estas comedias, con humor directo y a menudo picante, conectaron con un público ávido de libertad tras décadas de censura cultural, reflejando un país que se abría a la modernidad con risa y desenfado. Sin embargo, también se convirtieron en objeto de debate crítico con el paso del tiempo. Hoy se analizan desde perspectivas diversas: algunos las reivindican como un reflejo del ingenio popular de su tiempo; otros critican ciertos elementos por su tono que ahora puede percibirse como políticamente incorrecto.

A pesar de ello, no cabe duda de que Pajares y Esteso marcaron un hito en la cultura popular española, llevando la comedia al gran público con un sello propio y dejando escenas, gags y frases que han perdurado en la memoria colectiva. 

A mediados de los años 2000 (concretamente en 2006) se anunció con gran expectación el regreso de Esteso y Pajares como pareja protagonista en una nueva película, veinticinco años después de su última colaboración cinematográfica. El título elegido fue El código Aparinci, una parodia cinematográfica de El código Da Vinci, la superventas de Dan Brown que había arrasado en todo el mundo. 

La idea era recuperar el espíritu gamberro y picaresco del dúo cómico, pero actualizándolo:

Esteso iba a interpretar al propietario de una empresa de autobuses, un hombre entrañable y torpe.

Pajares sería un guía turístico con chispa y mucho salero.

Juntos encontrarían unos pergaminos del siglo XVI creados por un caballero templario valenciano, que desvelarían secretos ocultos. 

La película se vendió desde el principio como un taquillazo potencial para el cine español, una comedia ligera y popular que mezclaba misterio, guiños históricos y el humor castellano tan característico de ambos actores. Incluso se barajaron figuras invitadas, castings en discotecas e insistentes preparativos para iniciar rodaje ese mismo año. 

 ¿Qué falló? ¿Por qué nunca se rodó?

A pesar de la expectación y la vuelta mediática del dúo, el proyecto se vino abajo antes de comenzar la filmación. Las razones incluyen:

Problemas personales de Andrés Pajares, quien tuvo que abandonar la producción repentinamente para someterse a un tratamiento de desintoxicación por adicciones. 

A raíz de esto, el impulso inicial se diluyó y no se pudo cerrar la financiación ni asegurar los acuerdos de producción necesarios para la filmación. 

Con el paso del tiempo el proyecto quedó en un rumor clásico del cine español: una película anunciada que nunca llegó a materializarse. 

Aunque nunca llegó a rodarse, El código Aparinci figura en muchas crónicas del cine español como uno de esos proyectos que generaron mucha ilusión entre los fans de la comedia popular, por reunir de nuevo a dos iconos del género. Su fracaso también se ha interpretado como un símbolo del cambio de ciclo del cine español popular, que ya no encontraba un espacio tan claro para este tipo de comedia tradicional en los años 2000. 

El cine en el que Esteso y Pajares triunfaron no puede comprenderse sin situarlo en la España del final del franquismo y la Transición. Fue un momento de intenso cambio, de apertura y búsqueda de nuevas libertades. Las salas de cine se convirtieron en ágoras donde la sociedad se miraba a sí misma con ironía. La risa, a veces traviesa, funcionaba como catalizador de tensiones y como válvula de escape ante las transformaciones de la vida cotidiana.

Hoy, muchas de esas películas pueden parecer ajenas o incluso chocantes para los ojos contemporáneos, pero forman parte de un proceso histórico y cultural: una España que, tras décadas de represión, reía, y se reía, de sí misma, de sus tabúes y de sus contradicciones.

La muerte de Fernando Esteso marca el adiós definitivo a uno de los últimos baluartes de una risa que unió a millones de espectadores. Su obra, junto a la de Andrés Pajares, no solo fue entretenida, fue también un espejo de su tiempo. Mientras algunos critican ahora ciertos elementos de su humor, es justo recordar que sus películas surgieron de una cultura y una ética moral específicas, propias de una sociedad en transición y en busca de su voz. 

Más allá de las etiquetas y las revisiones contemporáneas, su legado artístico sigue siendo un legado de memoria cultural. Las risas que provocaron no fueron gratuitas: fueron espejo de una España que aprendió, a través de la comedia, a mirarse a sí misma con frescura y humanidad.

Y en esa memoria, con todas sus complejidades, Pajares y Esteso ocupan un lugar indeleble en la historia del cine español.