En algún lugar entre el BOE y el bar de la esquina donde se arregla España con una caña de Mahou y una de rabo de toro, existía un ministerio que no salía en los organigramas oficiales: el Ministerio de los Asuntos Inexplicablemente Explicables. Su lema, grabado en mármol (pagado en tres plazos y con sobrecoste), era: “Si parece corrupción, será gestión avanzada”.
Allí trabajaban ministros de todos los colores, porque en aquel edificio los colores políticos no se discutían: se mezclaban. Como la ropa en una lavadora sin instrucciones. De un lado, el ministro progresista de Transparencia Opaca. Del otro, el ministro conservador de Rancia Tradición Innovadora. Ambos se saludaban cada mañana con una cordialidad sospechosa:
—¿Qué tal la familia? —preguntaba uno.
—Colocada —respondía el otro.
—Me alegro, la mía también.
El organigrama del ministerio era una obra de arte abstracto. Había asesores de asesores, subdirectores de cosas indeterminadas y un cargo especialmente valorado: el de Coordinador General de Coordinadores sin Función Específica, que curiosamente era primo segundo de alguien importante (aunque nadie sabía exactamente de quién).
Las decisiones importantes se tomaban en una sala llamada “La Pecera”, porque todo el mundo veía lo que pasaba dentro… pero nadie entendía nada. Allí se debatían asuntos de máxima relevancia nacional, como la adjudicación de una autopista que no llevaba a ninguna parte pero generaba muchísima ilusión… y facturación.
—Tenemos tres empresas candidatas —decía el secretario de Estado.
—¿Y cuál es la mejor? —preguntaba alguien ingenuo.
—Eso depende —respondía el secretario—, ¿mejor para quién?
En una esquina, discretamente, se encontraba el Departamento de Comisiones Creativas, donde brillaban los verdaderos artistas del sistema. No pintaban cuadros, pero sabían convertir un presupuesto de diez millones en una obra de quince… de los cuales cinco desaparecían con la elegancia de un mago de feria.
Los comisionistas eran personajes entrañables. Vestían trajes caros y sonreían como si supieran algo que tú no. Siempre tenían un contacto, un antiguo compañero de colegio, una empresa “de confianza” o un cuñado que “justo se dedicaba a eso”. Eran la versión sofisticada del “yo conozco a uno”.
Mientras tanto, las esposas, maridos, parejas y amantes formaban el llamado Cuerpo Diplomático Paralelo. No tenían cargo oficial, pero gestionaban agendas, influencias y, en ocasiones, destinos turísticos bajo el noble concepto de “viajes de trabajo emocional”.
—Cariño, me voy a supervisar unas inversiones a las Maldivas.
—¿Pero tú no trabajas en Cultura?
—Precisamente. Cultura del descanso.
Los enchufados, por su parte, vivían en un estado de felicidad permanente. Llegaban a su despacho, encendían el ordenador, lo miraban con respeto… y luego se iban a desayunar durante tres horas.
—¿Tú qué haces aquí? —preguntaba uno nuevo.
—Nada —respondía el veterano—, pero con vocación.
En los pasillos se hablaba de ética, de servicio público, de compromiso… siempre en voz alta, por si alguien estaba escuchando. Luego, en voz baja, se hablaba de adjudicaciones, recalificaciones y ese misterioso concepto llamado “margen”.
Lo más curioso era que, cuando cambiaba el gobierno, nada cambiaba realmente. Los nuevos llegaban indignados, prometiendo limpiar, regenerar y acabar con todo aquello. Y durante las primeras semanas, lo hacían. Abrían cajones, levantaban alfombras… y encontraban cosas tan interesantes que decidían guardarlas “por si acaso”.
—Esto es escandaloso —decía un recién llegado.
—Sí —respondía un veterano—, pero también es muy útil.
Y así, entre discursos grandilocuentes y facturas infladas, el país seguía adelante. Porque, al final, todo se explicaba. O al menos, se intentaba explicar.
Un día, un ciudadano anónimo entró por error en el ministerio. Nadie supo cómo había pasado el control.
—Perdone —dijo—, venía a preguntar en qué se gasta mi dinero.
Se hizo un silencio incómodo. Los ministros se miraron, los asesores tosieron, los comisionistas consultaron el móvil.
Finalmente, alguien respondió:
—En usted.
El ciudadano frunció el ceño.
—¿Cómo que en mí?
—Sí, hombre —dijo el ministro con una sonrisa tranquilizadora—. En su tranquilidad. En que no tenga que preocuparse por estos asuntos.
El ciudadano salió aún más confundido de lo que había entrado.
Y en la puerta del ministerio, justo debajo del lema de mármol, alguien había añadido con rotulador una frase nueva:
“La realidad supera a la ficción… pero la factura siempre es real.”

























