Se habló en este blog de...

5.8.26

El verano de 1985

 


El verano de 1985 tenía una luz que ya no existe. No era únicamente el sol, ni el cielo limpio de julio, ni el aire inmóvil de las cinco de la tarde. Era una claridad distinta, la de un mundo que todavía ignoraba su propia fugacidad. Entonces no sabíamos que los días podían acabarse, que las personas podían faltar o que los lugares donde fuimos felices terminarían convertidos en simples geografías de la memoria. Éramos demasiado pequeños para sospechar que el tiempo, ese ladrón silencioso, ya había empezado a caminar detrás de nosotros.

Las tardes parecían eternas. El calor se abrazaba a las persianas verdes del barrio de Santa Catalina, el asfalto desprendía ese olor áspero de los veranos extremeños y el silencio solo era interrumpido por el zumbido incesante de las chicharras. En los garajes todavía había vida. Eran pequeños universos domésticos donde siempre ocurría algo: bicicletas apoyadas contra la pared con las ruedas cubiertas de polvo, herramientas perfectamente ordenadas, latas de pintura olvidadas en una esquina, una radio sonando bajito entre noticias y coplas, y aquellas jaulas donde mi padre criaba unos pequeños conejos blancos que parecían hechos de algodón, de ternura y de silencio.

Mi padre se movía entre ellas con una paciencia casi artesanal. Abría las puertas de las jaulas despacio, cambiaba la paja, les llevaba agua fresca y acariciaba a los animales con la misma delicadeza con la que se cuidan las cosas sencillas. Entonces yo no era consciente de que estaba aprendiendo una lección silenciosa: el amor también se expresa en esos gestos humildes que nadie aplaude y que, sin embargo, sostienen una vida entera.

Y allí estamos nosotros, detenidos para siempre dentro de una fotografía que ha sobrevivido a los años. Yo tengo doce años y sostengo en una mano a mi pequeño hámster y en la otra a uno de aquellos conejillos blancos. Mi hermana apenas tiene cuatro. Mira el mundo con esa expresión limpia de quien todavía cree que todo es posible, con los ojos enormes de los niños que aún no conocen el miedo, la decepción ni la nostalgia. Sin saberlo, entre los dos sosteníamos mucho más que dos pequeños animales. Sosteníamos un pedazo entero de nuestra infancia.

Porque la felicidad, entonces, era extraordinariamente pequeña. Cabía dentro de una jaula, en una caja de zapatos convertida en refugio, en una bolsa de pipas compartida con los amigos del barrio, en un vaso de gaseosa con hielo o en el sonido lejano del camión del heladero doblando la esquina. Bastaba muy poco para sentirse inmensamente rico. No necesitábamos pantallas, ni prisas, ni notificaciones. Solo el tiempo, ese tesoro que entonces parecía inagotable.

Aquel hámster fue seguramente mucho más que una mascota. Fue compañero de tardes interminables, cómplice de juegos que solo existían en mi imaginación, un pequeño ser al que cuidaba con esa seriedad inmensa con la que los niños aman, convencidos de que proteger algo diminuto es una misión de extraordinaria importancia. Recuerdo el tacto suave de su pelo, el ruido de las virutas cuando corría inquieto por la jaula, la emoción de verlo despertar mientras el sol descendía lentamente detrás de los edificios y el verano parecía prometer que nunca terminaría.

Hay animales cuya vida apenas ocupa unos pocos años, pero cuya huella permanece durante décadas. Basta encontrar una vieja fotografía para que regresen enteros: vuelven el olor de la madera, el sonido metálico de la puerta de la jaula, la ilusión con la que abríamos cada mañana para comprobar que seguían allí. La memoria tiene esa extraña capacidad de resucitar aquello que el tiempo creyó haber borrado.

Y mi hermana aparece también como aparecen los hermanos en los recuerdos verdaderos: sin necesidad de protagonismo, formando parte inseparable del paisaje. Igual que los árboles, las aceras o las bicicletas. Porque cuando somos niños no imaginamos que algún día esos instantes tendrán valor de reliquia. Simplemente vivimos. Reímos. Jugamos. Crecemos. Y dejamos que el tiempo haga su trabajo sin sospechar que un día pagaríamos cualquier precio por volver apenas cinco minutos a aquellas tardes.

Ahora contemplo esa imagen y descubro algo que entonces era invisible. Veo a dos niños antes de que llegaran las responsabilidades, las despedidas, las enfermedades, los relojes, los trabajos, las ausencias y ese aprendizaje inevitable que consiste en perder poco a poco las personas y los lugares que uno ama. Los miro desde este lado de la vida y siento una inmensa ternura hacia ellos. Quisiera advertirles de tantas cosas... pero enseguida comprendo que sería injusto. La infancia solo existe porque ignora el futuro.

Con los años uno descubre que la nostalgia no consiste únicamente en echar de menos un tiempo. La verdadera nostalgia es echar de menos a quien fuimos mientras ese tiempo existía. Extrañamos nuestra manera de mirar, la facilidad para sorprendernos, la confianza absoluta en que nuestros padres podían arreglar cualquier problema y en que el verano volvería siempre igual al año siguiente.

Porque en aquella fotografía no aparecen solamente un niño de doce años, una niña de cuatro, un hámster y un conejo blanco. También están las voces de quienes ya no están, las manos de mi padre alimentando a sus animales, las conversaciones de los vecinos apoyados en los portales cuando caía la tarde, las sillas en las aceras buscando un poco de fresco, las ventanas abiertas dejando escapar el olor de las cenas, el ruido lejano de la televisión, las persianas medio bajadas para vencer al calor y un mundo entero que desapareció sin hacer ruido.

Las fotografías antiguas poseen una belleza profundamente melancólica. Son pequeñas máquinas de vencer al olvido. Detienen lo que el tiempo jamás se detiene a contemplar. Guardan sonrisas de personas que hoy solo viven en nuestra memoria, rincones que han cambiado para siempre y momentos tan insignificantes que nadie imaginó que terminarían siendo imprescindibles.

Quizá por eso duele mirar atrás. Porque comprendemos que la vida no vuelve. Que los veranos pasan, que los padres envejecen, que los niños dejan de serlo y que los garajes terminan vacíos, convertidos en simples almacenes donde ya nadie escucha una radio ni cuida conejos blancos.

Pero también sucede algo milagroso.

Durante unos segundos, mientras contemplo aquella fotografía del verano de 1985, el tiempo se rinde. Mi padre vuelve a abrir las jaulas con la misma calma de siempre. Mi hermana vuelve a mirar el mundo con cuatro años. Yo vuelvo a sentir el diminuto corazón de aquel hámster latiendo entre mis manos. Las chicharras vuelven a cantar detrás de la ventana. El barrio recupera el olor de las tardes de julio. Y todos los que parecían haberse ido regresan, aunque solo sea por un instante, al lugar donde nunca dejarán de vivir: la memoria.

Porque quizá esa sea la verdadera victoria del recuerdo. No impedir que el tiempo pase, sino demostrarle que hay veranos, personas y pequeños milagros cotidianos que ni siquiera él ha conseguido borrar.

3.8.26

Las lunas de agosto

 


Dicen los viejos del campo que las lunas de agosto no son iguales a las demás. Que llegan despacio, como una novia vestida de cal y de silencio, y que al cruzar el horizonte despiertan la respiración dormida de los olivos, el rumor de los pozos y el corazón oculto de la tierra.

Entonces la noche deja de ser noche. Se convierte en un inmenso mantel de plata tendido sobre los barbechos, las viñas y los rastrojos todavía tibios por el incendio del sol. El aire huele a higuera madura, a tomillo, a polvo antiguo y a jazmín abierto. Las chicharras entregan el día a los grillos, y el viento, que durante la tarde caminaba abrasado entre los sembrados, regresa ahora descalzo, fresco y misericordioso, acariciando las hojas de los álamos que velan junto al río.

La luna asciende redonda, inmensa, con una solemnidad de reina campesina. Parece una hogaza de luz amasada por las manos invisibles del verano. No alumbra únicamente los caminos; desnuda los recuerdos. Bajo su claridad regresan los patios donde las abuelas desgranaban habichuelas mientras contaban historias imposibles, las eras donde dormían los mulos, las fuentes donde el agua parecía cantar coplas antiguas y las plazas donde las verbenas encendían farolillos para desafiar a la oscuridad.

Hay una música secreta bajo las lunas de agosto. No nace de las guitarras ni de los cantares. Brota de las raíces. Habla en el idioma de las adelfas, del trigo ya segado, del agua escondida bajo las piedras y de las lechuzas que cruzan el cielo con un vuelo tan lento que parecen sostener la noche entre las alas. Es la música que escuchan los pastores cuando levantan la vista hacia las constelaciones y los enamorados cuando el silencio dice mucho más que cualquier palabra.

Las sombras también cambian. Dejan de ser oscuridad para convertirse en criaturas antiguas que pasean entre los olivares. Cada árbol parece guardar una historia. Cada encina protege un secreto. Cada pozo conserva el eco de una voz que un día llamó a otra voz y aún sigue esperando respuesta. Bajo la luna de agosto todo adquiere un alma escondida. Hasta las piedras parecen respirar.

Es la hora en la que los pueblos blancos se vuelven más hermosos. La cal devuelve la luz con una pureza casi milagrosa y las calles estrechas parecen ríos de leche que desembocan en plazas dormidas. Una ventana permanece abierta. Alguien abanica el calor. Un niño persigue una luciérnaga. Una anciana levanta los ojos hacia el cielo buscando, quizá sin saberlo, la misma luna que contempló cuando era niña. Y el tiempo, vencido por tanta belleza, decide detener sus relojes.

Las lunas de agosto conocen el nombre de todos los que amaron bajo ellas. Han visto besos escondidos entre almendros, promesas pronunciadas junto a las acequias, lágrimas silenciosas en los cementerios blancos y regresos que parecían imposibles. Han iluminado el primer llanto de los recién nacidos y el último suspiro de quienes se marcharon con la mirada perdida entre las estrellas. Son antiguas guardianas de la alegría y del duelo, del deseo y de la ausencia.

Quizá por eso despiertan una emoción tan difícil de explicar. Porque no sólo iluminan el paisaje: iluminan aquello que llevamos dentro. Nos recuerdan que somos tierra, agua, memoria y viento; que el verano no es una estación, sino un estado del alma donde todavía es posible creer que el tiempo puede detenerse unos instantes para escuchar cantar a un grillo.

Y mientras la luna continúa su viaje sobre las dehesas Extremeñas, los olivares andaluces y los ríos dormidos, uno comprende que la verdadera poesía nunca estuvo encerrada en los libros. Siempre vivió aquí, sobre esta tierra abrasada por el sol y bendecida por la noche, donde agosto levanta cada año su lámpara de plata para recordarnos que la belleza, como las espigas maduras, sólo se entrega por completo a quienes saben contemplarla en silencio.

30.7.26

Manolo Solo

 


Hay despedidas que llegan con una crueldad difícil de aceptar. Hoy el cine español pierde a uno de esos actores que parecían destinados a permanecer siempre ahí, discretos, inmensos, imprescindibles. Ha muerto Manolo Solo a los 62 años. Y uno siente que no sólo desaparece un actor extraordinario, sino una manera de entender la interpretación: sin artificios, sin estridencias, dejando que la verdad habitara cada gesto, cada silencio y cada mirada.

Resulta imposible no sentir un escalofrío al recordar que el último post publicado en este blog estaba dedicado precisamente a "Una quinta portuguesa", esa hermosa película que el pasado fin de semana disfrutamos Blanca y yo, magistralmente dirigida por Avelina Prat en la que Manolo Solo construía uno de esos personajes que sólo él sabía habitar: hombres quebrados por dentro, vulnerables, llenos de matices, capaces de decir mucho más cuando callaban que cuando hablaban. Es una de esas crueles casualidades que la vida escribe sin pedir permiso. Sin saberlo, aquel artículo terminó convirtiéndose también en una despedida.

Y, como si el destino quisiera insistir en ello, esta misma semana he visto "Anatomía de un instante", la magnífica adaptación del libro de Javier Cercas sobre el 23-F. Allí Manolo Solo interpretaba al general Gutiérrez Mellado con una mezcla admirable de firmeza, dignidad y humanidad. No era una simple caracterización, era la encarnación de un hombre que decidió mantenerse erguido cuando tantos optaban por agachar la cabeza. Sólo un actor de su talla podía convertir una figura histórica tan conocida en un ser profundamente humano.

La trayectoria de Manolo Solo fue la demostración de que el verdadero talento no necesita levantar la voz para hacerse inolvidable. Durante décadas se convirtió poco a poco en uno de los grandes rostros del cine español contemporáneo. Ahí están "La isla mínima", "Celda 211"," El laberinto del fauno", "B, la película", "El buen patrón", "Cerrar los ojos", "Competencia oficial" o "Tarde para la ira", película por la que obtuvo el merecidísimo Premio Goya al mejor actor de reparto. Pero reducir su carrera a una lista de títulos sería profundamente injusto. Manolo Solo no interpretaba personajes,los comprendía, los respiraba y los entregaba al espectador con una honestidad desarmante.

También dejó una huella imborrable en el teatro y en la televisión. Series como "La peste", "30 monedas"," El Ministerio del Tiempo" confirmaron que su presencia engrandecía cualquier historia. Era uno de esos actores que mejoraban una escena simplemente entrando en plano. Nunca necesitó ser protagonista para convertirse en el centro emocional de una película. Su talento residía precisamente en esa rara capacidad de hacer inolvidable cualquier personaje, por pequeño que pareciera.

Quizá por eso el público lo quiere tanto. Porque nunca dio la impresión de actuar para el aplauso. No perseguía el brillo de la celebridad, perseguía la verdad de los personajes. Mientras otros buscaban destacar, él buscaba comprender. Y esa diferencia es la que separa a los buenos actores de los verdaderamente grandes.

Hoy el cine español pierde a uno de sus intérpretes más sólidos, más respetados y más necesarios. Pero quienes amamos el cine sabemos que algunos artistas nunca desaparecen del todo. Permanecen en los fotogramas, en las escenas que nos emocionaron, en esas frases dichas con una naturalidad imposible de imitar y, sobre todo, en la memoria de quienes encontramos en su trabajo una forma de entender la condición humana.

Gracias, Manolo Solo, por tantos personajes que parecían personas reales. Gracias por enseñarnos que la grandeza de un actor no siempre está en el volumen de su voz, sino en la profundidad de su mirada. Gracias por dignificar cada película, cada serie y cada escenario que pisaste.

Hoy el telón cae demasiado pronto. Pero tu legado seguirá iluminando las pantallas mientras exista alguien dispuesto a emocionarse con el cine hecho desde la verdad.

Descansa en paz, Manolo. Y gracias por todo.

27.7.26

Una quinta portuguesa

 El mejor cine no siempre busca deslumbrar. A veces su verdadera ambición consiste en acompañar al espectador con la serenidad de quien conoce los ritmos de la vida y sabe que las preguntas más importantes rara vez encuentran respuestas inmediatas. Una quinta portuguesa, dirigida con exquisita sensibilidad por Avelina Prat, pertenece a ese cine que no levanta la voz porque no lo necesita. Su relato avanza con la calma de un río antiguo, invitándonos a detenernos para reflexionar sobre quiénes somos cuando todo aquello que daba sentido a nuestra existencia desaparece de repente.

Vivimos en una época obsesionada con la velocidad, con la necesidad de explicarlo todo y de convertir cada experiencia en un acontecimiento inmediato. Frente a ello, la película reivindica el derecho a detenerse. A desaparecer durante un tiempo. A permitir que el silencio haga el trabajo que las palabras ya no pueden hacer. Su gran mensaje gira en torno a la identidad y a la posibilidad de empezar de nuevo, no como un acto de huida cobarde, sino como una búsqueda profundamente humana. Porque todos, en algún momento de la vida, hemos sentido el deseo de abandonar el personaje que llevamos representando durante años para descubrir quiénes somos cuando nadie espera nada de nosotros.

La dirección construye ese viaje con una delicadeza admirable. Cada plano parece respirar al mismo ritmo que sus personajes, sin prisas, sin artificios, dejando que el paisaje dialogue constantemente con los sentimientos. No hay excesos melodramáticos ni golpes de efecto. Todo sucede con la cadencia pausada de las cosas verdaderamente importantes.

En el centro del relato sobresale la interpretación de Manolo Solo, que da vida a Fernando, uno de esos personajes que parecen llevar sobre los hombros el peso de varias vidas. Su composición está llena de matices y silencios elocuentes; basta una mirada para comprender el abismo emocional que atraviesa. A su lado, María de Medeiros encarna a Amalia, la propietaria de la quinta, con una mezcla de elegancia, inteligencia y humanidad que convierte cada una de sus apariciones en un remanso de calma. Branka Katić, en el papel de Olga, aporta la profundidad de quien también arrastra cicatrices invisibles, mientras que Rita Cabaço, como Rita, representa la vitalidad y la esperanza que todavía pueden abrirse paso entre las heridas del pasado.

El universo humano de la película se completa con personajes igualmente significativos.


Todos ellos, con mayor o menor presencia en pantalla, contribuyen a construir una historia coral donde cada personaje parece custodiar una parte de la verdad que Fernando busca desesperadamente.

Pero sería imposible hablar de Una quinta portuguesa sin detenerse en sus escenarios. Portugal deja de ser aquí un mero decorado para convertirse en un personaje más de la narración. Las quintas rurales del norte portugués, los caminos, la piedra antigua, los árboles, la luz atlántica y ese tiempo suspendido que parece habitar muchos rincones del país construyen un refugio emocional donde el protagonista intenta reconstruirse. Rodada entre Barcelona y el entorno de Ponte de Lima, la película convierte el paisaje en una metáfora de la posibilidad de renacer. La naturaleza no aparece como una postal turística, sino como un espacio de reconciliación con uno mismo. Hay algo profundamente portugués en esa melancolía luminosa, en esa manera de aceptar el paso del tiempo sin enfrentarse a él, como si el paisaje hubiera aprendido desde hace siglos que toda herida acaba encontrando su forma de cicatrizar.

Quizá por eso la película desprende también un cierto aroma literario. Resulta difícil no pensar en autores que entendieron que la verdadera aventura del ser humano no consiste en recorrer miles de kilómetros, sino en atravesar el territorio mucho más complejo de su propia conciencia. La quinta se convierte así en un lugar simbólico: un espacio donde el ruido del mundo pierde importancia y donde las preguntas esenciales recuperan su voz.

En tiempos en los que el cine parece obligado a competir por captar nuestra atención a golpe de espectacularidad, Una quinta portuguesa apuesta justamente por lo contrario. Nos recuerda que la belleza puede encontrarse en una conversación sencilla, en el trabajo cotidiano, en una comida compartida o en el silencio de una tarde cualquiera. Es un cine que exige paciencia, pero recompensa con emociones duraderas.

Cuando termina la película queda una sensación extraña, difícil de definir. No ofrece respuestas cerradas ni moralejas evidentes. Lo que deja es una invitación. La de aceptar que todos cambiamos, que ninguna identidad permanece intacta para siempre y que, a veces, el mayor acto de valentía consiste en detenerse para escuchar la vida que llevamos demasiado tiempo ignorando.

Porque quizá todos buscamos, consciente o inconscientemente, nuestra propia quinta portuguesa: ese lugar real o imaginario donde el pasado deja de perseguirnos, donde el futuro deja de dar miedo y donde, por fin, podemos reconocernos sin máscaras. Y tal vez el verdadero viaje no consista en llegar hasta allí, sino en comprender que ese refugio nunca ha estado en un mapa, sino escondido en la parte más silenciosa de nosotros mismos.

25.7.26

Los veranos que aún nos habitan

 


Porque cada verano es una puerta que nunca termina de cerrarse. Basta el olor de una higuera al sol, el zumbido persistente de las cigarras o la luz dorada que se derrama sobre las fachadas al caer la tarde para que todas las estaciones estivales de nuestra vida regresen al mismo tiempo, superpuestas unas sobre otras, como las páginas transparentes de un viejo atlas de la memoria.

El verano no entiende de calendarios ni de edades. Es un territorio suspendido donde el tiempo abdica de su tiranía y los años dejan de contarse. Por eso, cuando llega julio, no sólo estrenamos un verano nuevo: volvemos, sin saberlo, a todos los anteriores. Al de las bicicletas sin fin, al de las rodillas llenas de heridas, al de las siestas interminables mientras sonaban los ventiladores, al del primer baño en el mar, al de los amigos cuyo nombre aún resuena aunque hace décadas que no los vemos. También regresan los veranos de los amores que apenas duraron un agosto, de las despedidas en las estaciones, de las canciones que aún hoy conservan el poder de abrir ventanas que creíamos clausuradas para siempre.

Quizá por eso el verano posee una melancolía distinta a la de cualquier otra estación. No nace de lo que sucede, sino de lo que vuelve. Cada atardecer de julio es un espejo donde se reflejan todos los atardeceres vividos; cada noche calurosa nos recuerda que alguna vez fuimos niños convencidos de que septiembre era una leyenda lejana y de que la felicidad consistía, sencillamente, en que el día no terminara nunca.

Y acaso ese sea el verdadero milagro del verano: recordarnos que la infancia y la adolescencia no es un lugar del pasado, sino una patria secreta a la que regresamos una y otra vez sin movernos del sitio. Porque, en el fondo, cada verano es la misma puerta abierta de par en par hacia ese país sin fronteras donde el tiempo aún no había aprendido a arrebatarnos nada.

📷 Con mi padre en Bolonia (Cádiz) Verano de 1996

23.7.26

Los Domingos


 Hay películas que nacen para entretener y otras que aspiran a quedarse en la memoria del espectador. Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, pertenece a este segundo grupo. Tras la brillante Cinco lobitos y la aclamada serie Querer, la directora vasca vuelve a demostrar que posee una sensibilidad excepcional para explorar los conflictos familiares y emocionales, convirtiendo una historia aparentemente sencilla en una profunda reflexión sobre la fe, la libertad, la identidad y el peso de las expectativas sociales.

La película gira en torno a Ainara, una joven que comunica a su familia su deseo de ingresar en un convento de clausura, una decisión que sacude los cimientos de un hogar moderno y obliga a todos sus miembros a replantearse sus propias convicciones. Ruiz de Azúa aborda un tema tan delicado como la vocación religiosa sin caer en el maniqueísmo ni en el juicio fácil. Su mirada es profundamente humana: escucha a todos los personajes, comprende sus contradicciones y permite que sea el espectador quien extraiga sus propias conclusiones. En un tiempo en el que el cine parece empeñado en ofrecer respuestas rápidas, Los domingos tiene la valentía de formular preguntas difíciles.

Uno de los grandes aciertos de la película reside en su reparto. Blanca Soroa, en el papel de Ainara, ofrece una interpretación sorprendente por su madurez, transmitiendo con enorme naturalidad la serenidad, las dudas y la firmeza de una joven que decide recorrer un camino incomprensible para quienes la rodean. A su lado, Patricia López Arnaiz vuelve a demostrar por qué está considerada una de las mejores actrices del panorama español. Su personaje está lleno de matices: una madre que oscila entre el desconcierto, el dolor y el amor incondicional, componiendo un retrato profundamente humano.

El trabajo de Juan Minujín, Miguel Garcés, Nagore Aranburu y Mabel Rivera completa un reparto coral de enorme calidad, donde ningún personaje resulta accesorio. Todos representan distintas maneras de entender la familia, la religión, la libertad y el afecto, enriqueciendo un relato que nunca pierde el equilibrio entre lo íntimo y lo colectivo. La naturalidad con la que interactúan los actores hace que muchas escenas parezcan más observadas que interpretadas, un mérito compartido entre el reparto y la dirección de actores de Ruiz de Azúa.

Visualmente, la película mantiene una admirable coherencia con el tono de la historia. La fotografía de Bet Rourich apuesta por la luz natural, los encuadres sobrios y una composición elegante que evita cualquier artificio. Las localizaciones, principalmente en el País Vasco, no funcionan únicamente como un escenario, sino como una prolongación del estado emocional de los personajes. Las viviendas familiares, los paisajes abiertos, los espacios religiosos y los silencios del entorno rural dialogan constantemente con las emociones de quienes los habitan. Todo transmite autenticidad.

La puesta en escena destaca igualmente por su contención. No hay grandes discursos ni escenas diseñadas para arrancar lágrimas fáciles. Ruiz de Azúa confía plenamente en la inteligencia del espectador y construye una narración pausada donde los silencios, las miradas y los pequeños gestos poseen tanto significado como las palabras. Esa confianza convierte a Los domingos en una experiencia profundamente inmersiva, que exige atención y recompensa con una notable riqueza emocional.

Uno de los aspectos más interesantes de la película es su dimensión social. Más allá del conflicto religioso, la historia habla de una sociedad occidental cada vez más secularizada, donde determinadas decisiones personales parecen necesitar una justificación constante. La película plantea una pregunta incómoda: ¿aceptamos realmente la libertad individual cuando conduce a elecciones que no compartimos? La vocación religiosa se convierte aquí en un vehículo para reflexionar sobre la autonomía personal, la presión familiar, el choque entre generaciones y la dificultad de aceptar que quienes amamos no siempre recorrerán el camino que habíamos imaginado para ellos.

La película también invita a reflexionar sobre la tolerancia entendida en su sentido más amplio. Resulta sencillo defender la libertad cuando coincide con nuestras propias convicciones; lo verdaderamente complejo es respetarla cuando cuestiona nuestras certezas. En ese sentido, Los domingos posee una enorme honestidad intelectual, evitando convertir a unos personajes en héroes y a otros en villanos. Todos sufren, todos aman y todos creen actuar correctamente.

Como única observación constructiva, su ritmo contemplativo puede exigir un mayor esfuerzo por parte del espectador acostumbrado a narraciones más aceleradas. Algunos personajes secundarios podrían haber contado con un desarrollo ligeramente mayor, ya que el interés que despiertan invita a conocer aún más sus motivaciones. Sin embargo, estas pequeñas reservas no empañan el conjunto de una obra sólida y extraordinariamente coherente con la propuesta de su directora.

En definitiva, Los domingos confirma que Alauda Ruiz de Azúa es una de las voces más personales, inteligentes y necesarias del cine español contemporáneo. Su capacidad para convertir los conflictos cotidianos en grandes relatos emocionales la sitúa entre las cineastas más interesantes de su generación. Esta película no pretende convencer al espectador de una idea concreta, sino acompañarlo en un viaje hacia la comprensión del otro, incluso cuando ese otro toma decisiones que desafían nuestra lógica.

Y quizá ahí resida su mayor virtud. Vivimos en una época marcada por la polarización, por las opiniones inmediatas y por la necesidad constante de clasificarlo todo entre lo correcto y lo incorrecto. Los domingos propone exactamente lo contrario: detenerse, escuchar y comprender. Nos recuerda que la familia no consiste en pensar igual, sino en seguir queriéndose cuando las diferencias parecen insalvables. Que la libertad solo adquiere un verdadero significado cuando somos capaces de reconocerla también en quien elige un camino distinto al nuestro. Y que el amor, en su expresión más generosa, no siempre consiste en entender las decisiones de los demás, sino en permanecer a su lado incluso cuando nunca llegaremos a comprenderlas del todo.

Cuando aparecen los títulos de crédito, la sensación que permanece no es la de haber asistido únicamente a una película sobre la religión o sobre una vocación. Lo que realmente deja Los domingos es una reflexión sobre la condición humana: sobre el miedo a perder a quienes amamos, sobre la dificultad de aceptar que nuestros hijos, nuestros padres o nuestras parejas tienen derecho a escribir una historia diferente de la que imaginábamos para ellos. En un mundo que habla mucho y escucha poco, Alauda Ruiz de Azúa firma una obra que reivindica el valor de la empatía, de la duda y del respeto. Y ese, probablemente, sea el mejor elogio que puede hacerse de una película: que termina en la pantalla, pero continúa mucho tiempo después en la conciencia del espectador.


10.7.26

Solidaridad con Los Gallardos

 


De vez en cuando, hay noticias que nos golpean incluso desde la distancia. Hay tragedias que, aun sucediendo a muchos kilómetros, encuentran el camino hasta el corazón. Hoy nuestros pensamientos están con Los Gallardos, esa localidad vecina de nuestra querida Mojácar, sacudida por un devastador incendio que ha dejado doce víctimas. Cuesta encontrar palabras cuando el dolor adquiere una dimensión tan inmensa. En momentos así, el silencio parece hablar con más fuerza que cualquier discurso.

Toda nuestra solidaridad, nuestro cariño y nuestro más sentido pésame para las familias que han perdido a sus seres queridos y para un pueblo entero que afronta, sin duda, uno de los días más tristes de su historia. Ninguna palabra aliviará el vacío de quienes hoy lloran una ausencia irreparable, pero sí queremos hacerles llegar nuestro abrazo sincero y nuestro respeto.

Almería siempre ha sido para nosotros sinónimo de luz, de mar, de pueblos blancos asomados al Mediterráneo, de hospitalidad y de recuerdos felices. Dentro de apenas un mes volveremos, con la misma ilusión de cada verano, a esa tierra que tanto queremos y que sentimos un poco nuestra. Sin embargo, esta vez lo haremos con el corazón encogido, sabiendo que muy cerca de allí habrá familias para las que nada volverá a ser igual.

Ojalá el tiempo, la solidaridad de todos y la fortaleza de un pueblo acostumbrado a levantarse frente a la adversidad ayuden a cicatrizar unas heridas que hoy parecen imposibles de cerrar. Que el recuerdo de quienes han perdido la vida permanezca siempre vivo en la memoria de los suyos y de todos aquellos que, aun desde la distancia, compartimos su dolor.

Descansen en paz.

9.7.26

Bonnie Tyler


Hay canciones que no solo se escuchan. Se viven. Se quedan para siempre escondidas en algún rincón de la memoria, esperando el momento oportuno para volver a sonar. Para mí, una de ellas siempre será "Holding Out for a Hero".

Todavía puedo recordar, siendo un chaval en aquellos maravillosos años ochenta, completamente fascinado por aquel videoclip rodado entre los paisajes inmensos del Gran Cañón del Colorado. Aquellas montañas infinitas, el viento levantando el polvo, Bonnie Tyler cantando con aquella voz imposible, áspera, poderosa, como si estuviera desafiando al propio horizonte. Parecía que no interpretaba una canción, parecía que estaba convocando a los héroes de una generación.

Hoy, al conocer la noticia de su fallecimiento a los 75 años, siento que se marcha algo más que una cantante. Se apaga otra de esas voces que dieron banda sonora a una época irrepetible.

Bonnie Tyler era distinta. En un mundo donde abundaban las voces perfectas, ella convirtió la imperfección en un sello de identidad. Su garganta rota sonaba más humana que ninguna otra. Nos regaló himnos eternos como "Total Eclipse of the Heart", "It's a Heartache" o aquella inolvidable "Holding Out for a Hero", sin olvidar la fabulosa colaboración que hizo con Mike Oldfield en su  disco "Islands". Canciones que aún hoy conservan la capacidad de ponernos la piel de gallina décadas después.

Los ochenta tienen algo difícil de explicar a quienes no los vivieron. Esperábamos con ilusión que un videoclip apareciera en televisión. Grabábamos canciones en cintas de casete implorando que el locutor no hablara encima del final. Comprábamos discos, leíamos las letras en los libretos y cada éxito parecía durar una eternidad. La música no competía por sobrevivir quince segundos en una pantalla vertical, encontraba un lugar permanente en nuestras vidas.

Hoy todo parece suceder mucho más deprisa. Las canciones nacen virales y desaparecen con la misma velocidad. Consumimos música como quien cambia de escaparate, mientras entonces aprendíamos a querer cada disco, cada artista y cada melodía. No digo que antes todo fuera mejor. Simplemente era diferente. Quizá escuchábamos con menos prisas... y sentíamos un poco más.

La muerte de Bonnie Tyler es otro de esos pequeños avisos que el tiempo nos envía sin pedir permiso. Poco a poco se van marchando quienes pusieron voz a nuestra juventud. Y con ellos comprendemos que también nosotros nos hemos convertido en guardianes de aquellos recuerdos.

Pero hay algo que la muerte nunca podrá llevarse. Mientras alguien vuelva a subir el volumen del coche y suene esa voz rasgada atravesando los altavoces, mientras un adolescente descubra por primera vez una de sus canciones, mientras cualquiera cierre los ojos al escuchar sus primeros acordes, Bonnie Tyler seguirá viva.

Porque los héroes de los que ella cantaba quizá nunca existieron. Pero las canciones capaces de derrotar al tiempo sí. Y la suya, sin ninguna duda, será una de ellas.

https://youtu.be/bWcASV2sey0?is=Fi47P1dT1lCZcvJ9

6.7.26

Los ochenta asaltos de Sylvester Stallone

 


En el universo de Hollywood, hay actores que interpretan personajes. Y hay otros que, sin proponérselo, terminan interpretando una parte de nuestra propia vida.

Hoy cumple ochenta años Sylvester Stallone. Y, al mirar atrás, me doy cuenta de que, de una forma extraña y silenciosa, ha estado ahí durante casi todos mis cincuenta y tres años. No como un familiar ni como un amigo, sino como uno de esos rostros que aparecen una y otra vez en la memoria, asociados a una época, a una emoción y a una manera de entender el cine.

Los años ochenta tenían algo irrepetible. Ir al videoclub, esperar el estreno del viernes, comentar la película el lunes en el colegio o en el instituto, aprenderse los diálogos de memoria... Aquellas películas no aspiraban a pedir perdón por ser entretenidas. Al contrario: se sentían orgullosas de emocionar, de hacer reír, de acelerar el pulso. Y en el centro de muchas de ellas estaba Stallone.

Era  demostrando que la verdadera victoria consistía en levantarse una vez más. Era , convertido por muchos en un icono de la acción, aunque detrás de los músculos y de la pólvora habitara un hombre herido, incapaz de encontrar del todo su lugar en el mundo. Eran también otras aventuras que llenaban las salas de cine de aplausos, bolsas de chuches, coca cola y aquella sensación, tan propia de la juventud, de que todo parecía posible durante dos horas.

Con el paso de los años, nosotros cambiamos. Y él también.

Las arrugas fueron sustituyendo a la arrogancia de la juventud. Los golpes dejaron de parecer coreografías para convertirse en el precio inevitable del tiempo. Rocky ya no corría para vencer a un rival, sino para enseñar a otros que la dignidad consiste en seguir adelante. Rambo dejó de ser una máquina de combate para convertirse en un hombre cansado que solo anhelaba un poco de paz. Sin darnos cuenta, aquellos personajes crecieron al mismo ritmo que nosotros.

Quizá por eso siguen emocionándonos. Porque ya no vemos únicamente al héroe invencible. Vemos al ser humano que resiste. Y, a cierta edad, esa resistencia vale mucho más que cualquier victoria.

Tener cincuenta y tres años significa descubrir que los héroes también envejecen, que las bandas sonoras despiertan más recuerdos que adrenalina y que las películas que un día nos hicieron vibrar terminan hablándonos de nosotros mismos. Comprendemos entonces que nunca fueron solo historias de boxeo o de acción. Eran relatos sobre la perseverancia, la pérdida, la amistad, el fracaso y la esperanza.

Feliz cumpleaños, Sly!!!

Gracias por acompañarnos a toda una generación. Gracias por los viernes de videoclub, por las tardes de cine, por los sueños imposibles y por recordarnos, incluso ahora que el calendario pesa más que antes, que siempre merece la pena levantarse una vez más.

Porque, al final, todos acabamos librando nuestro propio combate. Y si la vida nos ha enseñado algo, es que no importa tanto la fuerza con la que golpeamos, sino la capacidad de seguir caminando después de cada golpe.



2.7.26

Heather O'Rourke: la niña que hablaba con la televisión.


 Si creciste en los años ochenta, seguramente recuerdes aquellas noches en las que el miedo tenía una textura especial.
Era el tiempo de los videoclubs de barrio, de las caratulas pintadas a mano, de las películas grabadas en VHS y de los hogares iluminados por el resplandor azulado de un televisor que permanecía encendido más allá de la medianoche. El terror no llegaba a través de teléfonos móviles ni redes sociales. Llegaba envuelto en música inquietante, en casas victorianas, en cementerios cubiertos por la niebla y en niños que parecían ver cosas que los adultos eran incapaces de comprender.
Aquella fue una década extraordinaria para el cine fantástico. Los fantasmas abandonaron los castillos góticos para instalarse en los suburbios. Lo sobrenatural se coló en los salones familiares. Las pesadillas comenzaron a habitar detrás de una puerta cerrada, bajo una cama o al otro lado de una pantalla de televisión.
Entre todas aquellas historias hubo una que logró grabarse para siempre en la memoria colectiva. No era la más sangrienta ni la más brutal. Su fuerza residía precisamente en lo contrario: en la inocencia de una niña pequeña que parecía convertirse en puente entre nuestro mundo y otro desconocido.
Millones de espectadores la vieron pronunciar unas palabras que terminarían formando parte de la historia del cine de terror.
Nadie podía imaginar entonces que, años después, aquella escena sería recordada con una mezcla de fascinación y tristeza.
Porque el tiempo convertiría una simple película en una leyenda.
Y a una niña actriz en un misterio.
Su nombre era Heather O'Rourke.

Todavía hoy, cuando alguien menciona la película de terror , hay quien recuerda la famosa escena de la pequeña niña rubia sentada frente al televisor, iluminada por la luz azulada de una pantalla sin señal.

—They're here...

"Están aquí."

Aquella frase recorrió el mundo.

Y, con el paso de los años, terminó adquiriendo un significado mucho más oscuro del que nadie había imaginado.

Porque la niña que la pronunció murió demasiado pronto.

Y las personas siempre han sentido una extraña necesidad de convertir las tragedias en maldiciones.

Heather Michele O'Rourke nació en la ciudad de  el 27 de diciembre de 1975.

Era una niña alegre, inquieta y extraordinariamente fotogénica.

Dicen que fue descubierta casi por casualidad mientras acompañaba a su hermana mayor a una prueba de interpretación.

Hay algo de leyenda en esa historia, pero como ocurre con las mejores leyendas, contiene una parte de verdad.

Su sonrisa parecía iluminar cualquier habitación.

Los directores de casting la adoraban.

Las cámaras también.

Apenas tenía seis años cuando obtuvo el papel que cambiaría su vida para siempre.

Carole Anne Freeling.

La niña de Poltergeist.

La niña que escuchaba voces al otro lado de la pantalla.

El rodaje comenzó en un ambiente aparentemente normal.

Había risas.

Juegos.

Actores veteranos.

Técnicos experimentados.

Nada parecía presagiar que aquella producción acabaría convirtiéndose en una de las leyendas más inquietantes de la historia de Hollywood.

Sin embargo, años después empezaron a circular rumores.

Rumores que crecían cada vez que una nueva tragedia golpeaba a alguien relacionado con la película.

La muerte de la joven actriz .

El fallecimiento de .

La muerte de .

Y finalmente Heather.

Demasiadas desgracias para los amantes de las historias sobrenaturales.

Así nació la llamada "maldición de Poltergeist".

Durante años se contaron historias extrañas.

Se decía que en algunas escenas se utilizaron esqueletos humanos auténticos.

Se hablaba de fenómenos inexplicables durante los rodajes.

De luces que aparecían donde no debían.

De sensaciones incómodas.

De sombras.

De susurros.

Cada relato se hacía más inquietante que el anterior.

Y cuanto más crecía la leyenda, más difícil resultaba distinguir los hechos reales de las exageraciones.

Porque la verdad es que el miedo siempre encuentra la forma de alimentarse a sí mismo.

Mientras tanto, Heather seguía creciendo.

O al menos intentándolo.

Había participado en tres películas de la saga.

Se había convertido en una de las niñas más conocidas del mundo.

Pero algo no iba bien.

Su salud comenzó a deteriorarse.

Al principio parecían pequeños problemas.

Molestias.

Síntomas confusos.

Diagnósticos equivocados.

Errores médicos.

Nadie sospechaba la gravedad de lo que realmente estaba ocurriendo.

La noche del 31 de enero de 1988, según cuentan quienes estuvieron cerca de ella, Heather comenzó a sentirse peor.

Muy mal.

Demasiado mal.

Fue trasladada de urgencia al hospital.

Allí los médicos descubrieron una grave obstrucción intestinal relacionada con una enfermedad congénita que no había sido diagnosticada correctamente.

La operaron.

Intentaron salvarla.

Pero el cuerpo de aquella niña de doce años ya no pudo resistir.

Murió el 1 de febrero de 1988.

Tenía apenas doce años.

Doce.

Una edad en la que la mayoría de los niños aún están preocupados por los deberes, los dibujos animados y las vacaciones de verano.

La noticia recorrió el planeta.

Y entonces comenzó verdaderamente la leyenda.

Porque el ser humano soporta mejor las maldiciones que los accidentes.

Nos resulta más fácil creer en fantasmas que aceptar la fragilidad de la existencia.

Las revistas sensacionalistas encontraron un filón.

Los programas de televisión hicieron el resto.

La muerte de Heather pasó a formar parte de una narrativa mucho más grande.

La de una película perseguida por fuerzas oscuras.

La de una niña atrapada para siempre entre dos mundos.

La de una voz que todavía resonaba al otro lado del televisor.

A finales de los años noventa, un vigilante nocturno de unos estudios cinematográficos de California contó una historia.

Nadie logró demostrar que fuera cierta.

Pero tampoco pudo demostrarse que fuese falsa.

Aseguraba que una madrugada estaba recorriendo uno de los antiguos almacenes donde se guardaban decorados de películas ya olvidadas.

El edificio permanecía prácticamente vacío.

Sólo polvo.

Madera vieja.

Carteles descoloridos.

Silencio.

Mucho silencio.

Entonces escuchó una voz infantil.

Lejana.

Suave.

Como si procediera de una habitación cerrada.

La siguió.

Atravesó varios pasillos.

Giró una esquina.

Y llegó hasta una vieja televisión abandonada.

El aparato estaba desenchufado.

Cubierto de polvo.

Sin embargo, emitía una débil luz azul.

Según aquel hombre, una niña rubia apareció reflejada durante unos segundos.

Sonreía.

Nada más.

No parecía triste.

No parecía asustada.

Simplemente sonreía.

Luego la imagen desapareció.

La pantalla quedó negra.

Y nunca volvió a ocurrir.

La historia se propagó por los estudios de Hollywood durante años.

Algunos juraban haber oído algo parecido.

Otros se reían.

Pero nadie olvidó el relato.

Quizá porque, en el fondo, todos deseaban creer que Heather seguía existiendo en alguna parte.

No como un fantasma aterrador.

No como una víctima de una maldición.

Sino como una niña feliz.

Libre.

Lejos del dolor.

Lejos de los hospitales.

Lejos de los titulares.

Lejos de las leyendas.

Y tal vez ahí se encuentre la verdadera historia.

No en los fantasmas.

No en las maldiciones.

No en los rumores.

La auténtica tragedia de Heather O'Rourke fue la de una niña brillante cuya vida terminó demasiado pronto.

Y la auténtica esperanza consiste en recordar que detrás del mito existió una persona real.

Una niña que reía.

Que soñaba.

Que tenía amigos.

Que amaba actuar.

Que iluminaba las habitaciones cuando entraba en ellas.

Quizá las leyendas continúen creciendo.

Quizá dentro de cien años alguien siga contando historias sobre luces azules y televisores encendidos en mitad de la noche.

Pero si alguna vez existe un lugar donde permanecen las almas felices, es agradable imaginar a Heather allí.

Ya no sentada frente a una pantalla oscura.

Ya no escuchando voces desconocidas.

Ya no perdida entre mundos.

Sino corriendo bajo un cielo inmenso, luminoso y tranquilo.

Con la misma sonrisa que conquistó al mundo.

Y esta vez, al otro lado de la luz, no hay miedo.

Sólo paz.


30.6.26

Sobre el calor y la inutilidad de protestar


 Cada verano llega puntual, como la declaraciónde la renta, las canciones chorras y los expertos televisivos que descubren que hace calor cuando el termómetro marca cuarenta y tres grados a la sombra. La ola de calor es ya una institución nacional. Tiene más estabilidad que muchos gobiernos y más capacidad de convocatoria que la mayoría de los festivales de música.

Pero en Extremadura la cosa adquiere una categoría superior. Aquí no hablamos de calor: hablamos de una fuerza geológica. El calor extremeño no se mide en grados, sino en estados de ánimo. Cuando el termómetro alcanza los cuarenta y cuatro, los perros dejan de ladrar, las cigarras parecen funcionarios haciendo horas extra y hasta las lagartijas buscan una sombra para echarse una siesta.

Nuestros antepasados, que eran gente práctica y bastante más inteligente de lo que solemos reconocerles, resolvían el asunto refugiándose bajo una higuera, cerrando las contraventanas y aceptando con dignidad que entre las tres y las siete de la tarde cualquier esfuerzo físico era una insensatez. Nosotros, en cambio, hemos decidido combatir el calor con tecnología, aplicaciones meteorológicas y una fe casi religiosa en el aire acondicionado. Consultamos el móvil cada diez minutos para confirmar que, efectivamente, seguimos viviendo dentro de una sartén.

La ola de calor tiene además un efecto democrático admirable. No distingue ideologías, profesiones ni clases sociales. El catedrático de Filosofía y el albañil terminan compartiendo la misma expresión facial: la de quien acaba de comprender que la evolución humana tiene sus límites y que ninguno de ellos estaba preparado para caminar por una calle donde el aire parece salir directamente de la puerta de un horno industrial.

Los consejos para sobrevivir son siempre los mismos: beber agua, evitar el sol y permanecer en lugares frescos. Magníficas recomendaciones que suelen proceder de personas que las redactan desde despachos climatizados a veintidós grados. Es como recibir instrucciones para cruzar el desierto del Sáhara de alguien que escribe desde una terraza en Noruega.

En los pueblos extremeños, además, existe toda una cultura ancestral del calor. Una sabiduría transmitida de generación en generación. La persiana bajada hasta el suelo. El botijo estratégicamente situado. La sandía en remojo. La silla en la puerta al anochecer. Y la frase ritual que se escucha desde mayo hasta septiembre:

—Pues todavía no ha llegado lo gordo.

Es una frase fascinante porque puede pronunciarse con treinta y nueve grados, con cuarenta y dos o con cuarenta y cinco. Lo gordo siempre está por llegar. Es una amenaza climática permanente que forma parte del patrimonio inmaterial de la región.

También existe una corriente filosófica basada en la resignación. Una escuela de pensamiento profundamente extremeña. Consiste en aceptar que el verano te va a derrotar y que oponerse a él es tan inútil como intentar discutir con una cabra o convencer a una administración pública de que responda un correo electrónico.

Los estoicos romanos habrían comprendido perfectamente una tarde de agosto en las Vegas Bajas. Séneca escribió mucho sobre soportar las adversidades de la vida, pero sospecho que nunca intentó echar una siesta en Montijo, Mérida o Don Benito mientras el aire caliente entraba por la ventana como si alguien hubiera abierto la puerta de una fundición.

Hay además un fenómeno curioso. Durante todo el invierno escuchamos a personas quejarse del frío. Hablan de él como si vivieran atrapadas en Siberia. Luego llega julio, el mercurio alcanza temperaturas compatibles con la fabricación artesanal de ladrillos y esas mismas personas descubren que quizá el frío tampoco estaba tan mal.

Y sin embargo, pese a todo, el extremeño desarrolla una relación casi afectiva con el calor. Lo critica constantemente, lo maldice, lo convierte en tema principal de conversación y le atribuye toda clase de desgracias. Pero en cuanto un madrileño, un bilbaíno o un alemán expresa su asombro ante los cuarenta y cinco grados, aparece un orgullo local difícil de explicar.

—Sí, hace calor. Pero es un calor seco.

La frase merece una plaza pública y una estatua. Da igual que uno esté sudando como una botella de gaseosa olvidada al sol. Da igual que los pájaros parezcan pedir auxilio. Da igual que el volante del coche pueda utilizarse para marcar ganado. El calor es seco. Y con eso, al parecer, queda todo solucionado.

Al final, la ola de calor siempre termina pasando. Llega septiembre, bajan las temperaturas y todos juramos que jamás volveremos a quejarnos del frío. Entonces aparece enero, sopla el viento, nos congelamos en las paradas del autobús y comenzamos a añorar aquellos días en los que el único problema consistía en derretirse lentamente.

Así es el ser humano. Una criatura capaz de construir catedrales, escribir poesía, llegar a la Luna y descifrar el genoma humano, pero que dedica buena parte de su existencia a comentar el tiempo. Y así es el extremeño: alguien que sobrevive año tras año a temperaturas absurdas, que protesta de ellas con admirable perseverancia y que, en el fondo, sabe que cuando vuelva el próximo verano repetirá el mismo ritual de siempre, mirando al horizonte abrasado y pronunciando con solemnidad casi litúrgica:

—Hace una mijina de calor.

28.6.26

Aquella noche de perseidas


Aquella noche de agosto de 2025 parecía sacada de un sueño antiguo. Era la primera de nuestras deseadas vacaciones. 

Lanjarón descansaba entre las sombras azules de Sierra Nevada y los perfiles oscuros de la Alpujarra granadina. El aire descendía fresco desde las montañas, perfumado por los árboles y por el rumor lejano de las acequias que desde hacía siglos llevaban el agua por aquellas laderas. Sobre nuestras cabezas, el cielo ofrecía uno de sus grandes espectáculos: la lluvia de estrellas de las Perseidas. Cada pocos minutos una fugaz línea de fuego cruzaba la bóveda celeste, arrancando exclamaciones de admiración a quienes levantábamos la vista.

Las calles del pueblo estaban llenas de vida. Los bares y terrazas rebosaban conversaciones, risas y el tintineo de las copas. Aquella noche cenábamos en el restaurante El Arca de Noé, conocido en toda la comarca por sus excelentes productos alpujarreños, sus embutidos curados en la sierra y sus platos preparados con el mismo cariño que antaño.

Fue allí donde ocurrió algo que recordamos con una extraña sensación.

En la mesa contigua se sentó un anciano que parecía surgido de otro tiempo. Tendría más de ochenta años. Vestía una chaqueta oscura pese al calor del verano y llevaba un sombrero de ala corta cuidadosamente colocado sobre la cabeza. Su barba, completamente blanca, caía hasta el pecho, y sus ojos, de un color difícil de precisar, brillaban con una intensidad poco común. Había en él algo de maestro, algo de ermitaño y algo de hechicero.

La cena avanzaba despacio, sin prisas. Habíamos pedido varios platos típicos de la Alpujarra y comentábamos las actividades  realizadas durante el día. El restaurante estaba lleno y las conversaciones de unas mesas se mezclaban con las de otras formando ese agradable murmullo que sólo existe en las noches de verano.

Fue entonces cuando advertí que el anciano de la mesa contigua nos observaba con una leve sonrisa.

Esperó pacientemente a que termináramos una conversación y, con una educación que parecía pertenecer a otra época, se inclinó ligeramente hacia nosotros.

—Perdonen la indiscreción —dijo—, pero llevo un rato escuchándolos. ¿Son ustedes extremeños?

Nos miramos sorprendidos.

—Sí, señor —respondí sonriendo—. ¿Tanto se nos nota?

El anciano soltó una breve carcajada.

—No demasiado. Pero hay palabras que nunca engañan. Además, yo he conocido a mucha gente de Extremadura.

—Pues ha acertado. Somos de las dos provincias, ella de Cáceres y yo de Badajoz, concretamente de Mérida.

Los ojos del hombre parecieron iluminarse.

—Ah, Extremadura... tierra de conquistadores, de dehesas interminables y de pueblos donde todavía se conservan historias que se cuentan junto a las puertas en las noches de verano.

—Cada vez menos —respondió Blanca—. Ahora la gente prefiere el móvil.

—Eso dicen siempre los mayores —contestó el anciano sonriendo—. Pero las historias sobreviven. Siempre encuentran la manera de sobrevivir.

Pidió otro vaso de vino y continuó hablando.

—Estuve hace muchos años en Mérida. También conocí Zafra, Jerez de los Caballeros, Olivenza... Lugares hermosos. Allí aprendí algo importante.

—¿Y qué fue?

—Que las leyendas nunca nacen donde ocurren los hechos. Nacen donde alguien decide recordarlos.

Aquella respuesta nos llamó la atención.

—Eso parece una frase de escritor.

—No, no —rió suavemente—. Los escritores suelen inventar más de la cuenta. Yo sólo repito lo que escucho.

Guardó silencio durante unos segundos y miró por la ventana. En el cielo una estrella fugaz acababa de cruzar sobre las montañas.

—Hermosa noche para escuchar historias —murmuró.

—Eso seguro.

—Las Perseidas siempre me han parecido curiosas. Mientras todos miran hacia arriba buscando respuestas en las estrellas, los verdaderos misterios suelen estar debajo de nuestros pies.

Nos quedamos callados.

Había algo extraño en aquella afirmación.

El anciano tomó un sorbo de vino.

—¿Es la primera vez que visitan Lanjarón?

—No. Esta es nuestra séptima estancia, ya somos veteranos!! Y en las primeras estancias dedicamos algunos días a recorrer también varios pueblos de la Alpujarra.

—Entonces habrán visitado Granada.

—Claro.

—¿Y la Alhambra?

—Por supuesto. Aunque por separado. Tenemos pendiente visitarla juntos. Nos hace mucha ilusión. 

El hombre asintió lentamente.

—La mayoría de los visitantes creen que conocen la Alhambra porque han visto sus palacios, sus jardines y sus patios. Pero muy pocos conocen las historias que duermen bajo sus cimientos.

Aquella frase consiguió captar toda nuestra atención.

—¿Historias?

El anciano apoyó ambas manos sobre el bastón que descansaba junto a su silla.

—Historias antiguas. Algunas tan viejas que ya nadie sabe si son recuerdos o sueños.

Volvió a mirar hacia la oscuridad de la calle.

—Mi abuelo solía decir que bajo la Puerta del Juicio aún se escuchan ciertas músicas durante las noches de verano.

Nosotros sonreímos con curiosidad.

—¿Y usted se lo creía?

El anciano tardó unos segundos en responder.

—Cuando tenía vuestra edad, no.

Hizo una pausa.

—Ahora ya no estoy tan seguro.

Y fue entonces cuando, inclinándose ligeramente hacia nuestra mesa, comenzó a relatarnos la extraordinaria historia del rey Aben-Habuz, del astrólogo Ibrahim Eben Abou Agib y de la princesa que seguía tocando una lira en las profundidades de la montaña.

—Si quieren escuchar una historia verdadera —dijo con una voz pausada y profunda— les contaré algo que me contó mi abuelo, y que a él le contó el suyo mucho antes.

Entonces comenzó el relato.

Y nos habló del rey Aben-Habuz, del astrólogo Ibrahim Eben Abou Agib, de la princesa cautiva y de los misteriosos encantamientos ocultos bajo la montaña.

Nos contó que, tras desaparecer el astrólogo en las entrañas de la tierra, Aben-Habuz quedó tan asombrado que durante varios instantes fue incapaz de pronunciar palabra. Cuando recuperó el juicio, ordenó a mil obreros cavar en el lugar donde el mago se había hundido. Día tras día trabajaron con tesón, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Las herramientas chocaban contra una roca inexpugnable o la tierra volvía a llenar los huecos abiertos casi tan rápido como eran excavados.

El rey buscó también la entrada de la caverna que conducía al palacio subterráneo del astrólogo. Sin embargo, donde antes se abría la boca de la gruta sólo aparecía ahora una pared de roca compacta, lisa e impenetrable.

Con la desaparición de Ibrahim se extinguió igualmente el poder de sus talismanes. El guerrero de bronce quedó inmóvil para siempre, con la lanza apuntando hacia el lugar donde el astrólogo había desaparecido, como si quisiera advertir al mundo de que allí seguía ocultándose el mayor peligro para el reino.

Pero lo más extraño vino después.

Algunas noches, según decían los campesinos, se escuchaban desde el interior de la montaña los acordes lejanos de una lira acompañados por una dulce voz femenina. Un labrador aseguró haber encontrado una grieta en la roca por la que pudo contemplar, a enorme profundidad, un magnífico salón iluminado por luces imposibles. Allí vio al astrólogo reclinado sobre un lujoso diván, adormecido por la música de la princesa, cuya melodía parecía ejercer sobre él un hechizo irresistible.

Cuando Aben-Habuz acudió al lugar, la grieta había desaparecido.

Intentó nuevas excavaciones, pero todas fracasaron. Ningún poder humano podía vencer el encanto de la mano y la llave misteriosas.

En cuanto al maravilloso palacio y los jardines prometidos por el astrólogo en la cima de la montaña, nadie llegó jamás a contemplarlos. Tal vez permanecían invisibles por obra de la magia. Tal vez nunca existieron. Lo cierto es que allí sólo se veía una extensión árida y solitaria.

Con el tiempo, los habitantes de la región comenzaron a llamar a aquel paraje de dos maneras igualmente crueles: unos lo conocían como La locura del rey; otros, como El paraíso de los locos.

Las desgracias de Aben-Habuz no terminaron ahí. Los vecinos que durante años habían soportado sus abusos, protegidos él por los talismanes, descubrieron finalmente que ya no estaba amparado por la magia. Entonces invadieron sus dominios desde todos los rincones y el resto de su reinado se convirtió en una sucesión interminable de guerras, revueltas y conflictos.

Pasaron los años.

Aben-Habuz murió y fue enterrado. Los siglos siguieron avanzando hasta que sobre aquella colina se levantó la Alhambra, cuyas torres y palacios parecían materializar los sueños imposibles del antiguo jardín encantado.

Dicen que el pórtico mágico sobrevivió al paso del tiempo y que hoy forma parte de la célebre Puerta del Juicio. Y también dicen que, bajo ella, continúa oculto el salón subterráneo donde el astrólogo sigue dormitando mientras escucha eternamente la música de la princesa.

Los viejos soldados que durante siglos hicieron guardia junto a aquella puerta aseguraban oír algunas noches los acordes de la lira surgir desde las profundidades de la tierra. Y cuando eso ocurría, vencidos por un sueño irresistible, se quedaban dormidos en sus puestos.

Así, según la leyenda, la princesa permanecerá cautiva del astrólogo y el astrólogo cautivo del hechizo de la princesa hasta el Día del Juicio. A menos que algún día la misteriosa mano vuelva a empuñar la llave fatal y rompa para siempre el encantamiento.

Cuando el anciano terminó de hablar, el restaurante había quedado casi vacío.

Nadie dijo nada durante unos instantes.

Fuera, las Perseidas continuaban cruzando silenciosamente el cielo de Lanjarón. El anciano apuró el último sorbo de vino, se levantó con una lentitud ceremoniosa y salió a la calle.

No volvimos a verlo.

Durante unos segundos observamos la puerta por la que había desaparecido, esperando quizá que regresara para aclarar qué parte de aquella historia era leyenda y cuál realidad.

Pero nunca regresó.

Y mientras contemplaba una nueva estrella fugaz perderse sobre las montañas oscuras de la Alpujarra, no pude evitar preguntarme si algunas historias sobreviven precisamente porque nadie logra demostrar que son falsas. Tal vez los viejos encantamientos no desaparecen nunca del todo. Tal vez permanecen ocultos bajo las piedras, aguardando pacientemente a que alguien escuche una música lejana en una noche de verano y recuerde que existen misterios destinados a no ser resueltos jamás.

22.6.26

Verano 2026

 


Ayer, con la venia de la astronomía, se inauguró oficialmente la estación estival. Lo acaecido hasta la fecha no era, en puridad, verano: era apenas un prólogo, una obertura pedagógica, un cursillo acelerado de termorresistencia diseñado por la Madre Naturaleza para que nuestro frágil organismo no sucumbiera al primer asalto.

Porque aquellos episodios de cuarenta grados a la sombra, aquellas caminatas que transmutaban en penitencias dignas del París-Dakar, y esos automóviles metamorfoseados en tahonas Extremeñas a pleno rendimiento, no eran sino el calentamiento. El ensayo general con vestuario. La fase beta del infierno.


Acto I: La gran función comienza

A partir de hoy, el astro rey abandona su papel de discreto iluminador y asume el de implacable censor. Ya no viene a dar luz: viene a pasar lista, a auditar la sombra, a someter a plebiscito nuestra capacidad de sudoración. Su dictado es meridiano y no admite enmienda.

Se decreta, pues, el estado de sitio solar:

• Las persianas, otrora levantadas con optimismo republicano, abdicarán a media mañana en un gesto de rendición preventiva. Bajarán el telón como en el teatro clásico, para que la tragedia se represente a oscuras y con dignidad.

 • Los aires acondicionados, esos héroes anónimos del siglo XXI, iniciarán su jornada laboral sin convenio, facturando horas extraordinarias con la estoica resignación de quien sabe que de su compresor depende la civilización. 

• El termómetro dejará de ser un instrumento de medición para convertirse en un oráculo. Y la liturgia nacional quedará reducida a un salmo que recitaremos con devoción mística: «Pues dicen que mañana suben las temperaturas». Como si cupiera un grado más en el averno. 

Epílogo provisional: Instrucciones para la supervivencia

Se insta a la población a adoptar la economía del movimiento: cada paso será auditado por el departamento de Energía Personal. El abanico ascenderá a la categoría de órgano vital. La siesta dejará de ser costumbre para erigirse en derecho fundamental, amparado por la Declaración Universal de los Derretidos.

El gazpacho, la sandía fresquita, la horchata y cualquier líquido que no hierva al contacto con el aire serán declarados bienes de primera necesidad. Las conversaciones trascendentales quedarán suspendidas hasta nuevo aviso; solo se admitirán monosílabos y quejidos articulados.

Así pues, encomendémonos a San Isidro Labrador, patrón de los secarrales, y a Willis Carrier, santo laico del aire acondicionado. Mucha suerte a todos en esta travesía por el desierto urbano. 

Nos volveremos a ver en octubre, si las circunstancias lo permiten. Llegaremos derretidos, sí, pero enteros. O al menos, en estado líquido reconocible.

Post scriptum: Si alguien me busca antes de octubre, estaré en la nevera. No es metáfora.

15.6.26

El verano de Naranjito

 


Tenía nueve años y estaba a pocos meses de cumplir diez cuando comenzó el Mundial de España de 1982. Fue el primer Mundial que recuerdo de verdad. No como un acontecimiento que veía de reojo mientras los mayores hablaban de política o de trabajo, sino como algo que me pertenecía. Como una aventura que ocurría delante de mis ojos y que llenaba las tardes de junio y julio de una emoción difícil de explicar.

Aquel verano, el mundo entero parecía haberse instalado en España. Y desde Mérida, una ciudad todavía muy distinta de la actual, teníamos la sensación de que algo importante estaba ocurriendo.

La Mérida de 1982 era una ciudad tranquila, provinciana y orgullosa de sí misma. Todavía arrastraba las dificultades económicas de una España que estaba aprendiendo a caminar en democracia. El país vivía los últimos meses del gobierno de la UCD, desgastado por las crisis internas y por una situación económica complicada. Habían pasado apenas dieciséis meses desde el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, y el recuerdo de los guardias civiles entrando en el Congreso seguía muy presente en las conversaciones de los adultos. Se respiraba una mezcla extraña de incertidumbre y esperanza. Nadie sabía exactamente hacia dónde caminaba España, aunque muchos intuían que se acercaban cambios importantes que terminarían llegando unos meses después, con la histórica victoria electoral de Felipe González en octubre de aquel mismo año.

Las calles eran menos ruidosas que hoy, pero estaban mucho más vivas. Los niños pasábamos las tardes enteras fuera de casa. No existían los teléfonos móviles, ni internet, ni las redes sociales. El verano era una sucesión interminable de bicicletas, chapuzones, partidos de fútbol improvisados y noches sentados a la fresca.

Las madres gritaban desde los balcones cuando llegaba la hora de cenar.

Y nosotros aparecíamos cubiertos de polvo, sudor y felicidad.

En los bares sonaban las canciones de Mecano, Radio Futura, Miguel Ríos, Nacha Pop. La Movida madrileña comenzaba a irradiar su influencia por toda España, aunque en Extremadura seguían conviviendo aquellas nuevas corrientes culturales con las verbenas, las orquestas de pueblo y las canciones que salían de las gramolas de los bares.

En el cine triunfaban las aventuras infantiles, los héroes musculosos y los extraterrestres entrañables. Habíamos visto a E.T. señalar el cielo con su dedo luminoso y soñábamos con tesoros escondidos junto a Indiana Jones. Para los niños de entonces, aquellos personajes eran gigantes.

Pero durante unas semanas, todos aquellos héroes quedaron eclipsados por otros.

Los futbolistas.

Porque llegó Naranjito.

Y con él llegó el Mundial.

Recuerdo perfectamente aquella mascota redonda y simpática, los cromos, los álbumes, las banderas, las pegatinas y aquella sensación infantil de que España era el centro del universo. Era difícil explicar lo que significaba para un niño que el Mundial se celebrara en su propio país. Era como si la historia estuviera ocurriendo en el patio de nuestra casa.


La selección española llegaba cargada de ilusión. Los periódicos hablaban de posibilidades. Los comentaristas transmitían optimismo. Nosotros, que apenas entendíamos de tácticas ni de estrategias, estábamos convencidos de que podíamos ganar.

Los nombres de Arconada, Camacho, Santillana, Juanito, Quini o Zamora resonaban como si fueran personajes de una novela de aventuras.

Y entonces llegó Honduras.

Aquel empate inesperado cayó sobre el país como un cubo de agua fría. Recuerdo la sorpresa de los mayores. Recuerdo las conversaciones en los bares. Nadie entendía muy bien qué había ocurrido.

Después llegó la victoria ante Yugoslavia, sufrida y trabajada.

Y más tarde Irlanda del Norte.

España consiguió clasificarse para la segunda fase, pero ya no transmitía la confianza de los días previos al torneo.

Los niños empezábamos a descubrir una verdad elemental del fútbol y de la vida: los sueños no siempre obedecen a nuestros deseos.

La segunda fase fue un ejercicio de desencanto.

Alemania Federal nos derrotó.

Inglaterra nos superó.

Y el Mundial terminó para España antes de lo que habíamos imaginado.

Recuerdo perfectamente aquella sensación extraña. No era exactamente tristeza. Era más bien el descubrimiento de que los cuentos también podían terminar mal.

Sin embargo, cuando España cayó, el Mundial se hizo aún más grande.

Porque comenzamos a mirar a los demás.

Y lo que vimos fue maravilloso.

Allí estaba Brasil.

El Brasil de Zico, Sócrates, Falcão, Cerezo y Éder.

Aquella selección jugaba un fútbol que parecía poesía. Incluso los niños que apenas comprendíamos el juego entendíamos que aquello era diferente. Había algo artístico en aquellos pases, algo elegante en aquellos movimientos, algo casi musical en aquella manera de atacar.

Muchos años después, sigue habiendo quien sostiene que aquel Brasil de 1982 fue el mejor equipo que nunca ganó un Mundial.

Y quizá tengan razón.

Porque entonces apareció Paolo Rossi.


Hasta ese momento había pasado casi desapercibido. Pero en el partido contra Brasil se transformó en un héroe legendario. Marcó tres goles y protagonizó una de las mayores sorpresas de la historia del fútbol.

Recuerdo perfectamente la conmoción.

Brasil se iba.

El equipo que todos admirábamos desaparecía.

Y comprendimos otra lección importante: en el fútbol, como en la vida, la belleza no siempre recibe recompensa.

También estaba Italia.

Una selección criticada durante buena parte del torneo.

Una selección que parecía destinada al fracaso.

Y sin embargo fue creciendo partido a partido hasta terminar levantando la Copa del Mundo.

Su victoria tuvo algo de epopeya clásica.

Mientras tanto, otro jugador comenzaba a llamar la atención del mundo.

Era un argentino joven, bajito y eléctrico.

Todavía no era una leyenda.

Todavía no había conquistado México.

Todavía no era el héroe universal que terminaría siendo.

Pero ya se intuía algo extraordinario en Diego Armando Maradona.


Era como ver el primer capítulo de una historia destinada a convertirse en mito.

En Mérida, mientras tanto, nosotros seguíamos jugando.

Y eso era quizá lo más importante.

Las porterías eran dos piedras.

Los estadios eran descampados.

Las camisetas oficiales apenas existían.

Los balones muchas veces estaban remendados.

Pero daba igual.

Cada tarde reproducíamos los partidos del Mundial.

Un día éramos Paolo Rossi.

Otro día éramos Zico.

Al día siguiente nos convertíamos en Maradona.

Los porteros querían ser Arconada.

Y todos soñábamos con marcar el gol decisivo en una final imaginaria.

Jugábamos hasta que caía la noche.

Hasta que nuestras madres nos llamaban desde los balcones.

Hasta que el calor extremeño comenzaba a ceder y las primeras estrellas aparecían sobre el cielo de Mérida.

Hoy, cuando pienso en aquel Mundial, me doy cuenta de que apenas recuerdo los resultados exactos de muchos partidos.

Pero sí recuerdo la sensación.

Recuerdo los olores de las noches de verano.

Recuerdo las persianas medio bajadas para combatir el calor.

Recuerdo el ruido de los ventiladores.

Recuerdo los bares llenos.

Recuerdo los periódicos deportivos extendidos sobre las mesas.

Recuerdo la ilusión.

Porque aquel Mundial fue mucho más que fútbol.

Fue la imagen de una España que intentaba dejar atrás definitivamente los viejos fantasmas de su historia y presentarse al mundo como una democracia moderna.

Fue la fotografía de una generación que crecía en libertad por primera vez.

Fue el verano de una infancia que todavía pertenecía a las calles.

Hoy el fútbol es más rápido, más espectacular y más global. Los jugadores son marcas internacionales. Los estadios parecen naves espaciales. Las retransmisiones muestran estadísticas capaces de medir hasta el último movimiento.

Todo es mejor.

Y, sin embargo, a veces sospecho que también es un poco menos mágico.

Porque en 1982 los futbolistas todavía parecían hombres de carne y hueso. Podíamos imaginar que alguno de ellos vivía en nuestra calle, que compraba el pan en la tienda de la esquina o que tomaba café en el mismo bar que nuestros padres.

No existía la distancia sideral que separa hoy a las estrellas del aficionado corriente.

Quizá por eso, cuando vuelvo mentalmente a aquel verano de Naranjito, de Paolo Rossi, de Zico, de Sócrates, de Maradona y de las decepciones de España, no siento nostalgia por el fútbol que se jugaba.

Siento nostalgia por el niño que lo veía.

Porque aquel Mundial no fue solamente una competición deportiva.

Fue el instante preciso en que descubrimos que el mundo era mucho más grande que nuestro barrio.

Y, durante unas pocas semanas inolvidables, ese mundo entero pareció caber en una televisión de dos canales, en una calle cualquiera de Mérida y en los ojos asombrados de un niño que aún no había cumplido diez años.


10.6.26

Chica Quinqui: Película que he visto para que tú no tengas que hacerlo

 


Una de esas noches en las que la humanidad parece haberse puesto de acuerdo para no producir nada interesante. Afuera no ocurre absolutamente nada. Dentro de casa tampoco. Te sientas en el sofá armado con el mando a distancia y una mezcla de resignación y aburrimiento existencial. Empiezas el ritual moderno de nuestro tiempo: recorrer canales y plataformas con la esperanza de encontrar algo digno de ocupar un par de horas de tu vida.

Pasas por documentales de asesinos en serie, programas de reformas donde siempre derriban una pared maestra, concursos en los que la gente grita demasiado y series recomendadas por algoritmos que parecen convencidos de que tus mayores aficiones son los dragones, las conspiraciones y los viajes en el tiempo.

Tras veinte minutos navegando sin rumbo, empiezas a sospechar que quizá la televisión ya no está hecha para seres humanos. Y entonces aparece ella. Ahí está. Chica Quinqui.

El título despierta cierta curiosidad. Quizá nostalgia del viejo cine quinqui. Quizá la esperanza de encontrar una pequeña joya escondida. Quizá simplemente la incapacidad física para seguir pulsando botones.

Así que decides verla.

Pobre iluso.

Hay películas malas. Hay películas muy malas. Y luego está Chica Quinqui, dirigida por Alicia Bel y escrita por José Luis Pedrero, una obra que parece rodada bajo la firme convicción de que la buena voluntad puede sustituir al guion, a la dirección y, en ocasiones, incluso a la lógica.

El libreto de Pedrero avanza con la sutileza de una excavadora entrando en una cristalería. Cada conflicto aparece anunciado con tanta antelación que uno no sabe si está viendo una película o leyendo los subtítulos de lo que va a ocurrir dentro de diez minutos. Los personajes no hablan: exponen. No dialogan: informan. No viven situaciones: las declaman como si estuvieran rellenando formularios administrativos.

La historia pretende recuperar cierto aroma del cine quinqui clásico, pero termina pareciéndose más a una charla de instituto sobre "problemas de la juventud" organizada por un ayuntamiento con presupuesto ajustado para actividades culturales.

La dirección de Alicia Bel parece debatirse constantemente entre el drama social, el romance adolescente y el telefilme de sobremesa. El resultado es un curioso híbrido en el que las escenas intensas carecen de intensidad, las emotivas apenas emocionan y las dramáticas provocan alguna que otra sonrisa involuntaria.


En cuanto a las interpretaciones, hay que reconocer algo importante: las protagonistas, Luth Inat y Olga Navarro, se dejan la piel. Se nota el esfuerzo. Se percibe la entrega. Hay momentos en los que una desea desesperadamente convencer al espectador y la otra parece luchar heroicamente contra unos diálogos que ningún ser humano ha pronunciado jamás en una conversación real.

No siempre lo consiguen, pero sería injusto cargar las culpas sobre ellas. Bastante mérito tiene intentar construir personajes creíbles cuando el guion les entrega frases que parecen escritas por una inteligencia artificial entrenada exclusivamente con folletos de servicios sociales y capítulos antiguos de Al salir de clase.

El reparto secundario cumple como puede, que ya es bastante. Algunas actrices parecen preguntarse internamente qué están haciendo allí. Y el espectador, curiosamente, comparte la misma reflexión.

Lo más llamativo de Chica Quinqui es que nunca deja de intentarlo. La película fracasa en casi todo lo que se propone, pero fracasa con una energía admirable. Es como ver a alguien intentar escalar el Everest en chanclas: sabes que no va a llegar a la cima, pero acabas sintiendo cierta simpatía por semejante despliegue de optimismo.

Al finalizar sus 103 minutos, uno sale con la sensación de haber asistido a una producción que confunde autenticidad con acumulación de tópicos, realismo con subrayado y emoción con volumen. Pero también con la certeza de que Luth Inat y Olga Navarro merecían un material mucho mejor para demostrar lo que quizá puedan llegar a hacer en el futuro.

Porque si algo queda claro tras ver Chica Quinqui es que las dos protagonistas ponen más empeño en sacar adelante la película que el guion en parecer creíble. Y eso, aunque no sea suficiente para salvar el naufragio, al menos merece un aplauso de cortesía antes de que se hundan los créditos finales. 


8.6.26

Federico García Lorca y los usos políticos de la memoria

 


La figura de Federico García Lorca sigue siendo, casi noventa años después de su asesinato, uno de los grandes campos de batalla simbólicos de la memoria histórica española. No es casual. Lorca representa demasiadas cosas a la vez: la modernidad cultural de la Segunda República, la libertad creativa, la renovación artística, la condición de homosexual en una España profundamente conservadora y, sobre todo, la tragedia de una generación aplastada por la violencia política de 1936.

Precisamente por esa enorme carga simbólica, distintos sectores de la derecha española han intentado durante décadas reinterpretar, suavizar o despolitizar las circunstancias de su muerte. En algunos casos mediante investigaciones legítimas; en otros, mediante la difusión de medias verdades, mitos o bulos que han acabado circulando por periódicos, tertulias, redes sociales y publicaciones de carácter ideológico.

Uno de los relatos más repetidos sostiene que Lorca mantuvo una estrecha amistad con José Antonio Primo de Rivera, llegando incluso a simpatizar con sus ideas.

La realidad histórica es bastante más sencilla y menos novelesca.

Lorca y José Antonio coincidieron ocasionalmente en ambientes culturales madrileños. Ambos pertenecían a familias conocidas y frecuentaban ciertos círculos intelectuales. Existen testimonios de encuentros y conversaciones cordiales. Sin embargo, los historiadores coinciden en que no puede hablarse de una amistad íntima ni mucho menos de afinidad ideológica.

Las posiciones políticas de ambos eran profundamente diferentes. Mientras José Antonio construía el discurso de la Falange, Lorca se identificaba con el ambiente cultural republicano, colaboraba con proyectos educativos impulsados por la República y participaba en iniciativas como La Barraca, destinada a llevar el teatro clásico a los pueblos españoles.

La transformación de unos encuentros ocasionales en una supuesta amistad profunda responde más a una necesidad política posterior que a la documentación histórica disponible.

Otro intento frecuente consiste en presentar a Lorca como un artista completamente ajeno a la política, víctima únicamente de circunstancias locales o de rencillas personales.

Es cierto que Lorca nunca militó en partidos políticos ni fue un dirigente republicano. Sin embargo, también es cierto que expresó públicamente simpatías hacia la República y que su obra y sus declaraciones reflejan una sensibilidad claramente progresista para la época.

Reducir su asesinato a una mera disputa familiar o económica ignora el contexto de terror represivo instaurado tras el golpe militar de julio de 1936.

Los estudios históricos más rigurosos concluyen que confluyeron diversos factores: su notoriedad pública, su identificación con ambientes republicanos, sus relaciones personales, la enemistad de determinados sectores conservadores granadinos y su condición de homosexual. Ninguno de estos elementos puede entenderse al margen del clima político generado por la sublevación militar.

¿Están esclarecidas las causas de su asesinato?

En términos históricos, sí.

Otra cosa distinta es que no se conozca con absoluta precisión quién disparó cada tiro o dónde reposan exactamente sus restos. Pero las razones generales de su ejecución están suficientemente documentadas.

Investigadores como Ian Gibson, probablemente el mayor especialista mundial en la materia, junto a numerosos historiadores españoles, han reconstruido durante décadas los acontecimientos que condujeron a su detención y posterior fusilamiento.

La imagen que emerge es clara: Lorca fue detenido por fuerzas vinculadas a los sublevados en Granada y ejecutado en agosto de 1936 en el contexto de la represión franquista que asoló la provincia. No fue una muerte accidental ni el resultado de una disputa privada aislada.

La propia documentación franquista y numerosos testimonios de la época apuntan en esa dirección.

En ciertos discursos revisionistas aparece una estrategia recurrente: admitir el asesinato pero desvincularlo del aparato represivo que surgió tras el golpe de Estado.

Se argumenta entonces que fueron excesos locales, venganzas personales o actuaciones individuales.

Sin embargo, la historiografía contemporánea considera que esas explicaciones son insuficientes. Las venganzas personales existieron, desde luego, pero se produjeron dentro de un sistema represivo que las permitió y las amparó.

Lorca no fue una víctima aislada. Formó parte de las miles de personas ejecutadas en Andalucía durante los primeros meses de la guerra por las autoridades surgidas de la sublevación militar.

Resulta paradójico que quienes durante décadas silenciaron su memoria o minimizaron las circunstancias de su muerte intenten ahora presentarlo como una figura cultural desvinculada de cualquier contexto político.

Pero Lorca pertenece al patrimonio cultural de todos los españoles. Su obra trasciende ideologías y continúa emocionando a lectores de cualquier tendencia política.

Eso no significa, sin embargo, borrar la verdad histórica.

Su universalidad como poeta no exige ocultar que fue asesinado en el verano de 1936 por quienes ejercían el poder en la Granada sublevada. Tampoco requiere inventar amistades determinantes con líderes falangistas ni construir relatos destinados a diluir responsabilidades históricas.

La grandeza de Federico García Lorca reside precisamente en que su obra sobrevivió a quienes intentaron silenciarla. Y la investigación histórica de las últimas décadas ha dejado pocas dudas sobre un hecho fundamental: su asesinato no es un misterio irresoluble ni una cuestión abierta a cualquier interpretación interesada. Los detalles concretos pueden seguir siendo objeto de estudio, pero las causas generales y el contexto político de su muerte están, desde hace mucho tiempo, suficientemente esclarecidos por la historiografía seria.