A comienzos de los años ochenta, cuando los Salesianos de Mérida seguía siendo para muchos niños emeritenses una especie de ciudadela lejana al otro lado de la escarcha, dos criaturas de cartera marrón, bufanda de punto y sabañones en las manos emprendían cada mañana la misma pequeña expedición polar: Juanjo y Alberto. El colegio, levantado en la entonces periferia de la ciudad junto a la actual Avenida Reina Sofía, obligaba a muchos chavales a caminar un buen trecho entre descampados, cunetas y la presencia constante del ferrocarril.
Era una Mérida distinta.
Una Mérida de chimeneas industriales humeando al amanecer, de Seat 124 arrancando con tos de viejo fumador, de madres gritando desde los balcones “¡abrígate bien!” y de charcos con una película de hielo tan fina que daba gusto romperla con la punta del zapato.
Aquella mañana de enero parecía salida de una novela inglesa de asesinatos, solo que con bocadillo de Nocilla en el macuto.
La niebla se había tumbado sobre la ciudad como una manta húmeda. Los hierbajos del terraplén estaban cubiertos de escarcha, las alambradas brillaban blancas y en las cunetas el agua dormía inmóvil bajo una piel de cristal. Juanjo y Alberto caminaban encogidos, con el aliento saliéndoles a golpes como si fueran dos locomotorillas humanas.
El sendero que seguían discurría, durante un buen trecho, paralelo a la vía del tren.
Aquellas vías tenían algo hipnótico para dos niños de aquella edad. Los raíles desaparecían en la leche espesa de la niebla como si condujeran a otro país o, mejor aún, a otro mundo. De vez en cuando aparecía a lo lejos el silbido de un mercancías, o el rumor metálico de vagones maniobrando en la estación, pero esa mañana no se oía nada.
Nada.
Ni pájaros.
Ni coches.
Ni el ladrido de un perro.
Solo sus pasos crujiendo sobre la escarcha.
—Hoy parece que se ha muerto Mérida —murmuró Juanjo.
Alberto, que ya llevaba el miedo infantil instalado en el cuerpo por culpa de haber visto días antes una película de fantasmas en la tele, no respondió. Miraba fijamente hacia la vía.
Y entonces ocurrió.
Primero fue un zumbido.
Muy leve.
Un rumor de hierros rozándose, como una cadena arrastrada por el suelo de una catedral vacía.
Después una vibración.
Luego, desde el corazón blanco de la niebla, surgió una luz amarillenta, mortecina, indecisa, como el ojo enfermo de un cíclope.
Los dos se detuvieron.
Sintieron cómo el frío dejaba de importarles.
Aquello venía hacia ellos.
Pero no era un tren normal.
No tenía la longitud solemne de los convoyes de viajeros ni el traqueteo conocido de los mercancías. Era una cosa baja, rara, desproporcionada. Una silueta deforme avanzando despacio, despacísimo, soltando bufidos cortos, con una especie de plataforma detrás cargada de hierros, herramientas y sombras humanas inmóviles.
La niebla le daba una apariencia irreal.
La máquina surgía y desaparecía.
Por momentos parecía flotar.
Por momentos parecía no tocar siquiera los raíles.
Y aquel chirrido… aquel chirrido metálico y agudo era exactamente el sonido que, en la imaginación de dos niños de diez años, debía de emitir un tren del infierno.
Juanjo agarró a Alberto del brazo con una fuerza memorable.
—¿Tú estás viendo eso?
—Sí.
—Eso no es de aquí.
—No.
Se quedaron petrificados.
Con la cartera colgando.
Con la nariz roja.
Con el alma suspendida.
La locomotora fantasmal pasó frente a ellos a no más de veinte metros. Dentro de la cabina, apenas visible, una figura con gorra volvió la cabeza. El rostro, deformado por la niebla y el cristal empañado, pareció el de un maquinista muerto hacía cincuenta años regresando a comprobar si el Guadiana seguía en su sitio.
Los niños no corrieron porque el miedo absoluto no siempre permite correr.
A veces solo permite convertirse en estatua.
La máquina siguió avanzando con una lentitud funeraria y terminó tragada otra vez por la niebla, hacia la estación.
Solo entonces Juanjo habló:
—Como esto se lo contemos a Don Jesús no nos cree ni San Juan Bosco.
Y echaron a andar casi sin sentir las piernas, mirando cada dos pasos hacia atrás por si el espectro ferroviario decidía regresar para llevárselos a un depósito secreto lleno de almas infantiles y cuadernos Rubio.
Durante semanas aquella visión fue tema central de sus conversaciones, adornada cada día con nuevos detalles: que si el maquinista no tenía cara, que si detrás iban hombres sin manos, que si el tren no hacía ruido de verdad sino como lamentos.
Hasta que el tiempo, ese aguafiestas profesional de la infancia, puso las cosas en su sitio.
Años después supieron que aquella aparición no era otra cosa que una dresina de vía, uno de esos vehículos ferroviarios auxiliares utilizados por las brigadas de mantenimiento para transportar operarios, herramientas y material de reparación por los raíles.
Es decir: no vieron el Expreso de los Condenados.
Vieron a cuatro ferroviarios con mono azul y una caja de llaves inglesas.
Pero claro… eso se sabe tiempo después, con hipoteca y colesterol.
Con diez años, una mañana de niebla, junto a las vías y camino del colegio, uno no veía una dresina.
Veía directamente a Satán haciendo labores de conservación.
Y quizá ahí residía la grandeza de aquellos inviernos de los ochenta: que cualquier escarcha era Siberia, cualquier charco era un lago polar, cualquier descampado parecía territorio inexplorado… y cualquier cacharro de Renfe podía convertirse, gracias a la niebla y a la imaginación, en el tren fantasma más terrorífico que haya pasado jamás por Mérida.






















