Cada verano llega puntual, como la declaraciónde la renta, las canciones chorras y los expertos televisivos que descubren que hace calor cuando el termómetro marca cuarenta y tres grados a la sombra. La ola de calor es ya una institución nacional. Tiene más estabilidad que muchos gobiernos y más capacidad de convocatoria que la mayoría de los festivales de música.
Pero en Extremadura la cosa adquiere una categoría superior. Aquí no hablamos de calor: hablamos de una fuerza geológica. El calor extremeño no se mide en grados, sino en estados de ánimo. Cuando el termómetro alcanza los cuarenta y cuatro, los perros dejan de ladrar, las cigarras parecen funcionarios haciendo horas extra y hasta las lagartijas buscan una sombra para echarse una siesta.
Nuestros antepasados, que eran gente práctica y bastante más inteligente de lo que solemos reconocerles, resolvían el asunto refugiándose bajo una higuera, cerrando las contraventanas y aceptando con dignidad que entre las tres y las siete de la tarde cualquier esfuerzo físico era una insensatez. Nosotros, en cambio, hemos decidido combatir el calor con tecnología, aplicaciones meteorológicas y una fe casi religiosa en el aire acondicionado. Consultamos el móvil cada diez minutos para confirmar que, efectivamente, seguimos viviendo dentro de una sartén.
La ola de calor tiene además un efecto democrático admirable. No distingue ideologías, profesiones ni clases sociales. El catedrático de Filosofía y el albañil terminan compartiendo la misma expresión facial: la de quien acaba de comprender que la evolución humana tiene sus límites y que ninguno de ellos estaba preparado para caminar por una calle donde el aire parece salir directamente de la puerta de un horno industrial.
Los consejos para sobrevivir son siempre los mismos: beber agua, evitar el sol y permanecer en lugares frescos. Magníficas recomendaciones que suelen proceder de personas que las redactan desde despachos climatizados a veintidós grados. Es como recibir instrucciones para cruzar el desierto del Sáhara de alguien que escribe desde una terraza en Noruega.
En los pueblos extremeños, además, existe toda una cultura ancestral del calor. Una sabiduría transmitida de generación en generación. La persiana bajada hasta el suelo. El botijo estratégicamente situado. La sandía en remojo. La silla en la puerta al anochecer. Y la frase ritual que se escucha desde mayo hasta septiembre:
—Pues todavía no ha llegado lo gordo.
Es una frase fascinante porque puede pronunciarse con treinta y nueve grados, con cuarenta y dos o con cuarenta y cinco. Lo gordo siempre está por llegar. Es una amenaza climática permanente que forma parte del patrimonio inmaterial de la región.
También existe una corriente filosófica basada en la resignación. Una escuela de pensamiento profundamente extremeña. Consiste en aceptar que el verano te va a derrotar y que oponerse a él es tan inútil como intentar discutir con una cabra o convencer a una administración pública de que responda un correo electrónico.
Los estoicos romanos habrían comprendido perfectamente una tarde de agosto en las Vegas Bajas. Séneca escribió mucho sobre soportar las adversidades de la vida, pero sospecho que nunca intentó echar una siesta en Montijo, Mérida o Don Benito mientras el aire caliente entraba por la ventana como si alguien hubiera abierto la puerta de una fundición.
Hay además un fenómeno curioso. Durante todo el invierno escuchamos a personas quejarse del frío. Hablan de él como si vivieran atrapadas en Siberia. Luego llega julio, el mercurio alcanza temperaturas compatibles con la fabricación artesanal de ladrillos y esas mismas personas descubren que quizá el frío tampoco estaba tan mal.
Y sin embargo, pese a todo, el extremeño desarrolla una relación casi afectiva con el calor. Lo critica constantemente, lo maldice, lo convierte en tema principal de conversación y le atribuye toda clase de desgracias. Pero en cuanto un madrileño, un bilbaíno o un alemán expresa su asombro ante los cuarenta y cinco grados, aparece un orgullo local difícil de explicar.
—Sí, hace calor. Pero es un calor seco.
La frase merece una plaza pública y una estatua. Da igual que uno esté sudando como una botella de gaseosa olvidada al sol. Da igual que los pájaros parezcan pedir auxilio. Da igual que el volante del coche pueda utilizarse para marcar ganado. El calor es seco. Y con eso, al parecer, queda todo solucionado.
Al final, la ola de calor siempre termina pasando. Llega septiembre, bajan las temperaturas y todos juramos que jamás volveremos a quejarnos del frío. Entonces aparece enero, sopla el viento, nos congelamos en las paradas del autobús y comenzamos a añorar aquellos días en los que el único problema consistía en derretirse lentamente.
Así es el ser humano. Una criatura capaz de construir catedrales, escribir poesía, llegar a la Luna y descifrar el genoma humano, pero que dedica buena parte de su existencia a comentar el tiempo. Y así es el extremeño: alguien que sobrevive año tras año a temperaturas absurdas, que protesta de ellas con admirable perseverancia y que, en el fondo, sabe que cuando vuelva el próximo verano repetirá el mismo ritual de siempre, mirando al horizonte abrasado y pronunciando con solemnidad casi litúrgica:
—Hace una mijina de calor.



























