Hay libros que uno termina y guarda en la estantería. Y hay otros que, de alguna manera, continúan caminando con nosotros después de cerrar la última página. Tocan a muerto, de Laura Vivar, pertenece a estos últimos.
Ha sido, además, mi primera lectura vacacional, iniciada entre Granada y Lanjarón, durante estos días en los que el viaje cambia el ritmo de las horas y una novela puede convertirse en una compañía más del camino. Y quizá no haya mejor paisaje para comenzar un libro como este: pueblos, montañas y esa España que todavía conserva, entre sus casas, sus silencios y sus conversaciones, una memoria que se resiste a desaparecer.
Publicada en 2026 por Blatt & Ríos, Tocan a muerto es la primera novela de Laura Vivar. Su punto de partida es sencillo y, al mismo tiempo, profundamente simbólico: las campanas que anuncian una muerte en los pueblos y cuyo número de toques podía incluso distinguir si el fallecido era hombre o mujer. Pero esas campanas terminan anunciando algo mucho más amplio: la muerte de una época, de unas formas de vida y, sobre todo, de tantas voces femeninas que quedaron fuera de la historia escrita.
Y ahí reside uno de los grandes aciertos de la novela.
Laura Vivar no escribe sobre la posguerra desde la distancia de quien contempla una fotografía antigua. Hace que la posguerra hable. Y lo hace a través de mujeres: madres, abuelas, tías, primas, vecinas. Mujeres que aprendieron a sobrevivir antes que a vivir; que conocieron el hambre, el luto, la pobreza, la violencia, el miedo y la ausencia; mujeres que sostuvieron familias enteras mientras la Historia, con mayúsculas, parecía ocuparse exclusivamente de los hombres.
Pero si hay algo que convierte a Tocan a muerto en una novela especialmente valiosa es su lenguaje.
Vivar consigue una oralidad extraordinaria. Las palabras parecen salir directamente de una cocina, de un patio, de un lavadero o de una conversación al caer la tarde. No hay una voluntad de embellecer artificialmente el habla de sus personajes: hay, más bien, un enorme respeto por esa lengua popular que durante décadas fue considerada menor y que aquí se convierte en materia literaria de primer orden. La autora, filóloga especializada en sintaxis latina, hace precisamente lo contrario de lo que cabría esperar de su formación académica: rompe las reglas para encontrar una voz auténtica.
Y esa voz tiene algo hipnótico.
Al principio parece que simplemente escuchamos a una mujer contar cosas de su vida. Poco a poco comprendemos que estamos escuchando mucho más: la memoria de una generación entera. Lo cotidiano adquiere entonces una dimensión enorme. Un plato de comida, un vestido de luto, una enfermedad, una ausencia, un embarazo, una visita, una conversación aparentemente insignificante… todo termina formando parte de un mosaico que retrata una España rural herida y silenciosa.
Es también una novela sobre lo que no se contó.
Sobre las cosas que quedaron enterradas porque no podían decirse. Sobre las mujeres que no tuvieron libros, ni estudios, ni voz pública, pero que conservaron en la memoria aquello que otros quisieron olvidar. Sobre una transmisión oral que pasó de abuelas a madres y de madres a hijas, y que ahora Laura Vivar recoge para convertirla en literatura.
Por eso resulta tan poderosa la pregunta que late detrás del libro: ¿cuánto de nuestra historia se perdió porque quienes la vivieron no tuvieron la posibilidad de escribirla?
Tocan a muerto intenta responder precisamente a eso. Y lo hace sin convertirse en un tratado histórico, sino en algo mucho más íntimo: una sucesión de recuerdos, voces y heridas. La editorial define la novela como una reconstrucción de las consecuencias de la Guerra Civil y del franquismo para las mujeres, pero lo verdaderamente interesante es que Vivar consigue que esa memoria colectiva pase por el corazón antes que por la cabeza.
También hay dolor, naturalmente. Mucho. Pero no es un libro construido únicamente desde la tragedia. Entre sus páginas aparecen la ironía, la complicidad, cierta ternura e incluso ese humor áspero con el que tantas generaciones aprendieron a enfrentarse a la desgracia. Porque también así se sobrevivía: contando las cosas, exagerándolas, riéndose cuando no quedaba otra cosa que hacer.
Y quizá por eso el libro resulta tan cercano.
Porque aunque no hayamos vivido aquella España, reconocemos a sus mujeres. En una abuela. En una madre. En una vecina. En aquellas mujeres que sabían hacer de todo, que parecían no cansarse nunca y que llevaban consigo un mundo entero de historias que casi nunca contaban.
Una autora a la que conviene seguir
Laura Vivar ha debutado con una novela breve, 144 páginas, pero de una considerable densidad emocional y literaria.
Y eso es quizá lo más estimulante: descubrir que detrás de Tocan a muerto hay una escritora que parece haber encontrado desde su primera obra una voz propia. Una voz que no necesita artificios ni grandes alardes para hacerse notar.
Su mérito está precisamente ahí: saber escuchar antes de escribir.
Escuchar a las mujeres, escuchar la lengua, escuchar los silencios y escuchar aquello que permaneció demasiado tiempo debajo de la tierra.
He terminado Tocan a muerto pensando que algunas novelas no deberían medirse por las páginas que tienen, sino por las que continúan escribiéndose dentro de nosotros después de haberlas leído. Porque las campanas de Tocan a muerto no anuncian solamente una muerte.
Anuncian también el regreso de quienes durante demasiado tiempo permanecieron en silencio.
Y Laura Vivar ha tenido el enorme acierto de abrirles la puerta.
Ahora solo queda esperar qué otras historias tendrá guardadas esta autora. Porque después de Tocan a muerto, una cosa parece clara: Laura Vivar ha llegado a la literatura para que la escuchemos.























