Hay lugares que uno visita y hay lugares que, sin hacer ruido, terminan formando parte de la memoria. A nosotros nos pasa con Monte Gordo. Cada vez que regresamos a aquel rincón del Algarve sentimos la extraña sensación de estar volviendo a un sitio conocido y, al mismo tiempo, descubrirlo de nuevo.
Este último fin de semana tenía además una excusa perfecta: celebrar el cumpleaños de Blanca, que el pasado 26 de mayo sumó un año más de elegancia, paciencia y capacidad para soportar mis comentarios absurdos durante los viajes.
Monte Gordo nos recibió con ese clima prevacacional que parece diseñado por una agencia de turismo. Un sol amable, sin excesos; una ligera brisa atlántica que hacía bailar las sombrillas; y ese cielo azul portugués que siempre parece recién pintado. La playa, inmensa y luminosa, se extendía como una alfombra dorada junto a un mar tranquilo. Allí, entre paseos descalzos por la orilla y conversaciones sin prisa, uno entiende por qué tantos españoles cruzan la frontera y terminan enamorados de esta parte del mundo.
Nos alojamos en Vila Formosa, un establecimiento acogedor y familiar donde ya habíamos estado hace cuatro años. De hecho, nada más cruzar la puerta en esta ocasión, nos invadió una sensación de familiaridad. No sólo porque recordábamos perfectamente el lugar, sino porque volvimos a encontrarnos con el mismo recepcionista que ya nos había llamado la atención en nuestra anterior visita.
Y aquí comienza una de las tradiciones más absurdas y divertidas de nuestros viajes al Algarve.
Porque hace cuatro años ya estábamos convencidos de que el señor de recepción era Albano. Sí, el cantante italiano. O, al menos, su hermano gemelo perdido.
Y cuatro años después seguía allí.
Nada más verlo, Blanca y yo nos miramos con una mezcla de sorpresa y diversión. El parecido seguía siendo extraordinario. Durante unos segundos volvimos a plantearnos todas aquellas teorías que habíamos desarrollado años atrás: que Al Bano había abandonado discretamente los escenarios para llevar una vida tranquila en Monte Gordo; que Romina Power podía aparecer en cualquier momento por la puerta principal; o que, de repente, la recepción se convertiría en un improvisado escenario donde sonaría “Felicità”.
Cada vez que pasábamos por delante del mostrador nos costaba contener la sonrisa. Él nos atendía con una amabilidad exquisita mientras nosotros seguíamos sin descartar del todo que estuviera viviendo una doble vida.
Las noches tuvieron nombre propio: O Jaime.
Allí cenamos las dos jornadas. Y es difícil hablar de Portugal sin hablar de bacalao. Los portugueses poseen el don de cocinarlo de infinitas maneras y conseguir que cada plato parezca insuperable. Entre especialidades marineras, pescados fresquísimos, arroces, mariscos y otras maravillas llegadas directamente del Atlántico, las cenas se convirtieron en una auténtica celebración gastronómica.
Durante el día recorrimos calles, paseamos junto al mar y cumplimos con otro de nuestros rituales favoritos cada vez que cruzamos la frontera: volver cargados de productos portugueses. Café, conservas, quesos, dulces tradicionales y alguna botella destinada a una ocasión especial que, siendo sinceros, probablemente no llegue viva al próximo fin de semana.
Y como siempre sucede en Portugal, descubrimos rincones nuevos. Un pequeño comercio escondido en una calle secundaria. Una terraza que no habíamos visto antes. Un paseo distinto junto a la playa. Porque el Algarve tiene esa virtud maravillosa: siempre guarda algo nuevo para quienes regresan.
El domingo llegó demasiado pronto. Las maletas volvieron al coche con la misma resignación con la que los estudiantes regresan a clase después de las vacaciones.
Antes de partir nos acercamos a recepción.
Allí estaba Albano.
O el señor que lleva al menos cuatro años haciéndose pasar por recepcionista mientras mantiene un asombroso parecido con Albano.
Nos despedimos de él con afecto.
—Até breve —nos dijo sonriendo.
Y durante unos segundos estuvimos tentados de responder:
—Gracias por todo... y suerte con la próxima gira.
Pero nos contuvimos.
Salimos del hotel, echamos una última mirada al cielo brillante de Monte Gordo y emprendimos el regreso pensando que los mejores viajes no son necesariamente los más largos, sino aquellos que consiguen dejarnos recuerdos que nos acompañan durante años.
Mientras dejábamos atrás Portugal, Blanca y yo ya hablábamos de la próxima escapada. Porque sabemos que volveremos. Volveremos por sus playas infinitas, por su gastronomía, por sus atardeceres, por esa forma tan portuguesa de disfrutar la vida sin prisas.
Y, por supuesto, volveremos para comprobar si Albano sigue en recepción.
Porque hay misterios que merecen ser investigados con calma.

























