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3.6.26

El cansancio de los viejos sueños


 Aquella noche, como tantas otras, José Luis se quedó solo frente al televisor.

Las imágenes se sucedían con una rapidez vertiginosa: políticos gritando, tertulianos interrumpiéndose unos a otros, guerras lejanas, estafas cercanas, adolescentes convertidos en celebridades por motivos que él no alcanzaba a comprender. Todo parecía envuelto en una especie de ruido permanente, una niebla espesa de banalidad que lo cubría todo.

Apagó la televisión.

El silencio resultó todavía más inquietante.

Se asomó a la ventana. La calle seguía viva. Los coches pasaban. Algunos jóvenes caminaban mirando sus teléfonos, absortos en conversaciones invisibles. Escuchó fragmentos de frases, expresiones nuevas, palabras deformadas hasta resultar irreconocibles para quien había crecido leyendo novelas prestadas de la biblioteca municipal.

No era una cuestión de edad, pensó.

Al menos no solamente.

Había aceptado sin demasiados problemas los cambios tecnológicos, las nuevas costumbres e incluso las modas más absurdas. Sabía que cada generación tenía derecho a inventar su propio mundo.

Lo que le dolía era otra cosa.

Le dolía la ausencia de curiosidad.

La falta de hambre intelectual.

La indiferencia.

Le parecía que la cultura había dejado de ser una herramienta para comprender la realidad y se había convertido en un adorno prescindible. Como una vieja lámpara olvidada en un trastero.

Recordó a su padre.

Era albañil. Apenas terminó la escuela primaria. Sin embargo, cada noche leía el periódico completo. Cuando no entendía una palabra, la buscaba en un diccionario enorme que descansaba sobre la mesa del comedor.

—Hay que saber cosas, hijo —solía decirle—. Nadie puede quitarte lo que aprendes.

Su madre repetía una frase parecida.

—La educación es lo único que llevas siempre puesto.

No eran filósofos.

No eran profesores.

Eran simplemente personas que habían aprendido que el respeto, el esfuerzo y la honestidad valían más que cualquier atajo.

José Luis observaba ahora a muchos padres contemporáneos y sentía una tristeza difícil de explicar.

Parecía que algunos habían renunciado a educar.

Negociaban con los hijos lo que antes eran obligaciones básicas. Justificaban cualquier comportamiento. Confundían cariño con permisividad.

Nadie quería ser el malo.

Nadie quería decir que no.

Nadie quería corregir.

Y así crecían generaciones enteras convencidas de que el mundo les debía algo.

Salió a caminar.

Necesitaba aire.

La ciudad estaba iluminada como una feria permanente. Pantallas por todas partes. Publicidad. Música. Luces.

Sin embargo, nunca le había parecido tan oscura.

Vio a un anciano intentando cruzar una avenida mientras decenas de personas pasaban junto a él sin prestarle atención.

Vio a un repartidor pedaleando bajo el frío mientras otros se quejaban porque su cena llegaba con cinco minutos de retraso.

Vio a dos muchachos grabando con el móvil a un hombre que había tropezado en la acera.

Nadie lo ayudó.

Las risas parecían más importantes.

Y entonces comprendió qué era lo que realmente lo agotaba.

No era la tecnología.

No eran los jóvenes.

No eran las modas.

Era la erosión lenta de la empatía.

La costumbre de mirar hacia otro lado.

La incapacidad de ponerse en el lugar del otro.

Aquello que durante siglos había sostenido a las comunidades parecía desmoronarse piedra a piedra.

Continuó caminando hasta llegar a un pequeño parque.

Se sentó en un banco.

El viento movía suavemente las hojas de los árboles.

Durante años había sido optimista. Incluso en los momentos difíciles.

Cuando perdió su empleo.

Cuando murió su madre.

Cuando llegaron las crisis económicas.

Siempre encontraba algún motivo para pensar que las cosas acabarían mejorando.

Siempre había una pequeña luz.

Una rendija.

Una esperanza.

Pero aquella noche, por primera vez en sus sesenta años de vida, le costó encontrarla.

Miró el horizonte.

Las luces de la ciudad temblaban a lo lejos.

Pensó en el futuro.

En los niños que crecerían en un mundo cada vez más acelerado.

En las conversaciones sustituidas por mensajes.

En los libros abandonados.

En las palabras vaciadas de significado.

Y sintió algo parecido al cansancio de un marinero que lleva demasiado tiempo navegando entre tormentas.

No era rabia.

Ni siquiera tristeza.

Era agotamiento.

Un agotamiento profundo.

La sensación de haber vivido lo suficiente para comprender que algunas derrotas no llegan de golpe. Llegan lentamente, disfrazadas de progreso, de entretenimiento o de comodidad.

Permaneció allí mucho rato.

Solo.

Escuchando el rumor distante de la ciudad.

Y cuando finalmente se levantó para regresar a casa, tuvo una certeza amarga.

Tal vez el problema no era que el mundo estuviera cambiando.

El mundo siempre había cambiado.

Tal vez lo verdaderamente inquietante era que, por primera vez en toda su vida, ya no conseguía imaginar cómo podía arreglarse.

Y mientras caminaba bajo las farolas de una noche cualquiera de 2026, comprendió que la pérdida más dolorosa no era la de la juventud, ni la de las certezas, ni siquiera la de los viejos valores.

La pérdida más dolorosa era otra.

Era haber dejado de ver, aunque fuera a lo lejos, una sola luz encendida en el horizonte.

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