En el universo de Hollywood, hay actores que interpretan personajes. Y hay otros que, sin proponérselo, terminan interpretando una parte de nuestra propia vida.
Hoy cumple ochenta años Sylvester Stallone. Y, al mirar atrás, me doy cuenta de que, de una forma extraña y silenciosa, ha estado ahí durante casi todos mis cincuenta y tres años. No como un familiar ni como un amigo, sino como uno de esos rostros que aparecen una y otra vez en la memoria, asociados a una época, a una emoción y a una manera de entender el cine.
Los años ochenta tenían algo irrepetible. Ir al videoclub, esperar el estreno del viernes, comentar la película el lunes en el colegio o en el instituto, aprenderse los diálogos de memoria... Aquellas películas no aspiraban a pedir perdón por ser entretenidas. Al contrario: se sentían orgullosas de emocionar, de hacer reír, de acelerar el pulso. Y en el centro de muchas de ellas estaba Stallone.
Era demostrando que la verdadera victoria consistía en levantarse una vez más. Era , convertido por muchos en un icono de la acción, aunque detrás de los músculos y de la pólvora habitara un hombre herido, incapaz de encontrar del todo su lugar en el mundo. Eran también otras aventuras que llenaban las salas de cine de aplausos, bolsas de chuches, coca cola y aquella sensación, tan propia de la juventud, de que todo parecía posible durante dos horas.
Con el paso de los años, nosotros cambiamos. Y él también.
Las arrugas fueron sustituyendo a la arrogancia de la juventud. Los golpes dejaron de parecer coreografías para convertirse en el precio inevitable del tiempo. Rocky ya no corría para vencer a un rival, sino para enseñar a otros que la dignidad consiste en seguir adelante. Rambo dejó de ser una máquina de combate para convertirse en un hombre cansado que solo anhelaba un poco de paz. Sin darnos cuenta, aquellos personajes crecieron al mismo ritmo que nosotros.
Quizá por eso siguen emocionándonos. Porque ya no vemos únicamente al héroe invencible. Vemos al ser humano que resiste. Y, a cierta edad, esa resistencia vale mucho más que cualquier victoria.
Tener cincuenta y tres años significa descubrir que los héroes también envejecen, que las bandas sonoras despiertan más recuerdos que adrenalina y que las películas que un día nos hicieron vibrar terminan hablándonos de nosotros mismos. Comprendemos entonces que nunca fueron solo historias de boxeo o de acción. Eran relatos sobre la perseverancia, la pérdida, la amistad, el fracaso y la esperanza.
Feliz cumpleaños, Sly!!!
Gracias por acompañarnos a toda una generación. Gracias por los viernes de videoclub, por las tardes de cine, por los sueños imposibles y por recordarnos, incluso ahora que el calendario pesa más que antes, que siempre merece la pena levantarse una vez más.
Porque, al final, todos acabamos librando nuestro propio combate. Y si la vida nos ha enseñado algo, es que no importa tanto la fuerza con la que golpeamos, sino la capacidad de seguir caminando después de cada golpe.


No hay comentarios:
Publicar un comentario