La oreja no se pide.
La oreja se invoca.
Aparece en el plato
como un animal mitológico:
brillante, grasienta,
crujiente por fuera,
obscena por dentro.
No es comida.
Es una amenaza al orden mundial.
Mientras el mundo se llena de gente que cuenta calorías
como quien cuenta pecados,
tú llegas, oreja inmoral,
a recordarnos que la vida
no se mide en años
sino en bocados indecentes.
La oreja no entiende de normas,
ni de nutricionistas,
ni de coaches emocionales.
La oreja entiende de ajo,
de cerveza fria
y de bares donde la servilleta
sirve para limpiarte la boca
y firmar tratados filosóficos.
Cada mordisco es un delito menor.
Cada crujido es una blasfemia.
Cada gota de grasa es un manifiesto político
contra el mundo limpio, light y correcto.
Que venga el sushi con su estética de laboratorio.
Que venga el poke con su falsa espiritualidad.
Que venga el brunch con su colonialismo de huevo poché.
La oreja se ríe.
La oreja escupe.
La oreja manda.
Porque Madrid no se explica con museos,
ni con palacios,
ni con discursos.
Madrid se explica
con una barra pegajosa,
un vaso de cerveza o vermú
y una oreja a la plancha
que te mira desde el plato
como diciendo:
—Cómetela, cobarde.
Y tú te la comes.
Y en ese instante
comprendes algo terrible y hermoso:
que la civilización es una mentira,
que el fascismo es una p#ta mierda,
y que la única verdad
es esta:
ajo, grasa, pan y gloria.
Que se hunda el mundo.
Que ardan las dietas.
Que lloren los gurús del bienestar.
Mientras haya un bar abierto,
una plancha encendida
y una oreja dispuesta a chisporrotear,
Madrid no caerá.

No hay comentarios:
Publicar un comentario