En 1972, cuando España aún respiraba en blanco y negro y los pueblos parecían suspendidos fuera del tiempo, llegó a la Alpujarra un hombre que no figuraba en ningún padrón ni reclamaba pasado alguno. Se hacía llamar Don Francisco, y alquiló una casa de muros encalados en lo alto de un barranco, donde las parras se agarraban a la piedra como si también temieran caer en el olvido.
Nadie preguntó demasiado. En la Alpujarra, la discreción es una forma de cortesía.
Francisco había nacido en 1898, en Granada, hijo único de un notario liberal y de una madre enfermiza que le enseñó a leer antes que a rezar. Estudió Filosofía y Letras, frecuentó tertulias, escribió versos que jamás publicó y amó con la intensidad torpe de quien cree que el tiempo es inagotable. La Guerra Civil lo sorprendió aún joven, incrédulo y vulnerable. Perdió amigos, perdió la fe en las palabras y aprendió a sobrevivir con el silencio.
Su conversión no ocurrió en España.
Fue en 1943, en una ciudad centroeuropea bombardeada y nocturna, cuyo nombre se le había ido borrando como un mal recuerdo que insiste en regresar. Allí trabajaba como traductor para una organización humanitaria. Una noche, durante un apagón, siguió a un hombre herido hasta el sótano de un edificio en ruinas. Creyó ayudarle. Nadie le había enseñado a reconocer el hambre antigua.
El mordisco fue casi un gesto de misericordia. El dolor, breve; la transformación, lenta y cruel. No hubo ataúdes ni rituales románticos: solo fiebre, alucinaciones, una lucidez insoportable y la certeza de haber sido expulsado definitivamente del tiempo humano.
Cuando despertó, el mundo seguía en guerra. Él también.
Durante años vagó por ciudades donde la noche tenía demasiados testigos. Aprendió a alimentarse sin matar, pero cada gesto era una derrota moral. La sangre le devolvía la fuerza, nunca la paz. Conservó, como una maldición, la memoria intacta: recordaba el olor de los libros, el tacto del papel viejo, el sabor del café, el cansancio dulce del amor después de la madrugada.
—La eternidad, pensaba, es una forma refinada del castigo.
Detestaba los espejos no por superstición, sino porque no le devolvían preguntas. Había dejado de envejecer, pero seguía acumulando remordimientos. Veía morir a quienes amaba. Asistía, impotente, a la decadencia de los ideales que habían sostenido su juventud. El mundo cambiaba; él permanecía, como una errata persistente en la historia.
España, en los años sesenta, se le apareció como un refugio improbable: un país donde el tiempo avanzaba a trompicones, donde la noche aún era oscura y los pueblos conservaban el pudor de no mirar demasiado. La Alpujarra, en concreto, le ofreció algo esencial: altura, silencio y una relación honesta con la sombra.
Eligió Lanjarón, un pueblo encajado entre montañas, donde las campanas marcaban las horas como si aún importaran. Allí podía caminar al anochecer sin levantar sospechas, justificar su palidez con una supuesta enfermedad y su soledad con un pasado que nadie se atrevía a indagar.
Vivía de rentas antiguas y de traducciones esporádicas. Leía a Machado, a Unamuno, a San Juan de la Cruz y a Federico, amigo y confidente, buscando en ellos una forma aceptable del dolor. A veces, al amanecer, se sentaba en el umbral de su casa y observaba cómo el sol empezaba a iluminar Sierra Nevada, sin tocarlo. Esa frontera diaria entre la luz y su cuerpo le parecía la metáfora más precisa de su existencia.
En las noches más claras, Francisco se permitía recordar. Pensaba en la mujer a la que no envejeció junto a él, en los amigos enterrados sin lápida digna, en la vida sencilla que habría tenido: un trabajo modesto, una biblioteca, un hijo al que enseñar a leer.
—No me duele no morir, se decía. Me duele no vivir del todo.
Jamás atacó a nadie del pueblo. Se alimentaba lejos, en caminos solitarios, con una ética frágil pero firme. Sabía que su redención no estaba en la salvación, sino en el límite.
Algunos vecinos cañoneros decían que Don Francisco nunca aparecía de día y que sus ventanas permanecían siempre entornadas. Otros aseguraban que, cuando hablaba, lo hacía con una tristeza antigua, como si viniera de otra época. Nadie sospechó la verdad, porque la verdad, a veces, resulta excesiva incluso para la superstición.
En 1972, mientras España comenzaba a intuir que algo estaba a punto de terminar, un vampiro contemplaba las montañas desde su casa blanca, preguntándose si la eternidad también podía agotarse.
Y por primera vez en décadas, deseó no desaparecer, sino ser perdonado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario