Cada mañana, a las seis y media en punto, Julián levanta la persiana metálica de su quiosco como quien abre una capilla en ruinas. El chirrido es siempre el mismo, un lamento breve que se mezcla con el rumor de la ciudad despertando: los primeros autobuses, algún repartidor somnoliento, el zumbido constante de un mundo que ya no necesita papel para existir.
Es 2026 y Julián sigue vendiendo periódicos.
El quiosco resiste en una esquina discreta, encajado entre una cafetería de cápsulas y una tienda de móviles que cambia de nombre cada año. Sobre el mostrador, los diarios impresos se apilan con una dignidad casi anacrónica. Son pocos. Demasiado pocos. Antes, recuerda, había que reponer a media mañana; ahora, a veces, el fajo regresa intacto al distribuidor, como una carta que nadie quiso abrir.
Lo que más echa de menos son los fines de semana. Hubo un tiempo en que los sábados y domingos eran una fiesta silenciosa: los periódicos deportivos volaban. La gente llegaba temprano, todavía con el eco del partido en la garganta, buscando confirmación, polémica, una portada que justificara la alegría o el enfado. El papel olía a tinta fresca y a derrota ajena. Julián sabía, sin mirar el reloj, cuándo había ganado el equipo local.
Hoy, los resultados se conocen antes de que acabe el encuentro. Las polémicas se consumen en directo, trituradas por tertulias infinitas y notificaciones urgentes. El deporte, como casi todo, se ha vuelto inmediato y evanescente. Ya nadie necesita esperar al día siguiente para leer lo que ya ha olvidado.
Las revistas han ido desapareciendo una a una, sin estridencias. Primero las de música, luego las de cine, después las de viajes, hasta quedar reducidas a un par de títulos que sobreviven más por romanticismo editorial que por ventas reales. Los cómics, antaño refugio de niños y adultos, ocupan ahora una balda estrecha, como un recuerdo mal doblado. Las manos jóvenes ya no hojean; deslizan.
Julián recuerda con especial melancolía las colecciones por fascículos. Aquella liturgia semanal de promesas: enciclopedias imposibles, vajillas que nunca se completaban, barcos en miniatura que exigían paciencia y fe. Había algo profundamente humano en ese compromiso a largo plazo, en la espera, en la construcción lenta de algo que solo tenía sentido si se perseveraba. Hoy todo llega entero o no llega; no se monta, se descarga.
A veces entra algún cliente habitual, casi siempre mayor, que compra el periódico más por costumbre que por necesidad. Hablan del tiempo, de la política, ya sin sorpresa, de cómo todo va demasiado rápido. Julián cobra, da las gracias y observa cómo se alejan con el diario bajo el brazo, como si llevaran un objeto frágil, consciente de su rareza.
Cuando el quiosco queda vacío, Julián mira las portadas con una mezcla de orgullo y resignación. Sabe que pertenece a una estirpe en extinción, a una forma de mediación entre el mundo y la gente que ya no se considera necesaria. Antes era un nodo de información, hoy es casi una nota a pie de página.
Sin embargo, cada mañana vuelve. Coloca los periódicos con esmero, alinea las revistas supervivientes, limpia el cristal del expositor. No lo hace por negocio, hace tiempo que dejó de serlo, sino por lealtad. Al papel, a la tinta, al gesto de pasar página. A la idea, quizá ingenua, de que leer despacio todavía importa.
Julián no odia lo digital. Sabe que el mundo no retrocede. Pero echa de menos el peso de las cosas, su duración, la certeza de que algo existe mientras lo sostienes entre las manos. En 2026, vender periódicos es casi un acto de resistencia, una forma modesta de recordar que hubo un tiempo en que la actualidad no cabía en un bolsillo y que la información, como la vida, dejaba manchas en los dedos.
Y mientras quede alguien que compre un periódico, aunque sea por nostalgia, Julián seguirá levantando la persiana cada mañana, convencido de que hay derrotas que merecen ser defendidas.

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