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26.1.26

La noche inexplicable

 


A comienzos de los años ochenta, cuando España aún aprendía a pronunciarse a sí misma en voz alta, un hombre caminaba por el arcén de la carretera como quien recorre una frase inacabada. Llevaba una mochila ligera, un abrigo gastado y esa mirada indefinida de quienes viajan sin más equipaje que la intuición. Hacía autoestop, como se hacía entonces: con el pulgar erguido y la esperanza discreta de que el mundo todavía fuera hospitalario.

La noche de enero había caído con una claridad casi metafísica. El frío era seco, limpio, sin humedad, y el cielo, despejado, parecía una bóveda de cristal donde las estrellas ardían con una nitidez antigua. La carretera paralela al Mediterráneo, una cinta de asfalto entre huertos, pueblos dormidos y la sombra lejana del mar respiraba un silencio interrumpido apenas por el rumor de algún motor lejano.

Fue un camión quien se detuvo.

Era un Pegaso de cabina cuadrada, color azul desvaído, con los laterales marcados por la herrumbre y el polvo de mil rutas. En la parte trasera, bajo una lona tensa, viajaban cajas de naranjas, alcachofas, tomates y lechugas, como si el invierno hubiera confiado al camión su reserva secreta de vida. El motor ronroneaba con una gravedad casi animal, y el interior olía a gasóleo, tabaco negro y fruta madura.

El camionero se llamaba Manuel Sánchez, aunque todos lo conocían como Manolo el Murciano. Tenía cuarenta y siete años, manos grandes, curtidas por el volante y el sol, y un rostro en el que el cansancio no había logrado borrar una cierta bondad esencial. Había nacido en un pueblo de la huerta murciana, cerca de Orihuela, en una casa donde el agua de las acequias y el olor a tierra húmeda eran parte de la educación sentimental. Estaba casado con Carmen, costurera a tiempo parcial y administradora absoluta de la economía doméstica, y tenía dos hijos: un muchacho de diecisiete años que empezaba a soñar con irse a la ciudad y una niña de diez que aún creía que su padre podía con todo.

—Sube, hombre, que esta noche no está para paseos —dijo Manolo, con esa mezcla de hospitalidad y prudencia que caracterizaba a los españoles de entonces.

Mientras avanzaban hacia el norte, la radio del camión desgranaba coplas antiguas y noticias de una democracia todavía frágil, todavía nerviosa. En los pueblos que atravesaban, las luces amarillas de las farolas dibujaban sombras alargadas sobre fachadas encaladas, bares cerrados y plazas desiertas. España era entonces un país en tránsito: entre el miedo y la esperanza, entre el campo y la ciudad, entre la memoria de lo que había sido y la intuición de lo que quería ser.

Hablaron de cosas sencillas: de carreteras, de precios, de la vida que se iba poniendo difícil. Manolo hablaba con un acento suave, con frases largas, como si cada palabra tuviera que ganarse el derecho a existir.

Fue cerca de la costa, en un tramo donde la carretera se abría al horizonte marino, cuando ocurrió.

Primero fue una luz, alta, inmóvil, demasiado blanca para ser una estrella. Luego otra, y otra más, formando una especie de triángulo imperfecto. No parpadeaban como los aviones, ni se movían como los satélites. Flotaban, suspendidas en el aire, con una quietud inquietante.

Manolo redujo la velocidad sin darse cuenta.

—¿Tú ves eso? —preguntó, con una voz que ya no era del todo firme.

El viajero asintió. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. El motor del Pegaso seguía su ritmo obstinado, pero el mundo parecía haberse detenido. Las luces se desplazaron lentamente, sin ruido, describiendo un arco imposible, y luego se desvanecieron, como si nunca hubieran existido.

Manolo encendió un cigarrillo con manos ligeramente temblorosas.

—En esta carretera se ven cosas raras —murmuró—. Pero yo llevo veinte años en esto… y algo así, no.

Continuaron el viaje en silencio. El frío seguía siendo el mismo, el cielo seguía siendo claro, la carretera seguía extendiéndose hacia Barcelona como una promesa lejana. Pero algo había cambiado: en el interior del camión, entre cajas de fruta y conversaciones truncadas, se había instalado la sensación de que el mundo era más grande, más misterioso, de lo que ninguno de los dos había querido admitir.

Y mientras el Pegaso avanzaba por la noche española, el hombre que hacía autoestop comprendió que aquel viaje no lo recordaría por las ciudades ni por las palabras, sino por ese instante en que, en medio de una España que despertaba, el cielo había parecido abrirse para mostrar un secreto antiguo, reservado solo a quienes se atreven a mirar.

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