Hubo un año, nadie recuerda cuál, pero fue un año con muchas lluvias, en que febrero se rebeló.
Se levantó el día 1 con ojeras de calendario viejo, miró el almanaque colgado en la pared del tiempo y dijo:
—Hasta aquí hemos llegado.
Porque febrero estaba harto. Harto de sus 28 días enclenques, de ese 29 que aparecía cada cuatro años como un primo lejano que viene de visita y se va sin despedirse, y, sobre todo, harto de las risitas de sus compañeros de estantería.
Enero, con sus 31 días robustos y su chulería de comienzo, se aclaraba la garganta con ventisca y comentaba:
—Ay, Febrerillo… ¿ya te has acabado?
Marzo, que siempre llega ventoso y desordenado, soltaba carcajadas polvorientas:
—No te preocupes, chiquitín, que ya sigo yo lo que tú no puedes terminar.
Y diciembre, envuelto en espumillón y en décimos de lotería, brindaba con cava de Almendralejo mientras murmuraba:
—Es que 28 días no dan ni para amortizar el mes.
Febrero fingía una cierta dignidad. Pero por dentro le hervían los carnavales.
Una madrugada helada convocó una asamblea extraordinaria en el Salón Plenario del Tiempo. Acudieron los doce meses con sus mejores galas climáticas.
—Quiero 30 días —declaró febrero, golpeando la mesa con una máscara del carnaval de Badajoz—. Al menos 30. No pido 31. No soy ambicioso. Solo quiero dejar de ser el chiste breve del año.
Abril, que siempre anda con lluvias intermitentes, dijo:
—Yo tengo 30 y a pesar de la Semana Santa, tampoco es que me respeten tanto.
Junio, cálido y satisfecho, intervino:
—El problema no es la cantidad, es la calidad.
—¡Fácil decirlo cuando tienes 30 días estables y vacaciones al acecho! —saltó febrero.
Octubre, con su capa de hojas secas, habló con voz de biblioteca:
—La tradición romana te dejó así. No es personal.
Febrero se levantó indignado.
—¡Pues que venga Roma y me lo diga a la cara!
Y como en los relatos que nadie cree hasta que ocurren, apareció el espectro de Julio César, con toga transparente y gesto administrativo.
—A ver, chavales —dijo el fantasma—, el reparto de días fue un asunto complicado y ya nos trajo muchos quebraderos de cabeza . Había que cuadrar estaciones, cosechas, equinoccios…
—¿Y a mí me tocó la rebaja? —replicó febrero—. ¿La liquidación por cierre?
Desde el fondo surgió otra figura, más elegante, más peinada, más imperial: Augusto.
—No te quejes tanto —añadió Augusto—. Yo también ajusté lo mío.
—¡Claro! —gritó febrero—. Tú te quedaste con 31 y encima te pusiste nombre de mes. ¡Eso es marketing imperial!
La asamblea se convirtió en un murmullo de páginas pasando solas.
Febrero, decidido a no ser menos que nadie, hizo lo impensable: se autoañadió dos días. El 29 y el 30 aparecieron de golpe como champiñones invernales.
El mundo, al principio, no se dio cuenta. La gente fue a trabajar el día 29 convencida de que aquello era normal. Pero el día 30 comenzó el caos:
Los alquileres se desajustaron. Los horóscopos se quedaron sin predicciones. Las agendas electrónicas entraron en pánico existencial.
Un señor celebró su cumpleaños por primera vez en un día que no existía oficialmente y decidió no envejecer.
Marzo llegó puntual, como siempre, pero encontró la puerta cerrada.
—Oye, que me toca.
—No hasta que me respetes —respondió febrero desde dentro, con bufanda reivindicativa.
El propio Tiempo, que rara vez interviene porque está ocupado pasando, convocó un juicio cósmico.
—Febrero —dijo con voz que sonaba a reloj antiguo—, ¿por qué cojones quieres 30 días?
Febrero respiró hondo.
—Porque estoy hasta la punta del Annapurna de ser el menos. Porque cuando alguien dice “esto es corto”, dicen “esto es como febrero”. Porque quiero que me tomen en serio.
El Tiempo sonrió con paciencia de eternidad.
—No eres menos. Eres intenso. En tus 28 días caben carnavales, temporales, amores precipitados y promesas que no aguantan hasta marzo. Eres el mes que concentra el invierno como una capsula de la Nespresso.
Enero bajó la cabeza. Marzo dejó de silbar.
—Además —añadió el Tiempo—, cada cuatro años te regalo un día extra. No como limosna, sino como misterio.
Febrero miró sus manos frías. Pensó en los disfraces, en los paraguas doblados por el viento , en San Valentín y los enamorados que se prometen eternidad en 24 horas.
Y suspiró.
—Está bien. Me quedo con 28. Pero quiero dignidad.
Desde entonces, cuando alguien dice “esto dura poco”, los demás meses carraspean incómodos. Porque aprendieron que no es la cantidad de días lo que define un mes, sino lo que es capaz de hacer con ellos.
Y febrero, pequeño pero cabezorro, sigue ahí cada año, mirando de reojo a los de 31 días y pensando:
“Reíd mientras podáis. Yo soy el único que sabe desaparecer antes de que os dé tiempo a acostumbraros.”
Y eso, en el fondo, es un poder.

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