La primera vez que subí a Tentudía fue en 1984. Íbamos en autobús, con el colegio, entre bocadillos envueltos en papel de plata y un murmullo infantil que no entendía de silencios sagrados. Recuerdo la curva final de la carretera, el ascenso lento hacia el pico, y aquella sensación extraña, imposible de nombrar entonces, de estar llegando a un lugar donde el tiempo parecía caminar más despacio que nosotros.
No volví hasta muchos años después.
Y sin embargo, durante todo ese tiempo, el nombre de Tentudía quedó flotando en mi memoria como una palabra incompleta, como si escondiera algo más que una excursión escolar y unas vistas hermosas del sur de Badajoz.
La leyenda sitúa su origen en el siglo XIII, cuando Fernando III el Santo encomendó al maestre Pelay Pérez Correa, de la Orden de Santiago, la toma de estas sierras a los sarracenos. Durante la batalla decisiva, al caer la tarde, la derrota parecía inminente. El sol descendía como una sentencia. Entonces el maestre, desesperado, alzó la voz hacia el cielo y pronunció aquella súplica que aún resuena entre las piedras:
—¡Santa María, detén tu día!
Y la tradición dice que el sol se detuvo. Que quedó suspendido en el horizonte el tiempo suficiente para que la victoria cambiara de bando.
No sé si el milagro fue solar o humano. No sé si fue el astro quien obedeció o el coraje quien se prolongó unos minutos más de lo razonable. Pero de aquella invocación nació una ermita bajo la advocación de Santa María de Tudía, Tentudía, como terminaría llamándose, germen del monasterio que hoy se alza robusto sobre el pico.
Con el paso de los siglos, los maestres ampliaron el edificio. El cercano conventual de Calera de León convirtió la zona en uno de los centros más relevantes de la Orden. Y a comienzos del siglo XVI, el papa León X declaró monasterio aquel eremitorio nacido de una súplica de guerra.
En 1518, la Orden encargó un retablo al maestro azulejero Niculoso Pisano. Aún hoy, su firma —NICVLOSVUS PISANVS ME FECIT A.D.1518— permanece como una declaración de permanencia frente al desgaste del tiempo. Es un retablo de cerámica que parece hecho no solo para decorar, sino para fijar la luz, como si el milagro del sol detenido hubiera quedado atrapado en sus esmaltes.
La Virgen actual, de candelero y datada en el siglo XVIII, preside el templo con una serenidad que no es dulce ni severa, sino expectante. Como si todavía aguardara otra súplica.
El claustro mudéjar, de principios del XVI, guarda un silencio distinto al del exterior. El aljibe en el centro del patio recoge no solo agua, sino ecos. Allí el viento no sopla: murmura. Y uno comprende que los edificios religiosos no se levantaban únicamente para honrar a Dios, sino para domesticar el tiempo.
Porque Tentudía es, sobre todo, eso: una arquitectura contra la fugacidad.
Cuando regresé de adulto y volví a asomarme a las dehesas infinitas, a las sierras onduladas del sur de Badajoz, entendí que aquellas vistas espectaculares no eran solo paisaje. Eran perspectiva. Desde los casi 1100 metros del pico, la vida abajo parece ordenarse. Los pueblos diminutos, los caminos, las encinas dispersas… Todo adquiere un sentido que desde el llano se nos escapa.
Quizá por eso la leyenda habla de detener el día.
No para ganar una batalla, sino para concedernos un instante de claridad.
Hay lugares que no visitamos: nos esperan. Y cuando regresamos a ellos, aunque hayan pasado décadas, nos devuelven una versión más lenta y más consciente de nosotros mismos. Tal vez el verdadero milagro de Tentudía no fue que el sol se detuviera, sino que, al recordarlo, nosotros aprendemos por un momento a hacerlo.





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