En el ático del cielo, justo encima de las nubes cumulonimbus y a la izquierda del arcoíris de guardia, vivían dos dioses funcionarios con plaza fija: Eolo, dios del viento, y Pluvia, diosa de la lluvia. Compartían despacho, cafetera y una pizarra blanca donde apuntaban los encargos meteorológicos del día.
Eolo era alto, despeinado por definición, con bufanda incluso en agosto. Pluvia llevaba gafas redondas empañadas y un impermeable eterno que goteaba discretamente en las esquinas del universo.
Aquella mañana, el universo amaneció con resaca cósmica.
—¿Te tocaba a ti Extremadura o a mí? —preguntó Pluvia, removiendo el café con una cucharilla hecha de rayo reciclado.
—A ver… —Eolo consultó la pizarra—. Cáceres: “Brisa suave, romántica, ligera, que invite al paseo y al cafecito”. Eso es mío.
—Y Madrid: “Lluvia fina, poética, que haga sentir nostalgia pero sin estropear peinados”. Eso es mío.
Se miraron. Se miraron otra vez. Miraron la cafetera. Y entonces entendieron.
Habían intercambiado los sobres.
En Cáceres, a las once de la mañana, el paseo místico por el casco antiguo que prometía soledad y niebla ligera se convirtió en un huracán existencial de categoría “¿pero esto qué es?”. Las terrazas de la plaza volaron con una dignidad heroica. Los paraguas se dieron la vuelta como si quisieran emigrar. Una señora gritó:
—¡Esto no es lluvia, esto es una tesis doctoral en movimiento!
Mientras tanto, en Madrid, donde Pluvia debía enviar una lluvia fina y elegante, cayó un viento tímido, con complejos, que se limitaba a mover folios administrativos y a susurrar dudas en las orejas de los opositores.
Eolo y Pluvia bajaron la mirada desde el balcón celeste.
—Bueno, tampoco es para tanto —dijo Eolo, con la ligereza de quien no paga toldos rotos.
—En Cáceres han perdido tres peluquerías y un concepto de peinado —replicó Pluvia.
—El cabello es transitorio. La filosofía es eterna.
—Díselo tú al señor que acaba de ver cómo su peluquín inicia una nueva vida en Portugal.
Guardaron silencio.
En Sotoserrano (Salamanca), un grupo de amigos que había quedado para tomar algo al sol terminó refugiado en el bar del pueblo, donde, al no poder hablar por el estruendo del viento contra las ventanas, comenzaron a debatir sobre el sentido de la existencia.
—Si el universo es caos —dijo uno, mirando la lluvia horizontal—, quizá nosotros seamos sólo paraguas mal diseñados.
—O quizás —respondió otro— el caos sea un dios con gafas que ha confundido los sobres.
En el cielo, Pluvia levantó una ceja.
—Nos están conceptualizando.
—Siempre lo hacen cuando nos equivocamos —respondió Eolo—. Cuando todo sale bien, dicen “qué día más bueno”. Cuando fallamos, inventan literatura.
Mientras tanto, en la costa Almeriense, donde tocaba una tormenta dramática para alimentar metáforas de escritores y justificar cancelaciones de trenes, apenas cayó una llovizna ridícula. Un poeta miró al mar en pleno cabo de gata y suspiró:
—No me da para un soneto.
En cambio, en una boda campestre perfectamente planificada con meses de antelación, irrumpió un vendaval bíblico que lanzó el photocall al olivar.
El novio, empapado, gritó al cielo:
—¡¿Por qué a mí?!
Eolo tomó nota.
—Siempre creen que es personal.
—¿Y no lo es? —preguntó Pluvia.
Eolo se quedó pensando.
—A veces me pregunto si somos nosotros los que movemos el viento o si es el viento el que nos mueve a nosotros.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Exacto. Por eso es divino.
Decidieron arreglar el desaguisado. Pero lo hicieron con prisas.
Eolo sopló demasiado fuerte sobre Madrid, y de pronto volaron informes policiales sobre corrupción en obras públicas, gorras reggeatoneras y una promesa electoral que nadie volvió a encontrar. Pluvia intentó suavizar Cáceres con una lluvia delicada, pero activó por error el modo “tormenta dramática con truenos teatrales”.
—¡Has puesto el botón de “épica”! —gritó Eolo.
—¡Está al lado del de “melancolía”!
Abajo, los humanos reaccionaban como siempre: algunos corrían, otros se quejaban, otros grababan vídeos verticales para las redes. Un señor, empapado hasta el alma, levantó el puño:
—¡Esto es una metáfora!
Y tenía razón.
Porque en el fondo, Eolo y Pluvia no se equivocaban tanto. Sólo exageraban. Amplificaban lo que ya estaba ahí. Si alguien llevaba prisa, el viento la convertía en angustia. Si alguien tenía nostalgia, la lluvia la volvía poema. Si alguien estaba enamorado, una tormenta era una excusa para acercarse.
—Quizá —dijo Pluvia, mirando la Tierra como quien mira una pecera emocional— no enviamos fenómenos. Enviamos oportunidades.
—¿Oportunidades de qué?
—De que se den cuenta de que no controlan nada.
Eolo sonrió.
—Eso siempre les sienta fatal.
Al final del día, agotados, se sentaron en el borde del cielo.
—Mañana —dijo Eolo— lo haremos mejor.
—Mañana —respondió Pluvia— volveremos a equivocarnos.
Y abajo, en una ciudad cualquiera, alguien mirará al cielo y dirá:
—Pues sí que empieza bien la semana santa.
El viento lo escuchará.
La lluvia lo anotará.
Y en el ático del universo, dos dioses con contrato indefinido seguirán confundiendo sobres, provocando tormentas donde debía haber brisa y enviando brisas donde se esperaba drama.
Porque el caos, en realidad, no es un error.
Es sólo la caligrafía torcida de los dioses.

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