Dicen que la historia es un río.
Pero no es cierto.
La historia es un eco.
Un eco largo, persistente, obstinado,
que resuena desde la primera piedra arrojada
hasta el último misil que surca la noche.
Todo empezó quizá con una hoguera mal compartida.
Con dos tribus mirándose a través del humo,
con el miedo disfrazado de orgullo
y el orgullo disfrazado de razón.
Entonces alguien alzó un palo.
Después una lanza.
Después una espada.
Y el ser humano descubrió algo terrible:
que matar también podía convertirse
en una costumbre.
Los siglos pasaron como estaciones.
Los imperios crecieron como árboles torcidos.
Y cada generación creyó, ingenuamente,
que la guerra que le tocaba vivir
sería la última.
Pero siempre llegó otra.
Las llanuras se llenaron de caballos y armaduras.
Los mares de cañones y galeones.
Las trincheras de barro, frío y muchachos de veinte años
que todavía no habían aprendido
a afeitarse del todo.
Y mientras tanto, los libros se escribían.
Las banderas cambiaban.
Los discursos se repetían.
Siempre con palabras nuevas
para contar la misma tragedia.
Algunos decían patria.
Otros decían dios.
Otros decían libertad.
Pero el suelo, cuando recibía la sangre,
no distinguía los motivos.
El siglo XX creyó haber aprendido la lección
cuando el cielo se volvió negro sobre Europa
y las ciudades ardieron como antorchas gigantes.
Millones de muertos.
Campos de ceniza.
Un planeta entero jurando
—esta vez sí—
que jamás volvería a suceder.
Y, sin embargo, sucedió.
Porque el ser humano tiene memoria corta
y orgullo infinito.
Construimos monumentos a la paz
con las mismas manos
que diseñan nuevas armas.
Escribimos tratados
mientras fabricamos misiles.
Lloramos a los muertos
y al mismo tiempo
entrenamos a los futuros.
A veces parece que avanzamos.
Que somos más sabios.
Más civilizados.
Pero basta una frontera,
una bandera agitada por el viento,
una palabra mal pronunciada
para que el viejo eco regrese.
Entonces vuelve la pólvora.
Vuelven los discursos encendidos.
Vuelven los mapas marcados con flechas.
Vuelven las madres mirando la puerta
que ya no se abrirá.
Y la historia, paciente,
toma nota una vez más.
Quizá el verdadero misterio
no es que existan guerras.
El verdadero misterio
es que sigamos creyendo
que esta vez será diferente.
Tal vez algún día
un niño que todavía no ha nacido
rompa ese eco.
Tal vez algún día
la humanidad descubra
que la victoria más difícil
no es vencer al enemigo,
sino dejar de necesitarlo.

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