Se habló en este blog de...

12.3.26

Drácula en París

 


Antes de escribir sobre esta nueva versión de Luc Besson, conviene recordar que el pobre Conde Dracula, creado por Bram Stoker, lleva más de un siglo levantándose del ataúd cada vez que Hollywood necesita pagar la hipoteca del castillo.

El primer gran mordisco cinematográfico llegó con Nosferatu, donde Max Schreck parecía más bien un contable muerto que un vampiro, pero el resultado era tan inquietante que aún hoy da escalofríos.

Luego llegó Bela Lugosi en Dracula, que convirtió al conde en un aristócrata elegante, con capa, mirada hipnótica y acento imposible. Desde entonces todo vampiro serio intenta imitarle… aunque sea en Halloween.

En los años cincuenta y sesenta apareció Christopher Lee, que en las películas de Hammer Film Productions transformó al vampiro en una criatura más salvaje, con ojos rojos, colmillos largos y una capacidad extraordinaria para resucitar después de que lo destruyeran en la película anterior.

Y luego, claro, llegó Francis Ford Coppola con Bram Stoker's Dracula, donde Gary Oldman interpretaba a un Drácula que parecía haber salido de una ópera barroca después de pasar tres horas en una peluquería experimental. Excesiva, teatral, romántica… y absolutamente fascinante.

Con ese respetable árbol genealógico vampírico, llega ahora el turno de Luc Besson.

Luc Besson: del metro parisino a los colmillos góticos

Luc Besson ha tenido una carrera que podría describirse como una montaña rusa con banda sonora electrónica.

En los ochenta nos regaló "Subway", un thriller estilizado ambientado en el metro de París donde todo el mundo parecía vestir como si acabara de salir de un videoclip de David Bowie.

Después llegó "Léon: El profesional", donde demostró que podía mezclar violencia, ternura y macetas con una elegancia bastante peculiar.

Más tarde explotó la ciencia ficción con "El quinto elemento", una especie de cómic psicodélico donde taxis voladores, extraterrestres y Bruce Willis convivían con absoluta naturalidad.

Y ya en la fase más reciente de su filmografía llegaron cosas como "Lucy", donde Scarlett Johansson desarrollaba poderes cerebrales ilimitados… lo cual explica por qué la película acaba pareciendo una charla de física cuántica dada por un yogur.

Así que cuando Besson anunció que iba a hacer Drácula, muchos pensamos:

“Bueno, esto puede salir muy bien… o puede salir muy francés”.

La propuesta de Besson intenta volver al espíritu de la novela de Bram Stoker, pero con un giro: en vez de Londres, la acción se mueve hacia un París de finales del siglo XIX que vive la época de la Exposition Universelle of 1889.

La idea prometía: vampiros, niebla, carruajes, la torre Eiffel recién estrenada… una atmósfera perfecta para que el conde practique turismo nocturno.

El problema es que la película a veces parece debatirse entre tres géneros distintos:

-drama romántico gótico

-película de terror

-comedia involuntaria

Hay escenas intensas, muy visuales, Besson sigue teniendo un ojo extraordinario para la estética, pero otras parecen salidas de una telenovela vampírica de sobremesa.

Es como si Drácula hubiese decidido mudarse a París para abrir una galería de arte contemporáneo.

Y entonces aparece Christoph Waltz… y todo se perdona. Y ahí la película cambia.


Waltz tiene esa rara habilidad de convertir cualquier escena en algo interesante aunque esté leyendo la lista de la compra. Desde que deslumbró al mundo como el coronel Hans Landa en Inglourious Basterds de Quentin Tarantino, su presencia eleva automáticamente cualquier proyecto.

En esta película aporta ironía, inteligencia y una elegancia ligeramente siniestra que encaja perfectamente en el universo vampírico. Cada vez que aparece en pantalla, el espectador tiene la sensación de que por fin alguien sabe exactamente qué tipo de película está haciendo.

De hecho, uno acaba pensando:

“Quizá Drácula debería dejar el castillo… y contratar a Waltz como su portavoz oficial” Las adaptaciones clásicas de Drácula tenían algo muy sencillo pero muy poderoso: claridad de tono.

La de Bela Lugosi eran puro teatro gótico.

Las de Christopher Lee eran terror elegante.

La de Coppola era una ópera romántica desbordante.

Las versiones modernas, en cambio, parecen tener miedo de ser simplemente historias de vampiros. Intentan ser filosóficas, psicológicas, posmodernas, revisionistas… y a veces se olvidan de algo esencial:

Drácula funciona mejor cuando entra en una habitación, sonríe, enseña los colmillos… y el público sabe que algo terrible, y fascinante está a punto de ocurrir.

 Porque al final, por muchas reinterpretaciones que hagamos, el viejo conde sigue teniendo una ventaja sobre todos los directores modernos:

él ya ha vivido varios siglos… y sabe perfectamente cómo contar una buena historia de terror. 


No hay comentarios: