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10.6.26

Chica Quinqui: Película que he visto para que tú no tengas que hacerlo

 


Una de esas noches en las que la humanidad parece haberse puesto de acuerdo para no producir nada interesante. Afuera no ocurre absolutamente nada. Dentro de casa tampoco. Te sientas en el sofá armado con el mando a distancia y una mezcla de resignación y aburrimiento existencial. Empiezas el ritual moderno de nuestro tiempo: recorrer canales y plataformas con la esperanza de encontrar algo digno de ocupar un par de horas de tu vida.

Pasas por documentales de asesinos en serie, programas de reformas donde siempre derriban una pared maestra, concursos en los que la gente grita demasiado y series recomendadas por algoritmos que parecen convencidos de que tus mayores aficiones son los dragones, las conspiraciones y los viajes en el tiempo.

Tras veinte minutos navegando sin rumbo, empiezas a sospechar que quizá la televisión ya no está hecha para seres humanos. Y entonces aparece ella. Ahí está. Chica Quinqui.

El título despierta cierta curiosidad. Quizá nostalgia del viejo cine quinqui. Quizá la esperanza de encontrar una pequeña joya escondida. Quizá simplemente la incapacidad física para seguir pulsando botones.

Así que decides verla.

Pobre iluso.

Hay películas malas. Hay películas muy malas. Y luego está Chica Quinqui, dirigida por Alicia Bel y escrita por José Luis Pedrero, una obra que parece rodada bajo la firme convicción de que la buena voluntad puede sustituir al guion, a la dirección y, en ocasiones, incluso a la lógica.

El libreto de Pedrero avanza con la sutileza de una excavadora entrando en una cristalería. Cada conflicto aparece anunciado con tanta antelación que uno no sabe si está viendo una película o leyendo los subtítulos de lo que va a ocurrir dentro de diez minutos. Los personajes no hablan: exponen. No dialogan: informan. No viven situaciones: las declaman como si estuvieran rellenando formularios administrativos.

La historia pretende recuperar cierto aroma del cine quinqui clásico, pero termina pareciéndose más a una charla de instituto sobre "problemas de la juventud" organizada por un ayuntamiento con presupuesto ajustado para actividades culturales.

La dirección de Alicia Bel parece debatirse constantemente entre el drama social, el romance adolescente y el telefilme de sobremesa. El resultado es un curioso híbrido en el que las escenas intensas carecen de intensidad, las emotivas apenas emocionan y las dramáticas provocan alguna que otra sonrisa involuntaria.


En cuanto a las interpretaciones, hay que reconocer algo importante: las protagonistas, Luth Inat y Olga Navarro, se dejan la piel. Se nota el esfuerzo. Se percibe la entrega. Hay momentos en los que una desea desesperadamente convencer al espectador y la otra parece luchar heroicamente contra unos diálogos que ningún ser humano ha pronunciado jamás en una conversación real.

No siempre lo consiguen, pero sería injusto cargar las culpas sobre ellas. Bastante mérito tiene intentar construir personajes creíbles cuando el guion les entrega frases que parecen escritas por una inteligencia artificial entrenada exclusivamente con folletos de servicios sociales y capítulos antiguos de Al salir de clase.

El reparto secundario cumple como puede, que ya es bastante. Algunas actrices parecen preguntarse internamente qué están haciendo allí. Y el espectador, curiosamente, comparte la misma reflexión.

Lo más llamativo de Chica Quinqui es que nunca deja de intentarlo. La película fracasa en casi todo lo que se propone, pero fracasa con una energía admirable. Es como ver a alguien intentar escalar el Everest en chanclas: sabes que no va a llegar a la cima, pero acabas sintiendo cierta simpatía por semejante despliegue de optimismo.

Al finalizar sus 103 minutos, uno sale con la sensación de haber asistido a una producción que confunde autenticidad con acumulación de tópicos, realismo con subrayado y emoción con volumen. Pero también con la certeza de que Luth Inat y Olga Navarro merecían un material mucho mejor para demostrar lo que quizá puedan llegar a hacer en el futuro.

Porque si algo queda claro tras ver Chica Quinqui es que las dos protagonistas ponen más empeño en sacar adelante la película que el guion en parecer creíble. Y eso, aunque no sea suficiente para salvar el naufragio, al menos merece un aplauso de cortesía antes de que se hundan los créditos finales. 


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