Tenía nueve años y estaba a pocos meses de cumplir diez cuando comenzó el Mundial de España de 1982. Fue el primer Mundial que recuerdo de verdad. No como un acontecimiento que veía de reojo mientras los mayores hablaban de política o de trabajo, sino como algo que me pertenecía. Como una aventura que ocurría delante de mis ojos y que llenaba las tardes de junio y julio de una emoción difícil de explicar.
Aquel verano, el mundo entero parecía haberse instalado en España. Y desde Mérida, una ciudad todavía muy distinta de la actual, teníamos la sensación de que algo importante estaba ocurriendo.
La Mérida de 1982 era una ciudad tranquila, provinciana y orgullosa de sí misma. Todavía arrastraba las dificultades económicas de una España que estaba aprendiendo a caminar en democracia. El país vivía los últimos meses del gobierno de la UCD, desgastado por las crisis internas y por una situación económica complicada. Habían pasado apenas dieciséis meses desde el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, y el recuerdo de los guardias civiles entrando en el Congreso seguía muy presente en las conversaciones de los adultos. Se respiraba una mezcla extraña de incertidumbre y esperanza. Nadie sabía exactamente hacia dónde caminaba España, aunque muchos intuían que se acercaban cambios importantes que terminarían llegando unos meses después, con la histórica victoria electoral de Felipe González en octubre de aquel mismo año.
Las calles eran menos ruidosas que hoy, pero estaban mucho más vivas. Los niños pasábamos las tardes enteras fuera de casa. No existían los teléfonos móviles, ni internet, ni las redes sociales. El verano era una sucesión interminable de bicicletas, chapuzones, partidos de fútbol improvisados y noches sentados a la fresca.
Las madres gritaban desde los balcones cuando llegaba la hora de cenar.
Y nosotros aparecíamos cubiertos de polvo, sudor y felicidad.
En los bares sonaban las canciones de Mecano, Radio Futura, Miguel Ríos, Nacha Pop. La Movida madrileña comenzaba a irradiar su influencia por toda España, aunque en Extremadura seguían conviviendo aquellas nuevas corrientes culturales con las verbenas, las orquestas de pueblo y las canciones que salían de las gramolas de los bares.
En el cine triunfaban las aventuras infantiles, los héroes musculosos y los extraterrestres entrañables. Habíamos visto a E.T. señalar el cielo con su dedo luminoso y soñábamos con tesoros escondidos junto a Indiana Jones. Para los niños de entonces, aquellos personajes eran gigantes.
Pero durante unas semanas, todos aquellos héroes quedaron eclipsados por otros.
Los futbolistas.
Porque llegó Naranjito.
Y con él llegó el Mundial.
Recuerdo perfectamente aquella mascota redonda y simpática, los cromos, los álbumes, las banderas, las pegatinas y aquella sensación infantil de que España era el centro del universo. Era difícil explicar lo que significaba para un niño que el Mundial se celebrara en su propio país. Era como si la historia estuviera ocurriendo en el patio de nuestra casa.
La selección española llegaba cargada de ilusión. Los periódicos hablaban de posibilidades. Los comentaristas transmitían optimismo. Nosotros, que apenas entendíamos de tácticas ni de estrategias, estábamos convencidos de que podíamos ganar.
Los nombres de Arconada, Camacho, Santillana, Juanito, Quini o Zamora resonaban como si fueran personajes de una novela de aventuras.
Y entonces llegó Honduras.
Aquel empate inesperado cayó sobre el país como un cubo de agua fría. Recuerdo la sorpresa de los mayores. Recuerdo las conversaciones en los bares. Nadie entendía muy bien qué había ocurrido.
Después llegó la victoria ante Yugoslavia, sufrida y trabajada.
Y más tarde Irlanda del Norte.
España consiguió clasificarse para la segunda fase, pero ya no transmitía la confianza de los días previos al torneo.
Los niños empezábamos a descubrir una verdad elemental del fútbol y de la vida: los sueños no siempre obedecen a nuestros deseos.
La segunda fase fue un ejercicio de desencanto.
Alemania Federal nos derrotó.
Inglaterra nos superó.
Y el Mundial terminó para España antes de lo que habíamos imaginado.
Recuerdo perfectamente aquella sensación extraña. No era exactamente tristeza. Era más bien el descubrimiento de que los cuentos también podían terminar mal.
Sin embargo, cuando España cayó, el Mundial se hizo aún más grande.
Porque comenzamos a mirar a los demás.
Y lo que vimos fue maravilloso.
Allí estaba Brasil.
El Brasil de Zico, Sócrates, Falcão, Cerezo y Éder.
Aquella selección jugaba un fútbol que parecía poesía. Incluso los niños que apenas comprendíamos el juego entendíamos que aquello era diferente. Había algo artístico en aquellos pases, algo elegante en aquellos movimientos, algo casi musical en aquella manera de atacar.
Muchos años después, sigue habiendo quien sostiene que aquel Brasil de 1982 fue el mejor equipo que nunca ganó un Mundial.
Y quizá tengan razón.
Porque entonces apareció Paolo Rossi.
Hasta ese momento había pasado casi desapercibido. Pero en el partido contra Brasil se transformó en un héroe legendario. Marcó tres goles y protagonizó una de las mayores sorpresas de la historia del fútbol.
Recuerdo perfectamente la conmoción.
Brasil se iba.
El equipo que todos admirábamos desaparecía.
Y comprendimos otra lección importante: en el fútbol, como en la vida, la belleza no siempre recibe recompensa.
También estaba Italia.
Una selección criticada durante buena parte del torneo.
Una selección que parecía destinada al fracaso.
Y sin embargo fue creciendo partido a partido hasta terminar levantando la Copa del Mundo.
Su victoria tuvo algo de epopeya clásica.
Mientras tanto, otro jugador comenzaba a llamar la atención del mundo.
Era un argentino joven, bajito y eléctrico.
Todavía no era una leyenda.
Todavía no había conquistado México.
Todavía no era el héroe universal que terminaría siendo.
Pero ya se intuía algo extraordinario en Diego Armando Maradona.
Era como ver el primer capítulo de una historia destinada a convertirse en mito.
En Mérida, mientras tanto, nosotros seguíamos jugando.
Y eso era quizá lo más importante.
Las porterías eran dos piedras.
Los estadios eran descampados.
Las camisetas oficiales apenas existían.
Los balones muchas veces estaban remendados.
Pero daba igual.
Cada tarde reproducíamos los partidos del Mundial.
Un día éramos Paolo Rossi.
Otro día éramos Zico.
Al día siguiente nos convertíamos en Maradona.
Los porteros querían ser Arconada.
Y todos soñábamos con marcar el gol decisivo en una final imaginaria.
Jugábamos hasta que caía la noche.
Hasta que nuestras madres nos llamaban desde los balcones.
Hasta que el calor extremeño comenzaba a ceder y las primeras estrellas aparecían sobre el cielo de Mérida.
Hoy, cuando pienso en aquel Mundial, me doy cuenta de que apenas recuerdo los resultados exactos de muchos partidos.
Pero sí recuerdo la sensación.
Recuerdo los olores de las noches de verano.
Recuerdo las persianas medio bajadas para combatir el calor.
Recuerdo el ruido de los ventiladores.
Recuerdo los bares llenos.
Recuerdo los periódicos deportivos extendidos sobre las mesas.
Recuerdo la ilusión.
Porque aquel Mundial fue mucho más que fútbol.
Fue la imagen de una España que intentaba dejar atrás definitivamente los viejos fantasmas de su historia y presentarse al mundo como una democracia moderna.
Fue la fotografía de una generación que crecía en libertad por primera vez.
Fue el verano de una infancia que todavía pertenecía a las calles.
Hoy el fútbol es más rápido, más espectacular y más global. Los jugadores son marcas internacionales. Los estadios parecen naves espaciales. Las retransmisiones muestran estadísticas capaces de medir hasta el último movimiento.
Todo es mejor.
Y, sin embargo, a veces sospecho que también es un poco menos mágico.
Porque en 1982 los futbolistas todavía parecían hombres de carne y hueso. Podíamos imaginar que alguno de ellos vivía en nuestra calle, que compraba el pan en la tienda de la esquina o que tomaba café en el mismo bar que nuestros padres.
No existía la distancia sideral que separa hoy a las estrellas del aficionado corriente.
Quizá por eso, cuando vuelvo mentalmente a aquel verano de Naranjito, de Paolo Rossi, de Zico, de Sócrates, de Maradona y de las decepciones de España, no siento nostalgia por el fútbol que se jugaba.
Siento nostalgia por el niño que lo veía.
Porque aquel Mundial no fue solamente una competición deportiva.
Fue el instante preciso en que descubrimos que el mundo era mucho más grande que nuestro barrio.
Y, durante unas pocas semanas inolvidables, ese mundo entero pareció caber en una televisión de dos canales, en una calle cualquiera de Mérida y en los ojos asombrados de un niño que aún no había cumplido diez años.




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