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25.7.26

Los veranos que aún nos habitan

 


Porque cada verano es una puerta que nunca termina de cerrarse. Basta el olor de una higuera al sol, el zumbido persistente de las cigarras o la luz dorada que se derrama sobre las fachadas al caer la tarde para que todas las estaciones estivales de nuestra vida regresen al mismo tiempo, superpuestas unas sobre otras, como las páginas transparentes de un viejo atlas de la memoria.

El verano no entiende de calendarios ni de edades. Es un territorio suspendido donde el tiempo abdica de su tiranía y los años dejan de contarse. Por eso, cuando llega julio, no sólo estrenamos un verano nuevo: volvemos, sin saberlo, a todos los anteriores. Al de las bicicletas sin fin, al de las rodillas llenas de heridas, al de las siestas interminables mientras sonaban los ventiladores, al del primer baño en el mar, al de los amigos cuyo nombre aún resuena aunque hace décadas que no los vemos. También regresan los veranos de los amores que apenas duraron un agosto, de las despedidas en las estaciones, de las canciones que aún hoy conservan el poder de abrir ventanas que creíamos clausuradas para siempre.

Quizá por eso el verano posee una melancolía distinta a la de cualquier otra estación. No nace de lo que sucede, sino de lo que vuelve. Cada atardecer de julio es un espejo donde se reflejan todos los atardeceres vividos; cada noche calurosa nos recuerda que alguna vez fuimos niños convencidos de que septiembre era una leyenda lejana y de que la felicidad consistía, sencillamente, en que el día no terminara nunca.

Y acaso ese sea el verdadero milagro del verano: recordarnos que la infancia y la adolescencia no es un lugar del pasado, sino una patria secreta a la que regresamos una y otra vez sin movernos del sitio. Porque, en el fondo, cada verano es la misma puerta abierta de par en par hacia ese país sin fronteras donde el tiempo aún no había aprendido a arrebatarnos nada.

📷 Con mi padre en Bolonia (Cádiz) Verano de 1996

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