Jaime Bayly se mete en un jardín considerable con Los genios: nada menos que en la amistad, la admiración, las diferencias políticas y la ruptura entre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, dos de los nombres mayúsculos de la literatura latinoamericana del siglo XX. Y lo hace sin pedir permiso, sin demasiada reverencia y con esa mezcla tan suya de ironía, provocación y gusto por meter el dedo exactamente donde más molesta.
La novela se instala en el corazón del boom latinoamericano, cuando aquellos escritores que habían comenzado a transformar la literatura en español empezaban también a convertirse en personajes públicos, celebridades culturales y, en algunos casos, auténticas estrellas internacionales. García Márquez y Vargas Llosa se admiran, se frecuentan, comparten amistades y viven una época de enorme efervescencia intelectual. Son dos escritores extraordinarios que, durante un tiempo, parecen entenderse casi a la perfección.
Hasta que dejan de hacerlo.
Bayly reconstruye aquella amistad con especial interés por la dimensión humana de sus protagonistas. No le interesa demasiado el pedestal. Prefiere el barro. Y así aparecen los celos, las discrepancias ideológicas, las relaciones sentimentales, las susceptibilidades y esa peligrosa combinación de admiración y orgullo que puede convertir una amistad intensa en una batalla campal.
Porque el episodio que conocemos como el «puñetazo» de Vargas Llosa a García Márquez no aparece de la nada. El golpe es apenas el fogonazo final de una historia mucho más compleja. Antes hubo una amistad profunda, complicidades, admiración mutua y, poco a poco, desencuentros que fueron haciendo su trabajo silenciosamente.
Y aquí Bayly se lo pasa especialmente bien.
El escritor peruano tiene una habilidad notable para desmontar la solemnidad que suele acompañar a los grandes nombres de la literatura. García Márquez y Vargas Llosa fueron genios, sí, pero Bayly se empeña en recordarnos que también eran hombres: podían enamorarse, equivocarse, sentir celos, enfadarse, ser vanidosos y tomar decisiones bastante poco ejemplares. En definitiva, podían comportarse como cualquiera de nosotros, solo que ellos escribían novelas extraordinarias y tenían una legión de lectores mirando desde fuera.
La política ocupa, además, un lugar fundamental. Las posiciones ideológicas de ambos escritores fueron alejándose hasta convertirse en mundos casi incompatibles. García Márquez mantuvo una relación estrecha con la izquierda latinoamericana y con Fidel Castro, mientras Vargas Llosa evolucionó hacia posiciones liberales y terminó convertido en uno de los grandes intelectuales críticos con la revolución cubana. Aquello no era una simple discusión de sobremesa: en el ambiente político e intelectual de la época, tomar partido significaba también definir amistades, lealtades y enemigos.
Pero Bayly no convierte Los genios en un ensayo político disfrazado de novela. Lo político se mezcla con lo íntimo, y ahí está buena parte del interés de la historia. Porque las amistades no suelen romperse por una sola razón. Se rompen por acumulación: una palabra mal entendida, una desconfianza, una decepción, una herida que nadie quiso reconocer.
Y luego está el célebre encuentro de Ciudad de México en 1976.
Vargas Llosa ve a García Márquez, se acerca y le propina un puñetazo que deja al autor de Cien años de soledad con el ojo morado. García Márquez, que probablemente habría preferido convertir aquello en una página de realismo mágico, termina protagonizando una de las fotografías más famosas de la literatura contemporánea.
Lo extraordinario es que el misterio permanece: ¿qué ocurrió realmente entre ellos?
Bayly juega precisamente con ese territorio donde la historia documentada termina y comienza la literatura. Reconstruye conversaciones, ambientes, relaciones y pensamientos para imaginar qué pudo llevar a aquel desenlace. No pretende ofrecernos un acta notarial. Está escribiendo una novela. Y esa libertad le permite adentrarse en las zonas de sombra que la historia oficial deja fuera.
El resultado es una mirada irreverente sobre dos escritores enormes y sobre una época irrepetible. Un tiempo en el que los escritores latinoamericanos podían discutir sobre política con la misma pasión con la que discutían sobre literatura, enamorarse peligrosamente, convertirse en celebridades mundiales y, llegado el caso, resolver sus diferencias de una manera bastante menos literaria.
Los genios tiene, además, algo deliciosamente contradictorio: habla de dos hombres capaces de construir mundos enteros con palabras y que, sin embargo, fueron incapaces de encontrar las palabras necesarias para salvar su amistad.
Quizá ahí esté la verdadera ironía de la historia.
Dos genios de la literatura.
Y una amistad que terminó sin literatura suficiente para arreglarla.
Bayly observa todo ese drama desde una distancia socarrona, con el gusto de quien conoce perfectamente la solemnidad del mundo literario y disfruta pinchándola con un alfiler. Y seguramente por eso Los genios funciona mejor cuando no intentamos decidir quién tuvo razón.
Porque al final no estamos ante una pelea entre un bueno y un malo.
Estamos ante algo mucho más interesante: dos hombres extraordinarios que, precisamente porque eran humanos, también fueron capaces de equivocarse de manera extraordinaria.
