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27.11.25

Niebla con billete a 1969

 Esta mañana, a las 6:00, la niebla a las afueras de Cáceres no era niebla: era directamente una máquina del tiempo mal calibrada, como si algún técnico del clima hubiera dejado el botón de “viaje al pasado” en modo prueba. De pronto, sin comerlo ni beberlo, me vi entrando en un túnel espacio-temporal y ¡zas!, aparecí plantado en la Plaza Mayor en 1969, con más frío que en el pasillo de los yogures de Carrefour… pero sin yogures.

Lo primero que me sorprendió fue la estampa: la plaza con ese brillo mate de las cosas antiguas bien cuidadas, los soportales iluminados por bombillas amarillas que parecían cansadas de alumbrar, y un Seat 600 color crema aparcado torcido, como mandaba la tradición. Entre ese silencio casi solemne y el aire cortante, el Cáceres del 69 tenía ese toque de postal que hoy sólo encuentras en las casas de los abuelos.

Y allí iba yo, caminando con mis deportivas blancas totalmente fuera de la moda de la época, cuando lo que se llevaba eran los zapatos castellanos brillantes, los pantalones de pernera estrecha y las camisas con cuello pronunciado, bien planchadas. A mi paso, un grupo de chicas con abrigos de paño y moños altos me miraron como quien observa un espécimen recién escapado del futuro.

Como uno intenta no perder el norte ni en pleno salto temporal, aproveché para sacar una foto, que ya veré cómo explico en la tienda de revelado cuando vean en la imagen coches de hace medio siglo y yo vestido como si viniera del gimnasio. Después di una vueltecita por la plaza: ni coches híbridos, ni patinetes eléctricos, ni chavales diciendo “bro-bro”; lo único eléctrico era la mirada de una señora que me vio con un móvil en la mano y murmuró “este aparato no es de este mundo, Manuel”.

Me senté en una terraza, con sillas de hierro que pesaban lo mismo que un lavadero de piedra, a tomarme un café con leche por cuatro pesetas. Cuatro. Pesetas. Casi lloro. El camarero, bigote perfectamente recortado y chaleco marrón, me llamó “caballero”. Algo que en 2025 solo me pasa si voy a una boda o a entregar papeles en Hacienda.

Y entonces ocurrió lo realmente surrealista: me crucé con el mismísimo alcalde, don Alfonso Díaz de

 

Bustamante, que iba acompañado de dos concejales y lucía un abrigo oscuro con solapa ancha y un sombrero de ala corta como salido de un noticiario en blanco y negro. Al verme tan perdido, se acercó con una cortesía de otra época:

—¿Se encuentra bien, caballero? No me suena su rostro, y suelo conocer a casi todos los de la ciudad.

—Eh… vengo de… lejos —dije, sin mentir del todo.

El alcalde sonrió.

—Pues le diré una cosa: aquí en Cáceres, si viene para quedarse, no tardará en sentirse en casa. Y si sólo está de paso… disfrute de la plaza, que hoy está especialmente hermosa.

Me quedé a cuadros. No todos los días te topas con el alcalde de 1969 mientras intentas no desintegrarte entre dos líneas temporales. Y menos con uno tan elegante, tan propio de la moda masculina de entonces: barba bien afeitada, traje recto, corbata estrecha y ese aire de autoridad sobria que ya no se fabrica.

Luego pasé por una tienda. O mejor dicho: un templo del jamón y el queso a precios que hoy serían motivo de investigación internacional. Ver un cartel que decía “Jamón bueno: 240 pesetas” me provocó una especie de crisis existencial. No me llevé media despensa porque no sabía si un vórtice espacio-temporal permite regresar cargado de chacina sin abrir un agujero negro.

Entre puesto y puesto me crucé con Manolo, el de los ultramarinos, con su delantal azul y un peinado brillantinado que también era moda de la época. Me ofreció un paquete de Chester sin filtro “para entrar en calor”. Decliné. Bastante viaje llevaba ya en el cuerpo.

Y cuando la niebla volvió a formarse en un remolino sospechoso, como diciendo “última llamada al presente” tuve que regresar deprisa. Volví con las manos vacías, que luego Hacienda pregunta.

Para la próxima visita al 69 lo tengo clarísimo:

• Comprar un par de pisos en Cánovas.

• Unos terrenos en el Olivar de los Frailes.

• Y si me queda un minuto, hablar con el señor que inventó el precio del café en 2025 para que afloje un poquito.

En fin, que la niebla cacereña será muy traicionera… pero oye, te da cada viaje. Y visto lo visto, en el próximo igual me encuentro a Camilo Sesto ensayando o a un grupo de modistas comentando la última falda de tubo llegada de Madrid. Aquí, entre un salto temporal y otro, cualquier cosa puede pasar.

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