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8.1.26

Giotto di Bondone: el instante en que la pintura aprendió a mirar al ser humano

 


Cada 8 de enero la historia del arte nos invita a detenernos en Florencia, no tanto para mirar una ciudad como para comprender un giro decisivo en la forma de mirar el mundo. En esa fecha, en 1337, fallecía Giotto di Bondone, un creador que no solo cerraba una vida, sino que abría definitivamente una época. Pintor y arquitecto del Trecento, Giotto es una de esas figuras raras que marcan un antes y un después: con él, el arte occidental comienza a abandonar la rigidez simbólica medieval para acercarse, por primera vez, a la experiencia humana.

Su nombre está inseparablemente unido a la Capilla Scrovegni, o Capilla de la Arena, en Padua, uno de los ciclos pictóricos más extraordinarios de la historia. Allí, entre 1304 y 1306, Giotto desarrolla un lenguaje nuevo, radical para su tiempo, que muchos historiadores consideran el verdadero punto de partida de la pintura moderna. No se trata solo de una mejora técnica, sino de una transformación profunda: el espacio adquiere coherencia, los cuerpos peso, y los rostros emoción.

Dentro de ese conjunto se encuentra La resurrección de Lázaro, una escena tomada del Evangelio de San Juan que Giotto convierte en un drama humano de intensidad contenida. Cristo aparece ordenando el milagro con un gesto sereno y firme, mientras Marta y María, hermanas del difunto, se arrodillan a sus pies en una mezcla de fe, dolor y esperanza. A la derecha, Lázaro emerge aún envuelto en vendas funerarias, sostenido por otros personajes que participan activamente del acontecimiento. La piedra del sepulcro, desplazada por dos figuras en primer plano, subraya el instante exacto de la transición entre la muerte y la vida.

Lo verdaderamente revolucionario no está solo en lo que se narra, sino en cómo se narra. Los testigos del milagro reaccionan de maneras diversas: asombro, incredulidad, temor. Algunas mujeres se cubren el rostro para protegerse del olor del cadáver, un detalle tan cotidiano como audaz para la época. El cuerpo de Lázaro, aún rígido, comienza a mostrar signos de vida en los ojos entreabiertos, mientras el paisaje del fondo, unas montañas simples pero eficace, introduce una sensación de profundidad inédita en la pintura medieval.

Giotto rompe definitivamente con el hieratismo bizantino: sus figuras ya no son símbolos estáticos, sino seres que sienten, miran y ocupan un espacio real. Cada gesto tiene intención, cada mirada establece una relación. En ese tránsito del siglo XIII al XIV, el artista florentino inaugura una nueva manera de entender la imagen: ya no como mero vehículo de lo sagrado, sino como espejo de la condición humana.

Quizá por eso, más de siete siglos después, sus frescos siguen interpelándonos. Giotto no pintó solo milagros o santos; pintó emociones reconocibles, cuerpos vulnerables y escenas que parecen ocurrir ante nuestros ojos. En su obra late la convicción de que el arte puede acercarnos a lo divino precisamente a través de lo humano. Y tal vez ahí resida su legado más profundo: recordarnos que mirar de verdadcon atención, con empatía también puede ser una forma de resurrección.

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