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11.2.26

Xisco

 Hoy, 11 de febrero, despedimos a Xisco Quesada. Muchos de nosotros no lo conocimos en persona. Lo conocimos a través de una pantalla. A través de las redes sociales. Y, aun así, se hizo cercano. Real. Un poco de todos.

En junio del pasado año le diagnosticaron un cáncer de páncreas. Tenía tan solo 28 años. Dos hijos. Toda una vida por delante. Una edad en la que los planes no se cuentan, se acumulan. Una edad en la que el futuro debería ser una promesa larga y luminosa.

Pero Xisco decidió que su historia no sería únicamente la de una enfermedad. A través de sus redes hizo visible su tratamiento, sus avances, sus retrocesos, los días de hospital y las noches interminables. Compartió el miedo, sí, pero sobre todo compartió sus enormes ganas de seguir viviendo. De ver crecer a sus hijos. De seguir soñando. De no rendirse.

Las redes, tantas veces superficiales, se transformaron en un espacio de verdad. Allí mostró la dureza de cada sesión, el cansancio que cala hasta los huesos, la incertidumbre. Pero también mostró esperanza. Gratitud. Fortaleza. Una valentía serena que no necesitaba grandes discursos, solo constancia.

Miles lo seguimos sin haberle dado nunca un abrazo. Y, sin embargo, nos tocó profundamente. Porque detrás de cada publicación había un joven padre luchando por quedarse. Un hombre aferrado a la vida con una determinación que conmovía.

Hoy la tristeza es inmensa. Duele la injusticia de su edad. Duelen esos dos hijos que algún día comprenderán la magnitud del coraje de su padre. Duele pensar en todo lo que quedó por vivir. Pero también queda algo que la enfermedad no pudo arrebatar: su ejemplo.

Xisco hizo visible lo invisible. Puso rostro a la lucha. Humanizó el dolor. Y, sin proponérselo, sembró esperanza en medio de la incertidumbre. Nos recordó que la vida no se mide en años, sino en intensidad; que el amor, sobre todo el amor de un padre, trasciende cualquier límite.

Nos despedimos con el corazón, pero agradecido. Porque, aunque lo conocimos a través de una pantalla, su historia nos emocionó


. Porque su fuerza nos interpela. Porque su memoria nos empuja a vivir con más verdad, a abrazar más fuerte, a no dejar para mañana lo importante.

Descansa, Xisco. Tu luz no se apaga hoy. Vive en tus hijos. Vive en quienes te admiramos. Vive en cada persona que, al recordar tu lucha, decide aferrarse un poco más a la vida.

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