En la segunda mitad de los ochenta, Mérida tenía todavía ese aire de medio ciudad, medio pueblo, que no había terminado de decidir qué quería ser. En barrios como Santa Catalina la vida discurría a ras de suelo, sin prisas grandes ni horizontes demasiado lejanos. Las calles eran una prolongación de las edificios: bancos de piedra en el parque ocupados por jubilados que comentaban las jugadas del partido del día anterior, portales abiertos en verano, radios sonando a todo volumen con copla, Carrusel Deportivo o algún cassette ya gastado de Triana o Los Chichos. El asfalto se derretía en agosto y el polvo se levantaba en invierno cuando pasaba algún coche con más pena que gloria.
Los chavales socializábamos así, a la intemperie. Éramos una tribu sin móviles ni relojes, con horarios dictados por las madres desde las ventanas y por la luz que iba cayendo. Jugábamos al fútbol con porterías imaginarias, a los cromos, al escondite entre coches aparcados, y aprendíamos demasiado pronto a mirar el mundo desde la esquina. Las conversaciones eran sencillas, pero absolutas: quién había ganado el partido, quién se había peleado con quién, quién había visto algo raro. Y entre esas cosas raras estaba él.
Luis el gallego. O, como nosotros le llamábamos con una mezcla de cariño y misterio, Luis el "andaor".
Tendría cincuenta y tantos, aunque a nosotros nos parecían cien y veinte al mismo tiempo. Delgado hasta el extremo, con una ropa siempre sencilla y gastada, y una melena larga, algo canosa, que le daba un aire juvenil y fuera de época. No encajaba del todo en ningún sitio, y quizá por eso encajaba en todos. Se le veía pasar caminando, siempre caminando, con un paso firme, constante, casi hipnótico. No corría, no se detenía. Andaba.
Habíamos escuchado historias sobre él. Que si había sido marinero. Ex futbolista. Que si venía de Galicia huyendo de algo. Que si había tenido dinero y lo perdió todo. Que si estaba un poco tocado, que si era más listo de lo que parecía. Nunca supimos cuál era cierta y cuál no, y tampoco importaba demasiado. En el fondo, las historias servían para rellenar los huecos que dejaba su silencio.
En verano era cuando más nos impresionaba. Con cuarenta grados a la sombra, cuando nosotros buscábamos cualquier excusa para no movernos ni un metro, allí iba Luis, caminando desde Mérida hasta Proserpina. Lo veíamos pasar empapado en sudor, pero sin un solo gesto de cansancio, sin una mueca, sin una queja. Como si el calor no fuera con él, como si su cuerpo obedeciera a otra lógica, a otro tiempo.
Pasaron los años. Nosotros crecimos, el barrio cambió lo justo, y Luis siguió caminando, cada vez más integrado en el paisaje, como una farola o un árbol viejo. Hasta que un día, ya a principios de los dos mil, lo volví a encontrar de verdad.
Fue una mañana de primavera del año, tal vez, 2001, en la que cayó una tromba de agua de las que no se olvidan. Llovía con rabia, como si el cielo se hubiera cansado de contenerse. Me refugié bajo el alero de una casa, escuchando el golpe del agua contra el suelo, ese olor a tierra mojada que despierta algo antiguo. Unos minutos después apareció él, empapado, sereno, como si la lluvia fuera solo otra forma de camino.
Nos miramos, asentimos, y hablamos. Fue la única conversación que tuve con Luis el andador. Hablamos del tiempo, claro. De cómo ya no llovía como antes o, cuando lo hacía, lo hacía del todo. Del cambio de época, de que todo parecía ir más deprisa y saber menos. Recuerdo especialmente que dijo con una tristeza suave, sin dramatismo, que las frutas y verduras del supermercado ya no sabían a nada. Que antes un tomate sabía a tomate. Yo asentí, sin saber muy bien si hablábamos de comida o de algo más.
Tenía una voz tranquila, amable, y una manera de mirar que no juzgaba. Cuando la lluvia aflojó, se despidió con un gesto sencillo, casi antiguo, y se fue caminando, perdiéndose calle abajo como tantas otras veces.
Años después me enteré de su fallecimiento. La noticia llegó sin estruendo, como habría querido él. Y entonces comprendí que Luis el gallego había sido una de esas figuras que sostienen la memoria de un lugar sin hacer ruido. Un hombre que caminó mientras los demás corríamos, que resistió el calor, la lluvia y el paso del tiempo con la misma dignidad callada.
Hoy, cuando paso por Santa Catalina o miro hacia Proserpina en los días de verano, a veces me parece verlo aún, avanzando despacio, constante, recordándonos, sin decirlo, que quizá la vida iba de eso: de seguir andando, aunque todo alrededor cambie y las cosas, poco a poco, sepan menos.

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