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20.3.26

Adiós Chuck


 Hoy nos ha dejado Chuck Norris a los 86 años. Y cuesta escribirlo sin que la propia frase parezca un error de la realidad, como si el universo hubiera decidido saltarse sus propias normas sin consultarle antes.

Porque durante décadas se dijo, y quisimos creer,que Chuck Norris no envejecía: el tiempo, prudente, pasaba de puntillas a su alrededor. Que no era él quien hacía flexiones, sino la Tierra la que se empujaba hacia abajo para no incomodarle. Que cuando miraba al abismo, era el abismo el que apartaba la mirada. Y ahora, con su marcha, uno casi espera que en cualquier momento se levante, sacuda el polvo de la eternidad y diga que todo esto ha sido un entrenamiento más.

Chuck Norris peleó contra villanos, ejércitos, imposibles… pero también contra algo mucho más silencioso: los años. Y ahí, aunque hoy la noticia nos diga lo contrario, uno sospecha que no ha perdido, sino que simplemente ha decidido retirarse invicto, como hacen los verdaderos mitos, en el momento justo en que la leyenda ya no necesita demostración.

Su figura fue más grande que sus películas, más duradera que sus propias hazañas ficticias. Se convirtió en un símbolo, en un chiste universal que en el fondo escondía admiración: porque todos necesitamos creer que hay alguien capaz de resistirlo todo, incluso lo inevitable.

Y es imposible no viajar, en este momento, a la segunda mitad de los años ochenta, cuando su nombre reinaba en los estantes de los videoclubs. Allí, entre carátulas gastadas y cintas rebobinadas con paciencia, títulos como Desaparecido en Combate, Delta Force, Invasión USA o McQuade, lobo solitario eran promesa de un fin de semana perfecto. Aquellos viernes por la tarde, con la elección casi ceremonial de una VHS, el sonido del plástico al salir de la caja, y la certeza de que durante hora y media el mundo se arreglaría a base de justicia directa y mirada imperturbable. Norris no era solo un actor: era el rey indiscutible de aquel pequeño templo doméstico donde crecimos creyendo que los héroes existían.

Pero ni siquiera Chuck Norris podía derrotar del todo al tiempo. Y quizá ahí reside la última lección: que hasta los gigantes terminan caminando hacia el mismo horizonte que nosotros.

Hoy no solo se va un icono; se nos escapa un pedazo de infancia y adolescencia. Aquellas tardes de televisión, de héroes invencibles, de mundos donde el bien siempre ganaba con una patada giratoria perfectamente ejecutada. Ídolos que parecían eternos, como lo éramos nosotros entonces.

Y sin embargo, el tiempo, ese rival al que nadie ha conseguido tumbar, sigue avanzando. Se lleva nombres, rostros, voces… y nos deja a cambio el recuerdo. Quizá ahí, en esa memoria que se niega a rendirse, es donde nuestros héroes encuentran su verdadera inmortalidad.


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