Hay lugares a los que uno no va, sino a los que vuelve. Y Miranda del Castañar es exactamente eso: un regreso. Un pequeño milagro de piedra detenido en el tiempo, con su muralla abrazando calles estrechas, balcones de madera que crujen historias y un aire limpio que parece recién estrenado cada mañana.
Han sido cinco días de descanso sin prisas, de esos que no se miden en horas sino en pasos. Pasos por senderos que serpentean entre árboles, como el Camino de los Rodales, donde el silencio no es ausencia, sino compañía. Allí, entre hojas y sombras de almendros en flor, uno recuerda que la naturaleza no necesita artificios para conmover.
También nos dejamos caer por La Alberca, siempre tan coqueta, tan consciente de su belleza, con sus calles y plazas que parecen preparadas para una fotografía eterna y sus rincones donde el tiempo se toma un vino y decide quedarse un rato más.
Y cómo no, hubo también ese momento casi ritual de bajar a Bodega La Muralla, donde el tiempo parece aún más lento, más denso, como si el vino y la piedra se hubieran puesto de acuerdo para conservar no solo el sabor, sino también la memoria.
Y luego estuvo el río. El río Francia, claro. Ese hilo de agua fresca que canta sin saber que lo escuchamos. Allí el mundo se reduce a lo esencial: el rumor del agua, la luz filtrándose entre las ramas y esa sensación, tan rara, tan necesaria, de que todo está bien, al menos por un instante.
Entre paseo y paseo, como manda la tradición no escrita de las buenas vacaciones, hicimos parada técnica en los bares que ya son casi parte de nuestra familia Mirandeña: Bar Pavón, Las Petronilas y La Mandrágora. Allí, entre botellines (sin Alcohol) y aperitivos generosos, arreglamos el mundo como se arreglan estas cosas: sin solucionarlo, pero con buena intención y mejor compañía.
Han sido días de conversación lenta, de risas sin motivo concreto, de cielos limpios y noches que invitan a alargar el momento un poco más. Días que no pretenden ser extraordinarios, pero que acaban siéndolo precisamente por eso.
Una Semana Santa más. Y, sin embargo, distinta. Porque cada vez que volvemos, somos un poco otros… y el lugar, con su calma infinita, se encarga de recordarnos quiénes seguimos siendo.



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