En la barriada de Santa Catalina, a las afueras de Mérida, donde el polvo del verano se pegaba a las sandalias como una segunda piel y los inviernos se anunciaban con un viento que parecía tener memoria, los niños de mediados de los años 80 crecían entre canicas, chapas, cromos de fútbol y los primeros destellos de una televisión en color que aún se veía como un lujo casi mágico.
Allí, entre descampados con matojos, bloques de viviendas con ropa tendida y balcones donde las madres vigilaban desde la ventana mientras preparaban lentejas, corría una historia que no venía en los tebeos de entonces, pero que tenía más fuerza que cualquier aventura de Mortadelo y Filemón.
Dominando el horizonte con una solemnidad antigua que ni los más gamberros se atrevían a desafiar del todo, se alzaban los restos del Acueducto de San Lázaro. Tres pilares robustos, supervivientes obstinados de un pasado romano que nadie terminaba de comprender, pero que todos respetaban a su manera. Tenían casi veinte metros de altura y estaban hechos de piedra granítica y ladrillo, como si alguien hubiera querido mezclar la fuerza con la paciencia. Pero lo que muchos desconocían, y que algún maestro explicó una vez en clase, sin demasiado éxito, era que aquellos arcos no eran del todo los mismos que levantaron los romanos: en el siglo XVI, cuando la vieja Mérida ya era otra ciudad, se reconstruyó el acueducto para devolverle su función. Se aprovecharon los restos antiguos, sí, pero se añadieron nuevos tramos, con técnicas y materiales de otra época, en un intento casi humilde de dialogar con la grandeza pasada. Era, en cierto modo, una obra mitad romana, mitad renacentista, como si el tiempo hubiera decidido no borrarlo del todo, sino remendarlo.
A los ojos de los niños, aquello no era una obra de ingeniería: era un decorado perfecto para leyendas. Decían que por allí había pasado el agua de toda una ciudad, que venía de manantiales lejanos, atravesando galerías subterráneas antes de alzarse en aquellos arcos para salvar el valle del Albarregas. Y, sobre todo, era el lugar ideal para que cualquier historia pareciera un poco más cierta.
Se trataba de la leyenda de Atanagildo “el de los tres años”.
Nadie sabía con certeza quién había sido el primero en decirlo. Tal vez fue el del quiosco, la de la panadería, o quizás el padre de alguno de los chavales, en una sobremesa de vino y confidencias mal digeridas en el único bar que había en el barrio. El caso es que, como ocurre con las historias que sobreviven al paso del tiempo, alguien soltó la frase en el recreo:
—Ese chaval estuvo tres años en la barriga de su madre.
Y ya no hubo vuelta atrás.
Los niños de Santa Catalina eran expertos en la exageración, pero aquello… aquello no era una exageración cualquiera. Era, según decían, un “hecho”. Tres años completos. Treinta y seis meses. Más tiempo dentro que fuera. Una especie de milagro biológico, o un castigo divino, según quién lo contara.
Atanagildo, el supuesto protagonista de la historia, era un chaval delgado, de mirada esquiva y gesto reservado. No hablaba mucho, lo cual, en aquella edad, era casi más sospechoso que hablar demasiado. Mientras los demás corrían detrás de un balón o discutían sobre quién era mejor entre Hugo Sánchez y Butragueño, él prefería quedarse al margen, observando, como si ya hubiera vivido demasiadas vidas como para implicarse en otra más.
—Normal —decía algún niño con gravedad—. Después de tres años ahí dentro, el pobre no debe tener ganas de correr.
Y así se consolidaba el mito.
La imaginación infantil, que no conoce límites, comenzó a adornar la historia con detalles cada vez más elaborados. Se decía que X había aprendido a escuchar las conversaciones desde el vientre, que había oído partidos de fútbol por la radio del bar de la esquina, que incluso había desarrollado un carácter filosófico debido al prolongado encierro prenatal.
—Por eso habla poco —afirmaba Paco, el más avispado—. Ha tenido tres años para pensar las cosas antes de decirlas.
—Y para aburrirse —añadía otro—. Imagínate estar tres años sin ver la tele ni jugar a las estampas.
La leyenda llegó a tal punto que, en los partidos de fútbol en el descampado, si Atanagildo cometía un error garrafal, alguien siempre encontraba la forma de justificarlo:
—Normal, acho. Lleva menos tiempo fuera que dentro.
Hubo incluso un verano en que, tras escuchar en la radio una y otra vez “Sufre Mamón” de Hombres G, los chavales decidieron que Atanagildo también habría escuchado esa canción… pero desde dentro. Así que, cada vez que sonaba en el radiocasete de alguno, todos miraban a Atanagildo con solemnidad impostada:
—A ti te suena más antigua, ¿eh?
En otra ocasión, durante una noche de verano en la que algunos mayores hablaban de la película "El viaje a ninguna parte", uno de los niños aseguró que Atanagildo ya había “visto cine” antes de nacer.
—Tres años ahí dentro… algo tuvo que ver —sentenció—. Seguro que por eso no le gustan las pelis de miedo.
Y aquello derivó en una prueba absurda: encerraron a Atanagildo en un trastero oscuro durante medio minuto para “comprobar su resistencia”. Atanagildo salió igual que entró, pero los demás interpretaron su calma como una confirmación:
—¿Lo ves? Si es que está acostumbrado.
El niño, por su parte, parecía asumir su papel con una mezcla de resignación y desconcierto. A veces, cuando escuchaba a los demás hablar de su “extraña gestación”, bajaba la cabeza y sonreía levemente, como quien ha oído una historia que, aunque no entiende, ya ha aceptado como propia.
Lo más intrigante del asunto era que nadie sabía con exactitud si aquello era verdad o no. No había médicos citados, ni documentos, ni pruebas. Solo el relato oral, esa tradición tan antigua como el propio barrio, que convertía cualquier rumor en una verdad incuestionable.
Algunas madres, al escuchar a sus hijos repetir la historia, fruncían el ceño.
—Eso son tonterías —decía alguna—. Eso no puede ser.
Pero luego, al cruzarse con la madre de Atanagildo en la carnicería o en la cola del pan, miraban con una mezcla de curiosidad y respeto, como si aquella mujer ocultara un secreto digno de un programa especial de Fernando GarcíaTola.
—¿Tres años…? —susurraba una vecina—. Qué cosa más rara, ¿no?
—Ni que lo digas —respondía otra—. Pero el niño… bueno, el niño se le ve muy tranquilo.
Y así, entre dudas y cuchicheos, la leyenda se mantenía viva.
Entre tanto, la vida seguía con su banda sonora particular: en las ventanas abiertas sonaban “Cruz de navajas” y “En algún lugar”, mientras algunos mayores comentaban las películas de Pedro Almodóvar como "La ley del deseo" o, ya al final de la década, "Mujeres al borde de un ataque de nervios". Y siempre había alguien que, al ver a Atanagildo tan callado, añadía:
—Este chaval es más de pensar… normal, con lo que ha vivido.
Con los años, los chavales crecieron, algunos se fueron a estudiar fuera, otros encontraron trabajo en la construcción, en talleres, en oficinas o en la propia Mérida turística que comenzaba a despertar con cierto aire moderno. La barriada cambió, los descampados dieron paso a más edificios, y los partidos de fútbol fueron sustituidos por conversaciones sobre trabajos, familias y facturas.
Atanagildo también creció, claro. Pero su fama no lo hizo en paralelo. Seguía siendo “el de los tres años”, incluso cuando ya no era niño.
—¿Tú te acuerdas de Atanagildo? —decía alguno, ya con cincuenta años—. El que estuvo tres años en la barriga de su madre.
—Sí, hombre… —respondía otro—. Eso no puede ser verdad.
Y sin embargo, ninguno se atrevía a descartarlo del todo. Porque en la memoria del barrio, lo extraordinario siempre encuentra un lugar donde quedarse.
Cuarenta años después, en alguna reunión de antiguos vecinos, entre copas de vino y risas que mezclan nostalgia y cansancio, alguien siempre termina sacando el tema.
—Oye… lo de Atanagildo…
Y entonces se produce un silencio breve, ese silencio que aparece cuando una historia no necesita pruebas para seguir existiendo.
—Tres años… —dice uno, pensativo—. ¿Tú crees que eso era verdad?
Nadie responde.
Porque, en el fondo, en Santa Catalina, lo importante nunca fue si la historia era cierta o no. Lo importante era que, durante un tiempo, todos la creyeron lo suficiente como para convertirla en parte de su propia infancia.
Y hay cosas que, aunque nunca hayan ocurrido, se quedan viviendo para siempre.
Como los veranos interminables.
Como los partidos de fútbol al atardecer en verano
.
Y como Atanagildo… aquel niño que, dicen, pasó tres años escuchando el mundo desde dentro, antes de atreverse a salir a vivirlo por sí mismo.

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