Así, separado con bisturí, como quien abre un cadáver para enseñarnos dónde estaba la bala.
Porque de demos ya apenas queda el eco griego, la vaga ilusión romántica de que el pueblo decide algo, y lo que permanece, sólido, blindado, con chófer, escolta y consejo de administración, es el MO: el mecanismo, la maquinaria, la mordaza, el monopolio.
La democracia de hoy es muchas veces una DEMO.
Una demostración.
Una maqueta institucional expuesta detrás de un cristal para que el ciudadano pulse botones que no están conectados a nada.
Voten aquí.
Indígnense allí.
Debatan en redes.
Cambien su foto de perfil.
Sientan que participan mientras otros redactan el guion del planeta en despachos sin ventanas.
Nos dijeron durante décadas que la democracia era el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Y al final ha resultado ser el gobierno del marketing, por el lobby y para el mercado.
Ya no gobiernan los partidos: gestionan franquicias ideológicas.
Ya no hay líderes: hay community managers con corbata.
Ya no existen estadistas: existen fabricantes de titulares de veinticinco segundos para una ciudadanía reducida a consumidor nervioso de miedo, inflación y entretenimiento.
La palabra Democracia suena hoy a esas urbanizaciones con piscina comunitaria que se llaman “Residencial Paraíso” y están construidas junto a la autovía y una gasolinera.
Promete jardín y entrega hormigón.
Mientras el ciudadano discute por siglas, por banderas, por consignas rehechas en TikTok, el tablero mundial se reparte entre imperios viejos con dentadura nuclear y potencias nuevas con sonrisa de algoritmo.
Estados Unidos predica libertad mientras exporta guerras con envoltorio humanitario.
Rusia habla de defensa mientras mastica territorios.
China compra medio mundo en silencio, sin necesidad de discursos morales porque descubrió hace tiempo que el dinero coloniza mejor que los ejércitos.
Unión Europea, mientras tanto, asiste a la partida como ese primo educado al que invitan a la mesa de los mayores para que crea que cuenta.
Y en medio de ese ajedrez de misiles, gas, chips, rutas marítimas y propaganda, nosotros seguimos acudiendo cada cuatro años a depositar una papeleta como quien deja una moneda en un pozo seco y pide un deseo.
La gran perversión del sistema no es que mienta.
Los sistemas siempre han mentido.
La gran perversión es que ha logrado que la mentira venga con himno institucional, con rueda de prensa y con tipografía oficial.
Hoy la democracia no teme a las dictaduras clásicas; de hecho, hasta las envidia un poco por su eficacia.
Lo que ha construido Occidente es algo más refinado: una Demo-cracia, es decir, una representación permanente de libertad donde todo parece discutible excepto aquello que de verdad importa:
quién maneja la energía,
quién imprime el dinero,
quién fabrica las armas,
quién controla los datos,
quién decide qué guerra merece lágrimas y cuál merece silencio.
El ciudadano puede elegir entre izquierda maquillada, derecha rehecha, centro evaporado o populismo de temporada, pero jamás vota al auténtico soberano: el consejo invisible de intereses financieros que no se presenta a elecciones porque no necesita rebajarse a pedir permiso.
La democracia actual es como esos mandos a distancia sin pilas que se les dan a los niños para que crean que conducen.
Hace clic.
Suena.
Entretiene.
Pero el coche lo lleva otro.
Y entretanto el mundo arde con una serenidad escalofriante:
fronteras convertidas en trincheras,
migraciones masivas usadas como arma arrojadiza,
la información prostituida,
la verdad convertida en una estadística opinable,
y millones de personas defendiendo con pasión equipos políticos que cambiarían de discurso mañana mismo si así lo ordenara una encuesta.
Por eso quizá ya no deberíamos llamarla Democracia.
Habría que escribirla como realmente funciona:
DE-MO-CRACIA.
DE: de nosotros, porque siempre sale de nuestro bolsillo.
MO: montaje, porque casi todo es escenografía.
CRACIA: del griego deformado hasta sonar a “crack”, a fractura, a quiebra.
El poder del pueblo se ha convertido en el pueblo al servicio del poder.
Y seguimos llamándolo libertad porque la palabra jaula resultaba demasiado ofensiva para imprimirla en los discursos.

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