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25.4.26

Michael

 


Hubo un tiempo, y quienes nacimos en los años setenta lo sabemos bien, en que la música no era un simple acompañamiento para llenar silencios, sino una forma de vivir, de sentir y hasta de soñar. Las canciones no aparecían por millares en una plataforma digital para ser olvidadas a los tres minutos; llegaban con la solemnidad de los grandes acontecimientos. Se esperaban. Se comentaban. Se grababan en cintas. Se escuchaban una y otra vez hasta gastarlas.

Y en aquel universo analógico, maravilloso e imperfecto, había una figura que no se parecía a nadie.

Michael Jackson.

Decir hoy su nombre sigue provocando una pequeña sacudida en la memoria. Porque Michael no fue únicamente un cantante ni un bailarín extraordinario. Fue una época. Un idioma universal. Un latido compartido por millones de adolescentes que descubrimos con él que una canción podía ser espectáculo, cine, emoción, fantasía y modernidad al mismo tiempo.

Yo fui uno de aquellos adolescentes atrapados para siempre por su hechizo.

Lo digo sin rubor y con la misma mezcla de orgullo y ternura con la que uno recuerda sus primeras devociones: fui superfán de Michael Jackson. De los de verdad. De los que aguardaban ansiosos cada estreno, cada videoclip, cada fotografía en una revista, cada aparición televisiva. De los que intentaban imitar en casa cuando no había nadie, con resultados más cercanos al esguince que a la genialidad, aquel moonwalk imposible sobre el suelo del salón. De los que soñaban con un guante brillante, con una chaqueta roja, con un sombrero ladeado y con esa forma suya de inclinar el cuerpo como si las leyes de la física solo fueran obligatorias para los demás.

Michael fue banda sonora de mi adolescencia, sí, pero también de todo lo que vino después.

Ha estado sonando en mis días felices y en mis días grises. En viajes largos, en noches de nostalgia, en momentos de euforia y en esas ocasiones en las que uno necesita regresar a una versión más luminosa de sí mismo. Sus canciones han envejecido conmigo, acompañándome silenciosamente hasta estos actuales 53 años, y cada vez que suena Billie Jean, Human Nature, Man in the Mirror o Will You Be There, siento la extraña certeza de que algunas músicas no pasan: nos habitan.

Por eso enfrentarme a Michael, este biopic cinematográfico en 2026 dirigido por Antoine Fuqua, no era para mí asistir a una película más. Era casi una cita emocional. Un reencuentro con una parte esencial de mi vida.

Y debo decirlo desde ya: la película no decepciona. Al contrario. Con sus inevitables licencias y su tono abiertamente homenajeante, consigue algo muy difícil: que durante más de dos horas no veamos solo a un personaje en pantalla, sino que volvamos a sentir lo que significó aquel fenómeno cultural descomunal. La película destaca precisamente por su ambición visual y por la poderosa respuesta sentimental del público que creció con su música.

Una superproducción al servicio de un mito

Lo primero que deslumbra en Michael es su impresionante factura técnica.

La reconstrucción de las décadas de los sesenta, setenta y ochenta es fastuosa. Estudios de grabación, escenarios televisivos, conciertos multitudinarios, camerinos, ensayos, hoteles, limusinas, ruedas de prensa, videoclips… todo está reproducido con un detalle casi obsesivo. La ambientación no parece impostada: respira, vibra, huele a aquel tiempo.

Y eso tiene un valor añadido para quienes vivimos aquellos años: no solo vemos la vida de Michael Jackson, sino también la de nuestra propia generación desfilando entre neones, casetes, chaquetas con hombreras y televisores de tubo.

La producción entiende algo fundamental: Michael Jackson no puede contarse en pequeño formato. Su historia exige grandiosidad porque él fue grandioso.

Existía una enorme inquietud en torno al actor encargado de encarnarlo, pero Jaafar Jackson, sobrino de Michael e hijo de Jermaine, no solo aprueba: conmueve.

Hay momentos en los que uno olvida que está viendo una interpretación. La manera de caminar, de bajar la mirada, de contener la sonrisa, de ejecutar los giros, de mover manos y hombros con esa elasticidad felina… todo produce la sensación de que Michael se ha filtrado por una grieta del tiempo.

Pero lo más importante no es el parecido físico, que es asombroso, sino la delicadeza con la que Jaafar capta la fragilidad interior del personaje. Porque detrás del icono había un niño exhausto, un adulto herido y un genio incapaz de encontrar paz. La película sabe mostrar eso sin romper nunca el hechizo del mito.

Además, varias secuencias musicales integran su propia voz junto a registros originales, reforzando una autenticidad emocional que se percibe desde el primer número.

Pero sería injusto centrar todos los elogios únicamente en Jaafar Jackson, porque el reparto de apoyo sostiene con enorme solvencia el universo emocional que rodea al artista. Colman Domingo compone un Joe Jackson duro, severo y en ocasiones casi intimidante, transmitiendo con una sola mirada la férrea disciplina y la presión asfixiante que marcaron la infancia de los Jackson. Nia Long aporta, por el contrario, la calidez y la ternura materna necesarias para equilibrar tanta exigencia, dibujando una Katherine Jackson serena y protectora. Miles Teller ofrece un John Branca elegante y medido, muy convincente como figura del engranaje empresarial que acompañó al cantante en su ascenso. Y alrededor de ellos brillan también las interpretaciones de Kendrick Sampson como Quincy Jones, Kat Graham como Diana Ross o Larenz Tate como Berry Gordy, todos ellos aportando credibilidad y espesor a una narración que necesitaba rodear al mito de rostros igualmente reconocibles y llenos de matices. El filme cuenta precisamente con este sólido elenco coral en torno a Jaafar Jackson, una de las bazas más celebradas de la producción.

Pero si algo convierte a Michael en una experiencia y no en una simple biografía son sus recreaciones musicales.

La puesta en escena de Don’t Stop ’Til You Get Enough, Billie Jean, Beat It, Thriller o Bad está rodada con un pulso vibrante, casi eléctrico. No se trata de insertar canciones conocidas para despertar nostalgia fácil, se trata de reconstruir el instante exacto en que aquellas canciones cambiaron la cultura popular.

Y vaya si lo consigue.


Ha habido momentos en los que, sentado ante la pantalla,  he sentido un pequeño nudo inesperado en la garganta. Porque no estaba viendo solo una coreografía impecable: estaba viendo regresar al muchacho que fui, aquel adolescente que ahorraba para comprar revistas, cintas y pósters, que discutía con amigos sobre cuál era el mejor videoclip del mundo y que pensaba sinceramente que nadie, jamás, podría ser más grande que Michael Jackson.

Y quizá no se equivocaba.

Antoine Fuqua filma desde la admiración, y eso aquí suma. Se ha dicho que la película es reverencial. Y lo es. Pero sinceramente, ¿cómo no serlo ante una figura de esta magnitud?

Antoine Fuqua no rueda un juicio sumarísimo ni un reportaje televisivo. Rueda un homenaje cinematográfico. Una carta de amor a un artista que marcó la sensibilidad de varias generaciones. Y en ese enfoque encuentra su mayor virtud: emocionar sin cinismo.

La película no busca desmontar al mito; busca recordarnos por qué existió.

Y a veces el cine también debe servir para eso.

El retrato de un tiempo infinitamente más mágico

Hay otro aspecto profundamente conmovedor en Michael: la recreación de una era culturalmente irrepetible.

Viendo la película uno entiende cuánto hemos perdido.

Aquellos años tenían defectos, por supuesto, pero poseían algo que hoy escasea hasta la anemia: capacidad de asombro. Un lanzamiento discográfico era un acontecimiento planetario. Un videoclip paralizaba cadenas de televisión. Una estrella era realmente una estrella, no una cara más flotando en el océano histérico de las redes sociales.

Hoy todo nace y muere en cuestión de horas.

Antes, los ídolos duraban décadas porque estaban hechos de talento, de misterio y de distancia.

Michael Jackson pertenecía a ese último linaje de gigantes.

Nos sigue haciendo falta Michael

Cuando terminan los créditos de Michael uno sale con una mezcla de alegría y tristeza.

Alegría por haber vuelto a encontrarse con una figura inmensa.

Y tristeza porque comprende que el hueco sigue vacío.

A mis 53 años, después de tantas modas musicales, tantos fenómenos fugaces, tantos artistas promocionados, tengo la misma convicción que tenía con quince: no ha habido otro igual.

Su música me ha acompañado en todas las estaciones de la vida. En la adolescencia me enseñó el asombro. En la juventud me dio energía. En la madurez me ofrece refugio. Y hoy, cuando lo escucho, no solo escucho canciones: escucho al muchacho que fui, a los años que se marcharon y a una parte del mundo que era mucho más luminosa.

Esta película logra precisamente eso: no solo homenajear a Michael Jackson, sino recordarnos la falta inmensa que nos hace.

Nos hace falta su talento descomunal.

Nos hace falta su capacidad de sorprender.

Nos hace falta esa sensación de que aún pueden existir artistas capaces de detener el planeta con una sola canción.

Nos hace falta Michael porque, en cierto modo, nos hace falta volver a creer en la grandeza.

Y durante dos horas largas, esta hermosa película consigue el milagro de devolvérnosla.

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