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28.4.26

Veinte años esperando que cambien los vientos

 


Parece mentira escribirlo, porque uno sigue entrando aquí, y más en los últimos tiempos, con la misma ceremonia doméstica de siempre, encender el ordenador o el móvil, pensar un tema, pelearse con una frase inicial, pulsar “publicar” y quedarse mirando unos segundos la pantalla como quien lanza una botella al mar, pero han pasado ya veinte años desde que Cambiarán los vientos echó a andar en aquella lejana primavera de 2006. Veinte años. Dos décadas. Un tiempo suficiente para que un niño naciera, creciera, empezara estudiar una carrera y hasta descubriera que la vida adulta consiste básicamente en pagar facturas y suspirar los domingos por la tarde. Y, sin embargo, aquí seguimos.

Cuando este blog comenzó, internet era otro planeta. La palabra “blogosfera” sonaba casi grandilocuente, como si detrás de cada pantalla hubiese una pequeña república de escritores aficionados, cinéfilos, poetas nocturnos, cronistas de su ciudad o región, indignados políticos, melancólicos sin remedio y gente con algo de tiempo libre y demasiadas cosas que decir. Y qué maravilla fue aquello. Había una sensación de descubrimiento continuo, de comunidad espontánea, de conversación sin algoritmos. Uno publicaba un texto sobre cine clásico, una reflexión de madrugada o una tontería política, y al poco aparecían comentarios de gente de Sevilla, de Zaragoza, de Argentina o de un pueblo perdido de Cuenca. Nos leíamos, nos enlazábamos, discutíamos, nos recomendábamos música, libros y películas. Era un internet menos histérico y más humano; menos rápido, pero infinitamente más cercano.

En aquella, ya algo lejana, primavera de 2006 ya asomaban en estas páginas los primeros textos: cine, música, política, humor, pequeñas nostalgias y esa mirada entre irónica y sentimental que desde entonces ha ido marcando el pulso del blog.  Con el tiempo, Cambiarán los vientos fue dejando de ser un simple pasatiempo para convertirse en una especie de diario paralelo, en una hemeroteca emocional donde han ido quedando archivadas no solo opiniones o artículos, sino etapas enteras de la vida.

Porque un blog, cuando dura veinte años, deja de ser una página web para convertirse, a veces, en un espejo. Aquí están parte de mis entusiasmos de juventud, algunos cabreos de mediana edad, mis descubrimientos culturales, mis pérdidas, mis viajes, mis homenajes, mis bromas y también mis silencios. Aquí han quedado fijados días luminosos y otros no tanto. Hay entradas escritas con euforia, otras con tristeza, otras con rabia, y muchas con esa nostalgia inevitable que nos va regalando la edad como quien no quiere la cosa. Sin darme cuenta, este rincón ha terminado siendo una autobiografía dispersa, escrita no con grandes acontecimientos, sino con los pequeños latidos de cada época.

Y en este aniversario, más que mirar lo escrito, me apetece mirar a quienes lo habéis leído.

A los que llegasteis cuando los blogs eran una plaza pública y comentar era casi una costumbre sagrada.

A los que estuvisteis años dejando palabras amables, discusiones inteligentes o simples saludos.

A los que desaparecisteis con el tiempo porque la vida, como siempre, os llevó por otros caminos digitales o reales.

A los que seguís entrando en silencio, quizá sin comentar, pero estando.

Y a los que habéis descubierto este lugar hace poco y os habéis quedado.

Gracias.

Porque un blog, en ocasiones, parece un monólogo en una habitación cerrada, y vosotros habéis conseguido que durante veinte años esto fuese conversación, compañía y estímulo. Muchas veces uno ha seguido escribiendo por pura inercia sentimental; otras, por necesidad; otras, sencillamente porque tal vez al otro lado habría alguien leyendo con un café, con insomnio o con la misma melancolía.

En 2016, cuando se cumplieron diez años, apenas escribí un escueto “nada más que añadir”.  Quizá porque aún no era consciente de que el tiempo corre con una velocidad indecente. Diez años entonces parecían muchos, hoy me parecen un ensayo general de esta cifra redonda y casi solemne de los veinte.

Han cambiado las redes, han cambiado las modas, han desaparecido cientos de blogs hermanos, la inmediatez se ha impuesto, la lectura reposada cotiza a la baja y ahora todo parece medirse en vídeos de quince segundos y opiniones de usar y tirar. La vieja blogosfera ya no tiene aquel bullicio romántico de café literario virtual. Pero precisamente por eso seguir aquí tiene algo de resistencia tranquila, de faro modesto, de reivindicación de la palabra escrita sin prisas. Mantener un blog en 2026 es casi un acto de romanticismo, una pequeña insurrección contra el ruido.

Y supongo que por eso continúo.

Porque escribir aquí ya no depende de tendencias ni de estadísticas ni de visitas. Depende de una costumbre del alma. De esa necesidad antigua de sentarse a ordenar pensamientos, recuerdos, homenajes, enfados o nostalgias y dejarlos flotando en este pequeño puerto digital que ya forma parte de mi vida.

Veinte años después, uno comprende que el tiempo no pasa: se deposita. Se va quedando en las frases, en los archivos, en las fotografías mentales, en los nombres de quienes estuvieron y en los temas que ya no volverán. Y también se queda en uno mismo, que relee entradas antiguas y descubre a un Alberto más joven, más impulsivo, quizá más ingenuo, y con muchas menos lecturas en cuerpo y alma, pero reconocible en el fondo. Ese diálogo entre el que fui y el que soy es, posiblemente, el mayor regalo que me ha dado este blog.

No sé si los vientos han cambiado del todo. La verdad es que la vida suele ser menos meteorológica y más caprichosa. Pero sí sé que, pese a temporales, desgastes, cansancios y etapas de sequía, este rincón ha resistido.

Y mientras queden ganas de mirar el mundo con ironía, de emocionarse con una película vieja, de indignarse con la actualidad, de recordar lo perdido y de ponerle palabras a lo que nos remueve por dentro, Cambiarán los vientos seguirá teniendo sentido.

Así que aquí estoy: veinte años después, un poco más viejo, bastante más consciente de lo deprisa que corre todo, pero todavía con la obstinación intacta.

Ojalá la salud, el ánimo, la memoria y las musas, que son señoras muy suyas, permitan que dentro de otros veinte años pueda escribir algo parecido, aunque ya necesite gafas con lupa, una silla ortopédica y un café descafeinado por prescripción facultativa.

Gracias por haber estado.

Gracias por seguir estando.

Y que cambien los vientos, si quieren.

Yo, de momento, sigo escribiéndolos.

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