Hay mañanas en las que uno se levanta con la firme intención de cumplir con sus obligaciones cívicas, cuidar su salud y, en definitiva, ser un ciudadano ejemplar. Luego está la realidad, que acostumbra a tener el sentido del humor de un guionista con resaca. Lo que me ocurrió esta semana un el Centro de Salud Extremeño pertenece, sin duda, a esta segunda categoría: una experiencia tan rigurosamente cierta que, de haberla leído en un libro, habría acusado al autor de exagerado.
Acudí puntual a mi cita de las 9:30 con la enfermera Puri, dispuesto a enfrentar con entereza esa revisión periódica de mi “nueva normalidad”, expresión que, sospecho, fue inventada para evitar términos más descarnados y menos poéticos. Caminaba yo con paso decidido, casi heroico, cuando al llegar a la puerta de la consulta descubrí el primer indicio de que la jornada no discurriría por cauces ordinarios.
Un cartel, sobrio pero contundente, anunciaba: “Los pacientes de la enfermera Puri serán atendidos en la consulta de la enfermera Lorena”. Nada grave, me dije. Las instituciones modernas requieren flexibilidad; el cambio es ley de vida. Así que, con la serenidad de quien aún cree en la lógica, emprendí la búsqueda de la consulta de Lorena.
Tras un breve peregrinaje por pasillos idénticos, que bien podrían haber sido diseñados por un arquitecto con vocación de ilusionista, llegué a mi destino. Allí me aguardaba el segundo acto de esta comedia: otro cartel, que rezaba con idéntica solemnidad: “Los pacientes de la enfermera Lorena serán atendidos por la enfermera Juana María”.
En ese momento, una sombra de duda cruzó mi ánimo. Recordé vagamente a Kafka, a sus funcionarios impenetrables y sus procesos interminables. Pero decidí perseverar. Después de todo, la salud es lo primero… incluso si hay que atravesar varias dimensiones para alcanzarla.
Así llegué a la consulta de la enfermera Juana María. Y fue entonces cuando el universo, en un alarde de ironía casi literaria, desplegó su golpe maestro. El cartel final, el broche de oro, decía: “Los pacientes de la enfermera Juana María serán atendidos por la enfermera Puri”.
Confieso que me quedé inmóvil unos segundos, contemplando aquel círculo perfecto, casi platónico, de derivaciones imposibles. Aquello no era un centro de salud: era una alegoría del eterno retorno, una versión sanitaria del mito de Sísifo, condenado no a empujar una piedra, sino a cambiar de consulta sin fin. Si Franz Kafka hubiera tenido tarjeta sanitaria, probablemente habría escrito El proceso clínico.
Decidí entonces acudir a información, ese santuario laico donde el ciudadano deposita sus últimas esperanzas. Tras exponer mi odisea, que ya para entonces tenía tintes de epopeya homérica, una voz tranquila me indicó que debía dirigirme, en realidad, a la enfermera María José.
Y allí, por fin, encontré algo parecido a la cordura. María José no solo existía, sino que además fue extraordinariamente amable y eficiente, una profesional que parecía haber escapado de otro sistema más benévolo. Lamentablemente, no le constaba mi cita, porque, cómo no, los pacientes de la enfermera Puri no habían sido correctamente derivados. En cierto modo, seguían atrapados en ese limbo administrativo, vagando de puerta en puerta como personajes secundarios de una novela inacabada.
Salí del centro de salud con una mezcla de alivio, desconcierto y una ligera sospecha de haber participado en una performance contemporánea sin haber sido informado previamente.
Quizá la vida moderna no sea más que eso: una sucesión de pasillos, carteles contradictorios y puertas que nos devuelven al punto de partida. Nos gusta pensar que todo responde a un orden, a una lógica invisible, pero a veces, solo a veces, el mundo se comporta como una comedia de enredos escrita por un dios bromista.
Y sin embargo, en medio del desconcierto, siempre aparece una María José: alguien que, con amabilidad y eficacia, nos recuerda que no todo está perdido, que aún quedan pequeñas islas de sentido en este océano de absurdos.
Eso sí, la próxima vez acudiré al centro de salud con provisiones, un mapa… y, por si acaso, una brújula. Porque uno nunca sabe si va a una consulta médica o a protagonizar, sin previo aviso, su propia aventura literaria.

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