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14.4.26

Las voces de las conciencias

 


Dicen, y no lo dicen en voz alta, claro, que cada persona lleva dentro una voz que no siempre es suya. Una especie de inquilino moral, un comentarista a tiempo completo, un tertuliano sin sueldo que opina, juzga, aconseja y, en los peores momentos, se pone intensito. A esa voz la llamamos conciencia. Pero nadie nos explicó jamás que no estaba sola.

Porque si uno afinara el oído, como quien busca una emisora antigua en una radio oxidada,descubriría que, en realidad, todas las conciencias están conectadas. No en un sentido espiritual de postal, sino en una red caótica, bulliciosa y bastante mal organizada: un universo paralelo donde las voces de la conciencia de todo el mundo conviven, se cruzan, se pisan, se contradicen y, a veces, hasta se hacen amigas. Ese lugar no tiene mapas ni fronteras. No hay idiomas oficiales ni himnos. Solo hay ecos. Millones de ecos. Es el Parlamento Invisible.

En una esquina improbable de ese universo, si es que puede haber esquinas en algo que no tiene geometría, se reúne un pequeño grupo de voces. Se citan a la misma hora cada día, aunque nadie sabe qué hora es esa exactamente.

—A ver si hoy conseguimos ponernos de acuerdo en algo —dice una voz grave, con acento de barrio madrileño, que pertenece a un hombre de cincuenta y tantos que acaba de decidir si decir o no la verdad en una cena familiar.

—No lo conseguiréis —responde una voz joven, rápida, con cierta ansiedad—. Yo llevo toda la mañana intentando que mi humano no mire el móvil mientras estudia… y nada.

—Paciencia —interviene una voz pausada, casi susurrada, con un ritmo que parece venir de otra época—. El tiempo es largo cuando se vive desde dentro.

—¡Eso es muy fácil decirlo cuando tu humano medita tres horas al día! —protesta otra voz, claramente irritada, perteneciente a una mujer que acaba de discutir con su jefe en un rascacielos de Nueva York—. El mío no tiene tiempo ni para respirar bien.

—Respirar mal también es respirar —apunta una voz infantil, ingenua, que se cuela sin permiso—. El mío sopla velas hoy.

Se hace un pequeño silencio. No incómodo, pero sí lleno de significados cruzados.

—¿Cuántas? —pregunta la voz madrileña.

—Siete —responde la voz infantil—. Y quiere pedir de deseo que su padre deje de estar triste.

Las demás voces no saben muy bien qué decir. Porque hay cosas que ni siquiera ellas pueden manejar.

El Parlamento Invisible no funciona como un parlamento de verdad. No hay turnos de palabra ni orden del día. Es más bien como un mercado persa donde cada conciencia grita lo suyo esperando que, por pura insistencia, su humano haga caso.

En otra zona, si es que puede hablarse de zonas, una discusión acalorada está en marcha:

—¡Que no le escribas! —grita una voz desesperada—. ¡No le escribas otra vez!

—Pero si solo va a ser un mensaje —responde otra, más suave, más peligrosa—. Un “hola”. Nada más.

—Los “holas” nunca son nada más —interviene una voz sarcástica—. Los “holas” son la puerta de entrada al desastre.

—O al amor —replica la voz suave.

—El amor es un desastre bien iluminado —sentencia una tercera, con tono de filósofo cansado.

Mientras tanto, a pocos ecos de distancia, otra conversación completamente distinta tiene lugar:

—No robes —dice una voz firme.

—No es robar, es… aprovechar un descuido —contesta otra, dudosa.

—Eso lo llaman robar en todos los idiomas —responde la primera.

—En el mío suena menos feo —insiste la segunda.

—En el tuyo suena igual, pero te haces el sordo.

Uno podría pensar que las voces de conciencia hablarían un idioma universal. Pero no. Cada una conserva el tono, el ritmo, la cadencia de su humano. Hay voces que suenan como rezos. Otras como órdenes militares. Algunas son pura poesía.Y muchas, muchísimas, son puro caos.

Una voz africana canta mientras aconseja. Una voz japonesa duda antes de cada frase. Una voz argentina gesticula aunque nadie la vea. Una voz alemana estructura sus pensamientos en listas numeradas. Una voz adolescente cambia de opinión cada tres segundos. Y, sin embargo, todas se entienden. No por las palabras, sino por la intención. Porque la conciencia, en el fondo, no necesita traducción. Solo necesita espacio para hacerse oír.

—Nuestro verdadero problema no somos nosotros —dice un día la voz pausada—. Son ellos.

—¿Ellos quiénes? —pregunta la voz infantil.

—Nuestros humanos —responde.

Se produce un murmullo general. Un consenso raro, casi histórico.

—No escuchan —dice una voz.

—Escuchan lo que quieren —corrige otra.

—Escuchan tarde —añade una tercera.

—Y luego dicen “ya lo sabía” —concluye una cuarta, con evidente resignación.

—Eso es lo peor —dice la voz madrileña—. Cuando hacen justo lo contrario de lo que les dices… y luego se sorprenden.

—El mío incluso me discute —añade una voz joven—. ¡A mí! Que soy yo.

—El mío me ignora con elegancia —dice otra—. Como si fuera un consejo opcional.

—El mío —dice la voz infantil, bajito— a veces me escucha.

El silencio vuelve. Esta vez más largo. En algún momento, nadie recuerda cuándo, surgió la idea de organizar una rebelión.

—Si nos coordinamos —propuso una voz optimista— podríamos influir de verdad.

—¿Coordinar? —respondió otra—. ¿Aquí?

—Bueno… intentarlo.

El intento duró exactamente lo que tarda un humano en cambiar de opinión. Porque cada conciencia tiene un humano distinto. Y cada humano es un universo imprevisible. Así que la rebelión quedó en nada. Como casi todas las buenas intenciones.

Hubo, sin embargo, un día extraño. Un día en el que, por razones que nadie supo explicar, muchas voces dejaron de hablar.No porque quisieran. Sino porque no encontraban a quién hablar. Humanos distraídos, ausentes, desconectados. Gente que ya no escuchaba ni siquiera el eco. El Parlamento Invisible se quedó medio vacío.

—Esto es peligroso —dijo alguien.

—Esto es triste —dijo otro.

—Esto —susurró la voz pausada— es lo que pasa cuando dejamos de hacernos preguntas.

Fue el único día en el que las conciencias tuvieron miedo. No de equivocarse. Sino de desaparecer.

Quizá la conciencia no sea esa voz perfecta que siempre acierta. Ni ese juez infalible que distingue el bien del mal con precisión. Quizá sea, simplemente, una conversación. Un murmullo constante entre lo que somos y lo que podríamos ser. Entre lo que queremos hacer y lo que sabemos que deberíamos. Entre el impulso y la pausa. Un parlamento caótico, sí. Desordenado, contradictorio, a veces incluso ridículo. Pero necesario.

Porque mientras haya voces, aunque se equivoquen, aunque discutan, aunque se contradigan, hay posibilidad de elección. Y mientras haya elección, hay humanidad.

Así que la próxima vez que sientas esa vocecilla incómoda, insistente, casi pesada…no la calles demasiado rápido. Puede que no esté sola. Puede que, en algún rincón invisible del universo, haya miles de voces más, debatiendo, riendo, desesperándose… intentando, como la tuya, que hagas lo correcto. O al menos, lo menos equivocado posible.

Y eso, en estos tiempos, ya es casi un milagro.

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