Recuerdo aquella primera vez como se recuerdan las cosas que, sin saberlo, nos cambian por dentro. Era una tarde cualquiera de los años ochenta, de esas que caían despacio entre deberes mal hechos y el olor a merienda, aunque en realidad fue en un aula del colegio, en los Salesianos, donde todo ocurrió de verdad. Aquel día, Jesús Mateos abrió un libro con la naturalidad de quien no sospecha que está a punto de dejar una huella indeleble, y comenzó a leernos El monte de las Ánimas. Y el aire de la clase, de pronto, se volvió distinto.
No entendía del todo lo que significaban aquellas palabras, pero sí lo que provocaban. La historia de Beatriz y Alonso, aquella noche de difuntos, los templarios condenados, las ánimas que regresaban reclamando lo que fue suyo… todo se filtraba en mi imaginación con una claridad inquietante. Era un miedo infantil, sí, pero no el miedo burdo de un susto pasajero, sino uno más hondo, más antiguo, como si esas sombras hubieran estado esperándome desde siempre, agazapadas entre los renglones.
Recuerdo incluso cómo la luz entraba por las ventanas del aula, una luz de tarde que nada tenía de amenazante, pero que, sin embargo, no lograba disipar lo que aquellas palabras iban creando. Porque el miedo no estaba fuera, sino dentro. Cada frase de Gustavo Adolfo Bécquer era como una puerta que se abría a un lugar desconocido, donde el viento ululaba entre ruinas y las campanas parecían doblar por los vivos y por los muertos al mismo tiempo.
Sentía cómo el silencio de la clase se hacía más denso. Nadie hablaba. Nadie se movía. Y, sin embargo, estoy seguro de que todos estábamos en otro sitio, lejos de aquellos pupitres, caminando por ese monte maldito, mirando de reojo la oscuridad, temiendo, y deseando a la vez, que algo apareciera.
Y junto al miedo crecía también una emoción extraña, casi hermosa. Había algo fascinante en ese mundo de espectros y promesas incumplidas, en esa forma de contar donde lo terrible y lo poético caminaban de la mano. Aquella lectura no solo nos asustó: nos despertó. Nos enseñó que las palabras podían construir mundos enteros y que, a veces, esos mundos eran más intensos que la propia realidad.
Aquellos años ochenta tenían algo de eso: de misterio sin resolver, de imaginación sin filtros. No había pantallas que lo explicaran todo ni luces que disiparan cada sombra. El miedo vivía en los libros, en las historias contadas en voz alta por un profesor que modulaba la voz lo justo para mantenernos en vilo, en la sugestión de una palabra bien dicha. Y nosotros, niños todavía, lo acogíamos con una mezcla de temor y curiosidad, como quien se asoma a un abismo sabiendo que no va a caer… pero sintiendo el vértigo igualmente.
Después de aquella clase, el mundo no volvió a ser del todo el mismo. Recuerdo salir del colegio y mirar los rincones y esquinas con una atención nueva, como si cualquier sombra pudiera esconder un secreto. Recuerdo también la noche siguiente, en mi habitación, escuchando cada pequeño ruido con una intensidad distinta, como si las ánimas de la historia hubieran aprendido el camino hasta mi casa.
Hoy, en cambio, todo parece más inmediato, más visible, más explicado. El misterio ha perdido terreno frente a la prisa, y el miedo se ha vuelto ruidoso, explícito, casi mecánico. Nos asustan con imágenes, pero ya no nos inquietan con palabras. Y, sin embargo, aquel temblor íntimo, aquel escalofrío que nacía de una voz, la de Jesús Mateos, leyendo a Bécquer, sigue siendo irrepetible.
Quizá porque no era solo la historia lo que nos inquietaba, sino nuestra propia forma de mirarla. Éramos más vulnerables, sí, pero también más abiertos a dejarnos atravesar por lo invisible, más dispuestos a creer que había algo más allá de lo que veíamos.
Y a veces pienso que, en el fondo, crecer ha sido aprender a apagar esas ánimas, a llenar de ruido y certezas lo que antes era silencio y misterio. Pero qué privilegio haber vivido aquel instante, en un aula cualquiera de los Salesianos, cuando un profesor abrió un libro y, sin proponérselo, nos enseñó que el miedo también podía ser hermoso.
Porque hay historias que no terminan cuando se cierra el libro. Se quedan a vivir en uno, como un eco lejano, como un susurro persistente… como esas ánimas que, de algún modo, nunca dejan de volver.


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