Las rosas negras no crecen en jardines,
ni las riega la lluvia ni el sol las despierta.
Nacen en un rincón donde el tiempo se rompe,
donde tu nombre aún late,
pero ya no contesta.
Hay días en que todo sigue intacto,
la taza en su sitio, el sofá esperando,
y sin embargo falta lo imprescindible:
tu forma de habitar el aire,
tu manera de hacer hogar con la mirada.
Te has ido, dicen,
como si irse fuera un verbo sencillo,
como si bastara con doblar una esquina
y no regresar jamás.
Pero no te has ido del todo.
Te escondes en los gestos heredados,
en una risa que a veces me sorprende
y no sé si es mía o es tuya
volviendo sin permiso.
Las rosas negras florecen en silencio,
cuando la noche se alarga demasiado
y la memoria decide abrir sus puertas
sin preguntar si duele.
Duele.
Duele como una casa vacía,
como un reloj que sigue marcando horas
que ya no compartimos.
Duele saber que el futuro
ha perdido tu nombre.
Y sin embargo,
te nombro en voz baja,
como quien enciende una vela
en mitad de un vendaval.
Porque hay ausencias que no se apagan,
que se vuelven raíces invisibles,
que sostienen la vida
aunque todo parezca derrumbarse.
Las rosas negras no mueren,
solo aprenden a vivir en la herida.
Y en esa herida,
todavía,
sigues siendo eterno.

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