La muerte de Jack Taylor, casi a los 100 años, los cumpliría en octubre, deja un silencio extraño en una parte muy concreta del cine. No era una superestrella al uso, ni un actor de alfombra roja permanente, ni un rostro domesticado por la televisión actual. Era otra cosa. Uno de esos actores cuya cara aparecía de madrugada en una película de terror emitida en televisión, en un viejo VHS alquilado en un videoclub de barrio o en un cine de verano donde aún sobrevivían los ecos del fantástico europeo. Y bastaba verle entrar en escena para que todo adquiriese inmediatamente un aire turbio, elegante o amenazador.
Con Jack Taylor se marcha uno de los últimos supervivientes de aquella generación irrepetible de intérpretes que hicieron grande el cine español más popular, extraño, libre y artesanal de los años 60 y 70. Un cine hecho muchas veces con cuatro duros, con ingenio, con jornadas maratonianas y con directores capaces de levantar castillos góticos en mitad de la meseta castellana o laboratorios infernales en estudios diminutos de Barcelona o Madrid.
Nacido en Estados Unidos pero convertido casi en patrimonio sentimental del cine europeo, Jack Taylor encontró en España un lugar donde desarrollar una carrera imposible de imaginar en Hollywood. Aquí trabajó con directores como Jesús Franco, Amando de Ossorio, León Klimovsky o Paul Naschy, convirtiéndose en un rostro fundamental del fantaterror español. Ahí quedan títulos como La novicia asesinada, El buque maldito, Los ojos azules de la muñeca rota o Conde Drácula, pequeñas piezas de un universo cinematográfico que durante décadas fue despreciado por cierta crítica y que hoy se reivindica como un fenómeno cultural único.
Porque aquel cine tenía algo irrepetible. Era un cine fronterizo, mestizo, desacomplejado. Mezclaba terror gótico, erotismo, policiaco, western europeo, ciencia ficción y thriller psicológico con una naturalidad casi suicida. Las películas podían ser imperfectas, delirantes o incluso ingenuas, pero tenían personalidad. Mucha más personalidad que gran parte del cine industrial actual.
Y alrededor de Jack Taylor orbitaba toda una constelación de secundarios y actores de rostro eterno que construyeron la memoria sentimental del cine español. Hombres y mujeres que quizá las nuevas generaciones ya no identifiquen por su nombre, pero cuya presencia sigue grabada en la retina colectiva.
Ahí estaban Lone Fleming vagando entre templarios zombis; Helga Liné aportando misterio y elegancia; Narciso Ibáñez Menta elevando el terror televisivo y cinematográfico a otra dimensión; Víctor Israel con aquel rostro imposible, mitad expresionismo alemán y mitad taberna castellana; Antonio Mayans apareciendo una y otra vez en el universo de Franco; Fernando Sancho adueñándose del spaghetti western europeo; Frank Braña sobreviviendo a balazos, monstruos y persecuciones; José Lifante convertido en rostro omnipresente del cine quinqui, el western y el fantástico; o Manuel Alexandre, capaz de aparecer en cualquier película y dotarla de humanidad inmediata.
Y, por supuesto, estaba Paul Naschy, probablemente el gran icono del fantaterror español, el hombre lobo Waldemar Daninsky, eterno enamorado del monstruo clásico. Películas como La noche de Walpurgis, El espanto surge de la tumba o La residencia forman parte ya de una arqueología sentimental del cine europeo.
Aquellos actores secundarios sostenían películas enteras con apenas dos frases, una mirada o una manera concreta de encender un cigarro. Eran intérpretes curtidos en doblajes, coproducciones internacionales, rodajes caóticos y presupuestos mínimos. Muchos hacían tres películas al año, o cinco. Algunos rodaban westerns en Almería por la mañana y terror gótico en Madrid semanas después. Y aun así lograban crear personajes memorables.
También pertenecían a una España desaparecida: la de los cines de barrio, los programas dobles, las carteleras dibujadas a mano, las novelas de quiosco, los videoclubs llenos de carátulas imposibles y las sesiones nocturnas donde uno descubría películas extrañas sin saber muy bien qué estaba viendo.
Durante mucho tiempo, este cine fue tratado con condescendencia. Parecía “menor”, casi vergonzoso para cierta intelectualidad cultural. Pero el tiempo ha terminado haciendo justicia. Hoy esas películas tienen seguidores en todo el mundo. Se estudian, se restauran y se reivindican. Directores internacionales han reconocido la influencia del fantaterror español y de aquellos artesanos capaces de crear atmósferas inolvidables con muy pocos medios.
La muerte de Jack Taylor no es solo la despedida de un actor. Es también la despedida simbólica de una época del cine español: imperfecta, excesiva, artesanal y profundamente libre. Una época donde los secundarios eran fundamentales, donde los rostros importaban tanto como los protagonistas y donde existía una forma muy física y humana de hacer cine.
Quizá las nuevas generaciones descubran ahora su figura por curiosidad, navegando entre plataformas o leyendo algún homenaje tardío. Ojalá lo hagan. Porque detrás de Jack Taylor no hay únicamente un actor de culto. Hay toda una memoria del cine europeo. Un tiempo de castillos en ruinas, laboratorios envueltos en niebla, templarios ciegos cabalgando de noche y actores inmensos trabajando sin pedir reconocimiento.


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