Hubo un tiempo en que Cáceres parecía vivir de espaldas al mundo. O quizá no de espaldas, pero sí en un margen tranquilo, polvoriento y algo resignado de la geografía española. A finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, Extremadura todavía arrastraba esa vieja sensación de periferia eterna, de tierra hermosa y olvidada, donde las noticias importantes parecían suceder siempre en otra parte. Las grandes giras pasaban de largo, las tendencias culturales llegaban con retraso y la modernidad, muchas veces, venía en autobús de línea desde Madrid con varias horas de demora.
Y entonces apareció el WOMAD.
El festival nacido de la imaginación de Peter Gabriel aterrizó en Cáceres como una especie de milagro improbable. Aquel proyecto multicultural, concebido para reunir músicas del mundo, tradiciones, lenguas y sonidos de distintos continentes, encontró en la ciudad monumental un escenario casi irreal. Nadie habría imaginado que aquellas plazas medievales, acostumbradas al eco de los turistas y al silencio solemne de la piedra antigua, acabarían llenándose de percusiones africanas, gaitas balcánicas, cantos árabes, reggae, flamenco mestizo y ritmos imposibles llegados desde rincones remotos del planeta.
El contraste era perfecto.
Cáceres, con sus murallas, sus cigüeñas y sus calles de otro siglo, se convirtió durante unos días al año en una capital del mundo. Y eso, para quienes crecimos aquí, tenía algo profundamente emocionante. Porque el WOMAD no era solo música. Era una ventana. Una sensación de que el planeta entero cabía de repente en la Plaza Mayor. Era descubrir que existían otros idiomas, otras formas de bailar, otras maneras de mirar la vida.
En aquellos primeros años había algo casi ingenuo y mágico. No existía la hiperconectividad actual. No había móviles grabándolo todo. No se iba al festival pensando en subir vídeos a redes sociales ni en buscar la foto perfecta para Instagram. Se iba simplemente a vivirlo. A perderse entre la multitud. A escuchar grupos de los que no sabías absolutamente nada y que, aun así, terminaban marcándote para siempre.
Yo llegué al WOMAD en 1997.
Y aún puedo recordar aquella sensación.
El calor de mayo suspendido sobre las piedras de la parte antigua. El olor mezclado de cerveza, hierba seca, y otras sustancias, comida callejera y humedad nocturna. Los puestos de artesanía. Las camisetas coloridas. Los tambores sonando a lo lejos mientras uno subía por las escaleras hacia la plaza de San Jorge. Gente de todas partes sentada en el suelo, compartiendo cerveza, calimotxo, conversaciones interminables y una especie de felicidad sencilla que parecía no tener prisa.
El WOMAD de 1997 fue, para muchos, una revelación. Uno era joven y tenía la impresión de que el mundo entero comenzaba allí mismo, entre las luces de la Plaza Mayor y las madrugadas eternas caminando por las calles empedradas. Aquel año dejaron huella actuaciones como las de Khaled, que convirtió la plaza en una fiesta mediterránea imposible de olvidar, o la fuerza de Transglobal Underground, cuyos ritmos parecían llegar directamente de un Londres mestizo y futurista. Había algo especial en aquellos conciertos nocturnos donde las canciones parecían mezclarse con el sonido de las campanas, con las voces lejanas y con el rumor constante de la ciudad respirando.
Luego llegó 1998, y el festival ya era casi un ritual.
El WOMAD, según me han contado, empezaba días antes, mucho antes de que sonara el primer concierto. Empezaba en las conversaciones. En la gente preguntando qué grupos venían aquel año. En los bares llenándose poco a poco. En los primeros viajeros con mochilas enormes. En la sensación de que Cáceres, durante unos días, se transformaba completamente.
Aquellos años tenían además una belleza irrepetible: la sorpresa. Uno no llevaba el festival planificado al minuto. No existían aplicaciones móviles ni horarios consultados veinte veces al día. Muchas veces acababas descubriendo a los mejores artistas casi por accidente. Escuchabas un sonido lejano, doblabas una esquina y allí estaba ocurriendo algo extraordinario.
En 1998 el WOMAD siguió agrandando su leyenda. Aún resuena en la memoria la potencia de Ojos de Brujo, mezclando flamenco, hip hop y ritmos callejeros cuando aquello todavía parecía una rareza revolucionaria. O la delicadeza hipnótica de Natacha Atlas, cuya voz parecía diseñada para perderse entre las piedras iluminadas de la parte antigua. Y unos aún desconocidos Café Quijano. Aquellas noches tenían algo de viaje sin necesidad de moverse de Cáceres.
Y después llegó 1999.
Quizá porque el final del milenio flotaba en el ambiente, quizá porque todos éramos más jóvenes, o quizá porque el recuerdo tiende a embellecer las cosas, pero aquel WOMAD parecía tener una intensidad especial. La ciudad hervía de gente. Había un aire cosmopolita que hoy cuesta explicar a quienes no lo vivieron. Cáceres parecía Londres, Marrakech, Lisboa y La Habana al mismo tiempo. En una sola noche podías escuchar música celta, reggae, flamenco, jazz africano y electrónica tribal.
Y todo convivía de manera natural.
Aquel 1999 dejó conciertos memorables. La energía desbordante de Asian Dub Foundation convirtió la Plaza Mayor en una explosión de baile y reivindicación. Y también hubo momentos casi mágicos con Cesária Évora, cuya voz melancólica parecía detener el tiempo durante unos minutos. Recuerdo mirar alrededor y pensar que muy pocas ciudades podían ofrecer algo así en aquel momento.
El año 2000 tuvo algo simbólico. Era el comienzo de un siglo nuevo y también, sin saberlo, el cierre de una etapa vital. Porque muchas veces no nos damos cuenta de que ciertos años están destinados a convertirse en recuerdo hasta mucho después. Aquel WOMAD todavía conservaba parte de la esencia salvaje y espontánea de los noventa. Aún quedaban noches improvisadas, conversaciones eternas en cualquier rincón y amaneceres caminando lentamente hacia casa mientras las calles recuperaban el silencio.
Y también quedaron actuaciones enormes, como la de Amparanoia, que convirtió el festival en una celebración mestiza y festiva, o la elegancia y profundidad de Youssou N'Dour, cuya música parecía resumir perfectamente el espíritu universal del WOMAD.
Luego la vida siguió.
Y como ocurre tantas veces, uno se fue alejando sin darse cuenta. Cambian las ciudades, cambian las prioridades, cambian los trabajos, los horarios y hasta las personas que nos acompañaban en aquellos años. Durante mucho tiempo el WOMAD siguió existiendo, pero ya desde lejos. Como una música que escuchas a través de una ventana abierta mientras tu vida transcurre en otra parte.
Había años en los que veía alguna noticia. Otros en los que alguien mencionaba un concierto memorable. Pero ya no estaba allí. Y el festival, de alguna forma, quedó unido a una época concreta de la juventud, a unos amigos, a unas noches y a una versión de uno mismo que parecía pertenecer ya al pasado.
Hasta que la vida, con sus extraños círculos, me devolvió definitivamente a Cáceres.
Y entonces volví al WOMAD.
Sobre todo desde 2023.
Y fue una sensación extraña y hermosa al mismo tiempo. Porque muchas cosas habían cambiado, claro. La ciudad es distinta. El festival también. El público también. Incluso uno mismo llega al WOMAD de otra manera. Ya no con aquella ansiedad juvenil por no perderse nada, sino con una mirada más tranquila, más observadora, quizá más melancólica.
Las primeras ediciones tenían algo más caótico, más espontáneo y más despreocupado. Eran menos cómodas, seguramente menos organizadas, pero también más imprevisibles. Había una sensación de descubrimiento continuo. Todo parecía nuevo. El mundo aún conservaba cierta inocencia analógica.
Hoy el WOMAD convive con otra realidad. Los teléfonos móviles iluminan los conciertos. Mucha gente vive el festival a través de una pantalla. Las redes sociales han cambiado incluso la forma de asistir a un evento cultural. Ahora todo queda registrado, fotografiado y compartido al instante.
Pero, aun así, hay algo que permanece intacto.
Cuando cae la noche sobre la Plaza Mayor y empiezan a sonar los primeros acordes, Cáceres vuelve a transformarse. La piedra antigua sigue reflejando las luces igual que hace treinta años. Las cigüeñas continúan vigilando desde las torres. Y durante unos días, la ciudad vuelve a convertirse en ese lugar improbable donde el mundo entero parece reunirse.
Y entonces entiendes que el WOMAD nunca fue solamente música.
Era también el paso del tiempo.
Porque uno escucha canciones distintas según la edad que tiene. No suena igual un tambor africano a los veinte años que a los cuarenta. No se vive igual una madrugada cuando aún crees que todo está por llegar que cuando ya sabes que muchas cosas quedaron atrás.
Y quizá por eso el WOMAD emociona tanto a quienes han crecido con él.
Porque el festival no solo ha cambiado: nosotros también lo hemos hecho.
Muchas personas que estaban allí en 1997 ya no están. Otras siguen regresando cada mayo, casi como quien vuelve a visitar una parte importante de sí mismo. Hay amistades, amores, conversaciones y noches enteras que quedaron atrapadas para siempre entre aquellas plazas.
Y al final, eso es lo verdaderamente importante.
Que el WOMAD, más allá de carteles, artistas o modas, ha terminado formando parte de la memoria sentimental de Cáceres. De varias generaciones enteras. De quienes descubrieron allí la música del mundo. De quienes se enamoraron una madrugada de mayo. De quienes caminaron hasta casa con los oídos zumbando y la sensación de haber vivido algo irrepetible.
Porque hay festivales que solo programan conciertos.
Y luego está el WOMAD, que durante unos días consigue algo mucho más difícil: hacer que una ciudad recuerde quién fue, quién es y quién soñó alguna vez con ser.




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