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19.5.26

Los gorriones de La Cometa


 Hay lugares que no desaparecen del todo aunque cambien de nombre, de dueño o de carta. Lugares que permanecen suspendidos en una especie de memoria salada, como barcos hundidos bajo aguas tranquilas que todavía reflejan la luz de antiguas sobremesas. Igual que esas terrazas blancas de Mojácar donde el viento mueve los manteles como si hojease lentamente las páginas de un verano viejo.

Así me ocurre con "La Cometa". Aquel restaurante frente al mar, humilde y luminoso, donde las mediodías y las noches parecían durar más que en ninguna otra parte, como si el reloj allí estuviese hecho de arena y no de números. Allí estaban siempre los gorriones. Pequeños, descarados, rápidos como pensamientos felices. Bajaban hasta las mesas con la confianza de quien también pertenecía al paisaje, como diminutos marineros del aire reclamando su parte del Mediterráneo. Uno terminaba creyendo que el mar no estaba completo sin ellos, del mismo modo que un poema no lo está sin su última palabra.

Ahora, en el mismo lugar, está el "Cosmo Beach Club". Un nombre moderno, cuidadosamente diseñado para las fotografías y las cartas con palabras extranjeras. Cocina híbrida hispano-francesa-marroquí, cócteles, música que parece salida de un catálogo de aeropuertos o tiendas de ropa. Todo artificialmente medido. Todo tan pulido como una concha vacía. Y, sin embargo, algo falta. O falta todo. Quizá el ruido sencillo de los platos de tapas con las cañas. Quizá el olor a pescado y cerveza fría que se mezclaba con la brisa como una canción popular. O quizá aquellos gorriones de "La Cometa", que parecían saber más de la felicidad que muchos seres humanos, porque hay criaturas pequeñas que entienden secretos enormes.

Porque los gorriones siguen ahí.


Están en la cafetería de las señoras (Cafetería Dani), saltando entre las mesas del desayuno, esperando las migas de las tostadas que caen al suelo como pequeñas nevadas de pan dorado. Se acercan con una mezcla de miedo y costumbre, inclinando la cabeza con esa curiosidad antigua de las criaturas pequeñas, como si escucharan algo invisible bajo el ruido de las cucharillas. Uno de esos gorriones siempre se atreve primero. Luego llegan los demás. Y el sonido de sus patas diminutas sobre las baldosas acaba formando parte del rumor del café recién hecho, de las conversaciones somnolientas y de esa música suave que tienen las mañanas junto al mar.

También están los gorriones del Dolce Vita, quizá los más afortunados de todos, viviendo junto al mar, entre salitre y viento azul. Allí parecen distintos. Más tranquilos. Como si el Mediterráneo les hubiese enseñado una manera más lenta y más sabia de existir. Revolotean cerca de las mesas mientras el sol cae sobre el agua y las montañas lejanas del Cabo de Gata empiezan a teñirse de cobre, igual que brasas que todavía conservan el calor del día.

Y yo tengo la extraña sensación de que siempre son los mismos gorriones.

Los mismos desde aquel primer viaje en 2019, cuando descubrimos las costas almerienses y sentimos que algo dentro de nosotros se aquietaba por fin, como un reloj cansado que deja de hacer ruido. Como si Mojácar y el Cabo de Gata tuviesen la capacidad de colocar el alma en su sitio, igual que el mar devuelve lentamente a la orilla aquello que parecía perdido.

Las carreteras secas entre montañas desnudas. Las chumberas creciendo contra el viento como viejos centinelas verdes. Las playas silenciosas donde el agua parece de vidrio derretido. Las casas blancas encaramadas en la colina como palomas dormidas bajo el sol. El olor a sal, a esparto y a verano antiguo. Todo allí tiene una belleza áspera y luminosa, como esas canciones tristes que, sin embargo, traen paz.

En el Cabo de Gata las tardes tienen una melancolía hermosa, casi cinematográfica. El viento atraviesa las pitas y los volcanes dormidos mientras el mar golpea suavemente las rocas negras, con la paciencia infinita de quien lleva siglos pronunciando el mismo nombre. Y uno comprende que la paz no siempre consiste en dejar de pensar, sino en mirar alrededor y sentir que nada sobra, que incluso el silencio ocupa exactamente el lugar que debe ocupar.


Quizá por eso recordamos a esos gorriones. Porque son testigos diminutos de nuestras vidas. Porque mientras los restaurantes cambian de nombre, las modas pasan y los años avanzan silenciosamente como barcos en el horizonte, ellos siguen regresando a las mismas terrazas, a las mismas migas, al mismo mar.

Y me gusta pensar que el próximo verano volverán a estar allí.

Esperándonos.

Saltando entre las mesas blancas de Mojácar, bajo la misma luz dorada de siempre, como pequeños guardianes del recuerdo, diminutas brújulas con alas que todavía saben guiarnos hacia esa parte de nosotros mismos donde aún habita la calma.


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