Aquella noche de agosto de 2025 parecía sacada de un sueño antiguo. Era la primera de nuestras deseadas vacaciones.
Lanjarón descansaba entre las sombras azules de Sierra Nevada y los perfiles oscuros de la Alpujarra granadina. El aire descendía fresco desde las montañas, perfumado por los árboles y por el rumor lejano de las acequias que desde hacía siglos llevaban el agua por aquellas laderas. Sobre nuestras cabezas, el cielo ofrecía uno de sus grandes espectáculos: la lluvia de estrellas de las Perseidas. Cada pocos minutos una fugaz línea de fuego cruzaba la bóveda celeste, arrancando exclamaciones de admiración a quienes levantábamos la vista.
Las calles del pueblo estaban llenas de vida. Los bares y terrazas rebosaban conversaciones, risas y el tintineo de las copas. Aquella noche cenábamos en el restaurante El Arca de Noé, conocido en toda la comarca por sus excelentes productos alpujarreños, sus embutidos curados en la sierra y sus platos preparados con el mismo cariño que antaño.
Fue allí donde ocurrió algo que recordamos con una extraña sensación.
En la mesa contigua se sentó un anciano que parecía surgido de otro tiempo. Tendría más de ochenta años. Vestía una chaqueta oscura pese al calor del verano y llevaba un sombrero de ala corta cuidadosamente colocado sobre la cabeza. Su barba, completamente blanca, caía hasta el pecho, y sus ojos, de un color difícil de precisar, brillaban con una intensidad poco común. Había en él algo de maestro, algo de ermitaño y algo de hechicero.
La cena avanzaba despacio, sin prisas. Habíamos pedido varios platos típicos de la Alpujarra y comentábamos las actividades realizadas durante el día. El restaurante estaba lleno y las conversaciones de unas mesas se mezclaban con las de otras formando ese agradable murmullo que sólo existe en las noches de verano.
Fue entonces cuando advertí que el anciano de la mesa contigua nos observaba con una leve sonrisa.
Esperó pacientemente a que termináramos una conversación y, con una educación que parecía pertenecer a otra época, se inclinó ligeramente hacia nosotros.
—Perdonen la indiscreción —dijo—, pero llevo un rato escuchándolos. ¿Son ustedes extremeños?
Nos miramos sorprendidos.
—Sí, señor —respondí sonriendo—. ¿Tanto se nos nota?
El anciano soltó una breve carcajada.
—No demasiado. Pero hay palabras que nunca engañan. Además, yo he conocido a mucha gente de Extremadura.
—Pues ha acertado. Somos de las dos provincias, ella de Cáceres y yo de Badajoz, concretamente de Mérida.
Los ojos del hombre parecieron iluminarse.
—Ah, Extremadura... tierra de conquistadores, de dehesas interminables y de pueblos donde todavía se conservan historias que se cuentan junto a las puertas en las noches de verano.
—Cada vez menos —respondió Blanca—. Ahora la gente prefiere el móvil.
—Eso dicen siempre los mayores —contestó el anciano sonriendo—. Pero las historias sobreviven. Siempre encuentran la manera de sobrevivir.
Pidió otro vaso de vino y continuó hablando.
—Estuve hace muchos años en Mérida. También conocí Zafra, Jerez de los Caballeros, Olivenza... Lugares hermosos. Allí aprendí algo importante.
—¿Y qué fue?
—Que las leyendas nunca nacen donde ocurren los hechos. Nacen donde alguien decide recordarlos.
Aquella respuesta nos llamó la atención.
—Eso parece una frase de escritor.
—No, no —rió suavemente—. Los escritores suelen inventar más de la cuenta. Yo sólo repito lo que escucho.
Guardó silencio durante unos segundos y miró por la ventana. En el cielo una estrella fugaz acababa de cruzar sobre las montañas.
—Hermosa noche para escuchar historias —murmuró.
—Eso seguro.
—Las Perseidas siempre me han parecido curiosas. Mientras todos miran hacia arriba buscando respuestas en las estrellas, los verdaderos misterios suelen estar debajo de nuestros pies.
Nos quedamos callados.
Había algo extraño en aquella afirmación.
El anciano tomó un sorbo de vino.
—¿Es la primera vez que visitan Lanjarón?
—No. Esta es nuestra séptima estancia, ya somos veteranos!! Y en las primeras estancias dedicamos algunos días a recorrer también varios pueblos de la Alpujarra.
—Entonces habrán visitado Granada.
—Claro.
—¿Y la Alhambra?
—Por supuesto. Aunque por separado. Tenemos pendiente visitarla juntos. Nos hace mucha ilusión.
El hombre asintió lentamente.
—La mayoría de los visitantes creen que conocen la Alhambra porque han visto sus palacios, sus jardines y sus patios. Pero muy pocos conocen las historias que duermen bajo sus cimientos.
Aquella frase consiguió captar toda nuestra atención.
—¿Historias?
El anciano apoyó ambas manos sobre el bastón que descansaba junto a su silla.
—Historias antiguas. Algunas tan viejas que ya nadie sabe si son recuerdos o sueños.
Volvió a mirar hacia la oscuridad de la calle.
—Mi abuelo solía decir que bajo la Puerta del Juicio aún se escuchan ciertas músicas durante las noches de verano.
Nosotros sonreímos con curiosidad.
—¿Y usted se lo creía?
El anciano tardó unos segundos en responder.
—Cuando tenía vuestra edad, no.
Hizo una pausa.
—Ahora ya no estoy tan seguro.
Y fue entonces cuando, inclinándose ligeramente hacia nuestra mesa, comenzó a relatarnos la extraordinaria historia del rey Aben-Habuz, del astrólogo Ibrahim Eben Abou Agib y de la princesa que seguía tocando una lira en las profundidades de la montaña.
—Si quieren escuchar una historia verdadera —dijo con una voz pausada y profunda— les contaré algo que me contó mi abuelo, y que a él le contó el suyo mucho antes.
Entonces comenzó el relato.
Y nos habló del rey Aben-Habuz, del astrólogo Ibrahim Eben Abou Agib, de la princesa cautiva y de los misteriosos encantamientos ocultos bajo la montaña.
Nos contó que, tras desaparecer el astrólogo en las entrañas de la tierra, Aben-Habuz quedó tan asombrado que durante varios instantes fue incapaz de pronunciar palabra. Cuando recuperó el juicio, ordenó a mil obreros cavar en el lugar donde el mago se había hundido. Día tras día trabajaron con tesón, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Las herramientas chocaban contra una roca inexpugnable o la tierra volvía a llenar los huecos abiertos casi tan rápido como eran excavados.
El rey buscó también la entrada de la caverna que conducía al palacio subterráneo del astrólogo. Sin embargo, donde antes se abría la boca de la gruta sólo aparecía ahora una pared de roca compacta, lisa e impenetrable.
Con la desaparición de Ibrahim se extinguió igualmente el poder de sus talismanes. El guerrero de bronce quedó inmóvil para siempre, con la lanza apuntando hacia el lugar donde el astrólogo había desaparecido, como si quisiera advertir al mundo de que allí seguía ocultándose el mayor peligro para el reino.
Pero lo más extraño vino después.
Algunas noches, según decían los campesinos, se escuchaban desde el interior de la montaña los acordes lejanos de una lira acompañados por una dulce voz femenina. Un labrador aseguró haber encontrado una grieta en la roca por la que pudo contemplar, a enorme profundidad, un magnífico salón iluminado por luces imposibles. Allí vio al astrólogo reclinado sobre un lujoso diván, adormecido por la música de la princesa, cuya melodía parecía ejercer sobre él un hechizo irresistible.
Cuando Aben-Habuz acudió al lugar, la grieta había desaparecido.
Intentó nuevas excavaciones, pero todas fracasaron. Ningún poder humano podía vencer el encanto de la mano y la llave misteriosas.
En cuanto al maravilloso palacio y los jardines prometidos por el astrólogo en la cima de la montaña, nadie llegó jamás a contemplarlos. Tal vez permanecían invisibles por obra de la magia. Tal vez nunca existieron. Lo cierto es que allí sólo se veía una extensión árida y solitaria.
Con el tiempo, los habitantes de la región comenzaron a llamar a aquel paraje de dos maneras igualmente crueles: unos lo conocían como La locura del rey; otros, como El paraíso de los locos.
Las desgracias de Aben-Habuz no terminaron ahí. Los vecinos que durante años habían soportado sus abusos, protegidos él por los talismanes, descubrieron finalmente que ya no estaba amparado por la magia. Entonces invadieron sus dominios desde todos los rincones y el resto de su reinado se convirtió en una sucesión interminable de guerras, revueltas y conflictos.
Pasaron los años.
Aben-Habuz murió y fue enterrado. Los siglos siguieron avanzando hasta que sobre aquella colina se levantó la Alhambra, cuyas torres y palacios parecían materializar los sueños imposibles del antiguo jardín encantado.
Dicen que el pórtico mágico sobrevivió al paso del tiempo y que hoy forma parte de la célebre Puerta del Juicio. Y también dicen que, bajo ella, continúa oculto el salón subterráneo donde el astrólogo sigue dormitando mientras escucha eternamente la música de la princesa.
Los viejos soldados que durante siglos hicieron guardia junto a aquella puerta aseguraban oír algunas noches los acordes de la lira surgir desde las profundidades de la tierra. Y cuando eso ocurría, vencidos por un sueño irresistible, se quedaban dormidos en sus puestos.
Así, según la leyenda, la princesa permanecerá cautiva del astrólogo y el astrólogo cautivo del hechizo de la princesa hasta el Día del Juicio. A menos que algún día la misteriosa mano vuelva a empuñar la llave fatal y rompa para siempre el encantamiento.
Cuando el anciano terminó de hablar, el restaurante había quedado casi vacío.
Nadie dijo nada durante unos instantes.
Fuera, las Perseidas continuaban cruzando silenciosamente el cielo de Lanjarón. El anciano apuró el último sorbo de vino, se levantó con una lentitud ceremoniosa y salió a la calle.
No volvimos a verlo.
Durante unos segundos observamos la puerta por la que había desaparecido, esperando quizá que regresara para aclarar qué parte de aquella historia era leyenda y cuál realidad.
Pero nunca regresó.
Y mientras contemplaba una nueva estrella fugaz perderse sobre las montañas oscuras de la Alpujarra, no pude evitar preguntarme si algunas historias sobreviven precisamente porque nadie logra demostrar que son falsas. Tal vez los viejos encantamientos no desaparecen nunca del todo. Tal vez permanecen ocultos bajo las piedras, aguardando pacientemente a que alguien escuche una música lejana en una noche de verano y recuerde que existen misterios destinados a no ser resueltos jamás.

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