Ayer, con la venia de la astronomía, se inauguró oficialmente la estación estival. Lo acaecido hasta la fecha no era, en puridad, verano: era apenas un prólogo, una obertura pedagógica, un cursillo acelerado de termorresistencia diseñado por la Madre Naturaleza para que nuestro frágil organismo no sucumbiera al primer asalto.
Porque aquellos episodios de cuarenta grados a la sombra, aquellas caminatas que transmutaban en penitencias dignas del París-Dakar, y esos automóviles metamorfoseados en tahonas Extremeñas a pleno rendimiento, no eran sino el calentamiento. El ensayo general con vestuario. La fase beta del infierno.
Acto I: La gran función comienza
A partir de hoy, el astro rey abandona su papel de discreto iluminador y asume el de implacable censor. Ya no viene a dar luz: viene a pasar lista, a auditar la sombra, a someter a plebiscito nuestra capacidad de sudoración. Su dictado es meridiano y no admite enmienda.
Se decreta, pues, el estado de sitio solar:
• Las persianas, otrora levantadas con optimismo republicano, abdicarán a media mañana en un gesto de rendición preventiva. Bajarán el telón como en el teatro clásico, para que la tragedia se represente a oscuras y con dignidad.
• Los aires acondicionados, esos héroes anónimos del siglo XXI, iniciarán su jornada laboral sin convenio, facturando horas extraordinarias con la estoica resignación de quien sabe que de su compresor depende la civilización.
• El termómetro dejará de ser un instrumento de medición para convertirse en un oráculo. Y la liturgia nacional quedará reducida a un salmo que recitaremos con devoción mística: «Pues dicen que mañana suben las temperaturas». Como si cupiera un grado más en el averno.
Epílogo provisional: Instrucciones para la supervivencia
Se insta a la población a adoptar la economía del movimiento: cada paso será auditado por el departamento de Energía Personal. El abanico ascenderá a la categoría de órgano vital. La siesta dejará de ser costumbre para erigirse en derecho fundamental, amparado por la Declaración Universal de los Derretidos.
El gazpacho, la sandía fresquita, la horchata y cualquier líquido que no hierva al contacto con el aire serán declarados bienes de primera necesidad. Las conversaciones trascendentales quedarán suspendidas hasta nuevo aviso; solo se admitirán monosílabos y quejidos articulados.
Así pues, encomendémonos a San Isidro Labrador, patrón de los secarrales, y a Willis Carrier, santo laico del aire acondicionado. Mucha suerte a todos en esta travesía por el desierto urbano.
Nos volveremos a ver en octubre, si las circunstancias lo permiten. Llegaremos derretidos, sí, pero enteros. O al menos, en estado líquido reconocible.
Post scriptum: Si alguien me busca antes de octubre, estaré en la nevera. No es metáfora.

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