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5.8.26

El verano de 1985

 


El verano de 1985 tenía una luz que ya no existe. No era únicamente el sol, ni el cielo limpio de julio, ni el aire inmóvil de las cinco de la tarde. Era una claridad distinta, la de un mundo que todavía ignoraba su propia fugacidad. Entonces no sabíamos que los días podían acabarse, que las personas podían faltar o que los lugares donde fuimos felices terminarían convertidos en simples geografías de la memoria. Éramos demasiado pequeños para sospechar que el tiempo, ese ladrón silencioso, ya había empezado a caminar detrás de nosotros.

Las tardes parecían eternas. El calor se abrazaba a las persianas verdes del barrio de Santa Catalina, el asfalto desprendía ese olor áspero de los veranos extremeños y el silencio solo era interrumpido por el zumbido incesante de las chicharras. En los garajes todavía había vida. Eran pequeños universos domésticos donde siempre ocurría algo: bicicletas apoyadas contra la pared con las ruedas cubiertas de polvo, herramientas perfectamente ordenadas, latas de pintura olvidadas en una esquina, una radio sonando bajito entre noticias y coplas, y aquellas jaulas donde mi padre criaba unos pequeños conejos blancos que parecían hechos de algodón, de ternura y de silencio.

Mi padre se movía entre ellas con una paciencia casi artesanal. Abría las puertas de las jaulas despacio, cambiaba la paja, les llevaba agua fresca y acariciaba a los animales con la misma delicadeza con la que se cuidan las cosas sencillas. Entonces yo no era consciente de que estaba aprendiendo una lección silenciosa: el amor también se expresa en esos gestos humildes que nadie aplaude y que, sin embargo, sostienen una vida entera.

Y allí estamos nosotros, detenidos para siempre dentro de una fotografía que ha sobrevivido a los años. Yo tengo doce años y sostengo en una mano a mi pequeño hámster y en la otra a uno de aquellos conejillos blancos. Mi hermana apenas tiene cuatro. Mira el mundo con esa expresión limpia de quien todavía cree que todo es posible, con los ojos enormes de los niños que aún no conocen el miedo, la decepción ni la nostalgia. Sin saberlo, entre los dos sosteníamos mucho más que dos pequeños animales. Sosteníamos un pedazo entero de nuestra infancia.

Porque la felicidad, entonces, era extraordinariamente pequeña. Cabía dentro de una jaula, en una caja de zapatos convertida en refugio, en una bolsa de pipas compartida con los amigos del barrio, en un vaso de gaseosa con hielo o en el sonido lejano del camión del heladero doblando la esquina. Bastaba muy poco para sentirse inmensamente rico. No necesitábamos pantallas, ni prisas, ni notificaciones. Solo el tiempo, ese tesoro que entonces parecía inagotable.

Aquel hámster fue seguramente mucho más que una mascota. Fue compañero de tardes interminables, cómplice de juegos que solo existían en mi imaginación, un pequeño ser al que cuidaba con esa seriedad inmensa con la que los niños aman, convencidos de que proteger algo diminuto es una misión de extraordinaria importancia. Recuerdo el tacto suave de su pelo, el ruido de las virutas cuando corría inquieto por la jaula, la emoción de verlo despertar mientras el sol descendía lentamente detrás de los edificios y el verano parecía prometer que nunca terminaría.

Hay animales cuya vida apenas ocupa unos pocos años, pero cuya huella permanece durante décadas. Basta encontrar una vieja fotografía para que regresen enteros: vuelven el olor de la madera, el sonido metálico de la puerta de la jaula, la ilusión con la que abríamos cada mañana para comprobar que seguían allí. La memoria tiene esa extraña capacidad de resucitar aquello que el tiempo creyó haber borrado.

Y mi hermana aparece también como aparecen los hermanos en los recuerdos verdaderos: sin necesidad de protagonismo, formando parte inseparable del paisaje. Igual que los árboles, las aceras o las bicicletas. Porque cuando somos niños no imaginamos que algún día esos instantes tendrán valor de reliquia. Simplemente vivimos. Reímos. Jugamos. Crecemos. Y dejamos que el tiempo haga su trabajo sin sospechar que un día pagaríamos cualquier precio por volver apenas cinco minutos a aquellas tardes.

Ahora contemplo esa imagen y descubro algo que entonces era invisible. Veo a dos niños antes de que llegaran las responsabilidades, las despedidas, las enfermedades, los relojes, los trabajos, las ausencias y ese aprendizaje inevitable que consiste en perder poco a poco las personas y los lugares que uno ama. Los miro desde este lado de la vida y siento una inmensa ternura hacia ellos. Quisiera advertirles de tantas cosas... pero enseguida comprendo que sería injusto. La infancia solo existe porque ignora el futuro.

Con los años uno descubre que la nostalgia no consiste únicamente en echar de menos un tiempo. La verdadera nostalgia es echar de menos a quien fuimos mientras ese tiempo existía. Extrañamos nuestra manera de mirar, la facilidad para sorprendernos, la confianza absoluta en que nuestros padres podían arreglar cualquier problema y en que el verano volvería siempre igual al año siguiente.

Porque en aquella fotografía no aparecen solamente un niño de doce años, una niña de cuatro, un hámster y un conejo blanco. También están las voces de quienes ya no están, las manos de mi padre alimentando a sus animales, las conversaciones de los vecinos apoyados en los portales cuando caía la tarde, las sillas en las aceras buscando un poco de fresco, las ventanas abiertas dejando escapar el olor de las cenas, el ruido lejano de la televisión, las persianas medio bajadas para vencer al calor y un mundo entero que desapareció sin hacer ruido.

Las fotografías antiguas poseen una belleza profundamente melancólica. Son pequeñas máquinas de vencer al olvido. Detienen lo que el tiempo jamás se detiene a contemplar. Guardan sonrisas de personas que hoy solo viven en nuestra memoria, rincones que han cambiado para siempre y momentos tan insignificantes que nadie imaginó que terminarían siendo imprescindibles.

Quizá por eso duele mirar atrás. Porque comprendemos que la vida no vuelve. Que los veranos pasan, que los padres envejecen, que los niños dejan de serlo y que los garajes terminan vacíos, convertidos en simples almacenes donde ya nadie escucha una radio ni cuida conejos blancos.

Pero también sucede algo milagroso.

Durante unos segundos, mientras contemplo aquella fotografía del verano de 1985, el tiempo se rinde. Mi padre vuelve a abrir las jaulas con la misma calma de siempre. Mi hermana vuelve a mirar el mundo con cuatro años. Yo vuelvo a sentir el diminuto corazón de aquel hámster latiendo entre mis manos. Las chicharras vuelven a cantar detrás de la ventana. El barrio recupera el olor de las tardes de julio. Y todos los que parecían haberse ido regresan, aunque solo sea por un instante, al lugar donde nunca dejarán de vivir: la memoria.

Porque quizá esa sea la verdadera victoria del recuerdo. No impedir que el tiempo pase, sino demostrarle que hay veranos, personas y pequeños milagros cotidianos que ni siquiera él ha conseguido borrar.

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