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3.8.26

Las lunas de agosto

 


Dicen los viejos del campo que las lunas de agosto no son iguales a las demás. Que llegan despacio, como una novia vestida de cal y de silencio, y que al cruzar el horizonte despiertan la respiración dormida de los olivos, el rumor de los pozos y el corazón oculto de la tierra.

Entonces la noche deja de ser noche. Se convierte en un inmenso mantel de plata tendido sobre los barbechos, las viñas y los rastrojos todavía tibios por el incendio del sol. El aire huele a higuera madura, a tomillo, a polvo antiguo y a jazmín abierto. Las chicharras entregan el día a los grillos, y el viento, que durante la tarde caminaba abrasado entre los sembrados, regresa ahora descalzo, fresco y misericordioso, acariciando las hojas de los álamos que velan junto al río.

La luna asciende redonda, inmensa, con una solemnidad de reina campesina. Parece una hogaza de luz amasada por las manos invisibles del verano. No alumbra únicamente los caminos; desnuda los recuerdos. Bajo su claridad regresan los patios donde las abuelas desgranaban habichuelas mientras contaban historias imposibles, las eras donde dormían los mulos, las fuentes donde el agua parecía cantar coplas antiguas y las plazas donde las verbenas encendían farolillos para desafiar a la oscuridad.

Hay una música secreta bajo las lunas de agosto. No nace de las guitarras ni de los cantares. Brota de las raíces. Habla en el idioma de las adelfas, del trigo ya segado, del agua escondida bajo las piedras y de las lechuzas que cruzan el cielo con un vuelo tan lento que parecen sostener la noche entre las alas. Es la música que escuchan los pastores cuando levantan la vista hacia las constelaciones y los enamorados cuando el silencio dice mucho más que cualquier palabra.

Las sombras también cambian. Dejan de ser oscuridad para convertirse en criaturas antiguas que pasean entre los olivares. Cada árbol parece guardar una historia. Cada encina protege un secreto. Cada pozo conserva el eco de una voz que un día llamó a otra voz y aún sigue esperando respuesta. Bajo la luna de agosto todo adquiere un alma escondida. Hasta las piedras parecen respirar.

Es la hora en la que los pueblos blancos se vuelven más hermosos. La cal devuelve la luz con una pureza casi milagrosa y las calles estrechas parecen ríos de leche que desembocan en plazas dormidas. Una ventana permanece abierta. Alguien abanica el calor. Un niño persigue una luciérnaga. Una anciana levanta los ojos hacia el cielo buscando, quizá sin saberlo, la misma luna que contempló cuando era niña. Y el tiempo, vencido por tanta belleza, decide detener sus relojes.

Las lunas de agosto conocen el nombre de todos los que amaron bajo ellas. Han visto besos escondidos entre almendros, promesas pronunciadas junto a las acequias, lágrimas silenciosas en los cementerios blancos y regresos que parecían imposibles. Han iluminado el primer llanto de los recién nacidos y el último suspiro de quienes se marcharon con la mirada perdida entre las estrellas. Son antiguas guardianas de la alegría y del duelo, del deseo y de la ausencia.

Quizá por eso despiertan una emoción tan difícil de explicar. Porque no sólo iluminan el paisaje: iluminan aquello que llevamos dentro. Nos recuerdan que somos tierra, agua, memoria y viento; que el verano no es una estación, sino un estado del alma donde todavía es posible creer que el tiempo puede detenerse unos instantes para escuchar cantar a un grillo.

Y mientras la luna continúa su viaje sobre las dehesas Extremeñas, los olivares andaluces y los ríos dormidos, uno comprende que la verdadera poesía nunca estuvo encerrada en los libros. Siempre vivió aquí, sobre esta tierra abrasada por el sol y bendecida por la noche, donde agosto levanta cada año su lámpara de plata para recordarnos que la belleza, como las espigas maduras, sólo se entrega por completo a quienes saben contemplarla en silencio.

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