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17.8.26

Los mares del sur


 Treinta años después, vuelvo a Los mares del Sur, de Manuel Vázquez Montalbán. Y descubro que releer un libro después de tanto tiempo no consiste únicamente en volver a sus páginas: consiste, sobre todo, en volver a uno mismo.

La primera vez que leí la novela debía de parecerme, simplemente, una magnífica historia de Carvalho, una investigación criminal atravesada por la ironía, la gastronomía, la política y ese particular desencanto que Vázquez Montalbán convirtió en una de las señas de identidad de su literatura. Hoy, en cambio, la leo también como quien abre una cápsula del tiempo. Porque entre aquella lectura y esta median treinta años, y en ellos cabe casi una vida.

En 1996 el mundo tenía otra velocidad. Internet comenzaba apenas a asomarse a nuestras vidas y los teléfonos móviles eran todavía objetos casi extravagantes. No existían las redes sociales, ni los teléfonos inteligentes, ni esa permanente conexión que hoy nos acompaña a todas partes. Las noticias llegaban por el periódico, la radio o el telediario, esperar una carta era todavía una experiencia cotidiana y buscar un teléfono significaba, muchas veces, acudir a una cabina o consultar una guía.

España vivía también otro momento. Habían pasado veinte años desde la muerte de Franco, la democracia parecía ya asentada y Barcelona había aprendido a convivir con la extraordinaria transformación provocada por los Juegos Olímpicos de 1992. Pero bajo aquella modernización persistían barrios, personajes, derrotas y contradicciones que Vázquez Montalbán sabía mirar con una lucidez extraordinaria.

Y ahí aparece Pepe Carvalho, uno de los grandes personajes de la novela negra europea. Carvalho no es simplemente un detective que resuelve casos. Es un observador de la sociedad, un descreído, un hombre que contempla el mundo con una mezcla de inteligencia, melancolía y escepticismo. Excomunista, antiguo agente de la CIA, gourmet, lector peculiar que quema libros en la chimenea y habitante sentimental de una Barcelona que cambia demasiado deprisa, Carvalho pertenece tanto al género policíaco como a la literatura social.

Los mares del Sur, publicada en 1979 y galardonada con el Premio Planeta, ocupa un lugar esencial dentro de la saga. La investigación sobre Stuart Pedrell, el empresario que aparece asesinado después de haber anunciado que se marchaba a los mares del Sur, sirve a Montalbán para construir algo mucho más complejo que una intriga criminal. Los supuestos mares exóticos terminan siendo, en realidad, una metáfora de la huida, del deseo de escapar de una vida que quizá nunca fue la que imaginábamos.

Y esa idea resulta especialmente poderosa al releerla ahora.

Porque en 2026 vivimos rodeados de posibilidades de huida que en 1996 apenas podían imaginarse. Podemos recorrer el mundo desde una pantalla, hablar al instante con alguien situado a miles de kilómetros, llevar una biblioteca entera en el bolsillo y conocer en segundos lo que sucede en cualquier rincón del planeta. Tenemos más información, más velocidad, más opciones y, probablemente, menos silencio.

Pero Carvalho sigue siendo reconocible.

Quizá incluso más.

Su descreimiento ante las grandes palabras, su desconfianza hacia las verdades oficiales, su relación casi religiosa con la comida, su gusto por los pequeños placeres y su mirada sobre una sociedad que cambia mientras él intenta comprenderla tienen hoy una sorprendente vigencia. Solo han cambiado los decorados. Donde antes había periódicos, cabinas telefónicas y bares llenos de humo, ahora hay pantallas, algoritmos y conversaciones digitales. Pero seguimos buscando, como Stuart Pedrell, nuestros particulares mares del Sur.

Vázquez Montalbán tenía además una virtud poco frecuente: sabía escribir sobre política sin convertir la literatura en un panfleto, sobre gastronomía sin reducirla a recetario y sobre Barcelona sin caer en la postal turística. Su Carvalho era una especie de brújula moral averiada que, precisamente por estar averiada, señalaba con bastante precisión las contradicciones de su tiempo.

La saga Carvalho es, en ese sentido, mucho más que una colección de novelas policíacas. Es también una crónica sentimental de la España democrática: sus esperanzas, sus frustraciones, sus transformaciones urbanas, sus viejas heridas, sus nuevos ricos, sus izquierdas desencantadas y sus contradicciones. Montalbán convirtió la investigación criminal en una excusa para investigar algo mucho más difícil: quiénes éramos y en qué nos estábamos convirtiendo.

Treinta años después de mi primera lectura, quizá eso sea lo que más me interesa del libro. Ya no leo únicamente la Barcelona de Carvalho. Leo también la distancia entre aquel mundo y este. Leo las palabras que entonces parecían contemporáneas y que hoy tienen el aroma de una época. Leo al escritor y, de algún modo, me leo a mí mismo.

Porque los libros también envejecen, pero no necesariamente envejecen mal. Algunos adquieren con los años una segunda profundidad. La primera lectura nos cuenta una historia; la segunda nos cuenta, además, quiénes éramos cuando la leímos la primera vez.

Por eso esta segunda lectura vacacional de Los mares del Sur tiene algo de viaje sin desplazamiento. Mientras avanzo por sus páginas, regreso a 1996 y a aquel lector que todavía no sabía todo lo que iba a cambiar en los treinta años siguientes. Y al mismo tiempo regreso a 2026, con otra edad, otra memoria y otra mirada.

Quizá los verdaderos mares del Sur nunca estuvieron en ningún mapa.

Quizá sean ese lugar imaginario al que todos viajamos alguna vez cuando necesitamos escapar de nuestra propia vida.

Y quizá releer sea precisamente eso: volver a un lugar conocido para descubrir que, después de treinta años, el que ha cambiado no es el libro.

Somos nosotros.

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