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18.8.26

Noventa años después

 


Noventa años. Casi un siglo desde aquella madrugada de agosto de 1936 en la que Federico García Lorca fue arrancado de la vida y arrojado, junto con su cuerpo, al silencio de una tierra que todavía hoy no ha querido, o no ha sabido, devolverlo.

Noventa años después, resulta difícil escribir sobre Lorca sin sentir cierta incomodidad. Porque hemos convertido al poeta asesinado en estatua, en nombre de instituto, en ruta turística, en cita literaria, en souvenir cultural. Lo hemos domesticado. Hemos aprendido a pronunciar su nombre con solemnidad mientras seguimos siendo incapaces de responder del todo a la pregunta más incómoda: ¿quién lo mató y por qué?

Lorca no murió simplemente en una guerra. Fue asesinado. Y no fue asesinado por accidente, ni por una bala perdida, ni por una fatalidad abstracta llamada Historia. Fue víctima de una violencia política, social y moral que quiso borrar aquello que representaba: la inteligencia, la libertad, la sensibilidad, la cultura, la diferencia, la capacidad de mirar al mundo sin pedir permiso.

Por eso su muerte sigue siendo incómoda.

Porque Lorca no era solamente un gran poeta. Era también aquello que cualquier fanatismo teme: un hombre libre. Un creador que no cabía en las casillas de quienes necesitaban clasificar a los seres humanos para poder odiarlos. Su obra estaba llena de deseo, de tragedia, de marginados, de mujeres condenadas por las convenciones, de gentes que luchaban contra una sociedad que les negaba el derecho a ser quienes eran. En Lorca había demasiada vida para quienes necesitaban imponer silencio.

Y quizá por eso noventa años después seguimos hablando de él.

Pero hay algo profundamente contradictorio en nuestra memoria. España ha aprendido a celebrar a Lorca, pero todavía le cuesta mirar de frente aquello que ocurrió con Lorca. Nos gusta el poeta; nos incomoda el crimen. Nos emociona Romance sonámbulo, nos deslumbra Poeta en Nueva York, veneramos La casa de Bernarda Alba, pero cuando la poesía nos conduce hasta la cuneta, hasta la fosa, hasta el nombre de quienes apretaron el gatillo o señalaron con el dedo, entonces preferimos bajar la voz.

La memoria no puede consistir solamente en admirar a los muertos ilustres. La memoria consiste también en preguntarse por qué murieron.

Lorca fue asesinado hace noventa años y todavía no sabemos con certeza dónde descansan sus restos. Hay algo brutalmente simbólico en ello: el país que ha hecho de su poeta uno de sus mayores emblemas culturales continúa sin poder señalar con exactitud el lugar donde está su cuerpo.

Es difícil imaginar una metáfora más poderosa de nuestra relación con el pasado.

Tenemos perfectamente localizado al mito, pero seguimos buscando al hombre.

Y quizá sea necesario recuperar al hombre antes que al mito. Al Federico que caminaba por Granada, que reía, que tocaba el piano, que escribía, que amaba, que tenía miedo, que soñaba con el teatro y con la poesía. Al Federico que fue detenido y asesinado porque había quienes consideraron que una vida como la suya era intolerable.

Noventa años después, honrar a Lorca no debería consistir únicamente en recitar sus versos. Debería consistir en defender aquello que sus versos representan: la libertad de crear, de amar, de pensar, de disentir y de ser diferente sin que nadie pueda convertir esa diferencia en una condena.

Porque un país que recuerda a sus poetas pero olvida a sus víctimas corre el riesgo de convertir la cultura en decoración.

Y Lorca no nació para decorar ninguna pared.

Nació para incomodar.

Para decirnos que debajo de cada silencio puede esconderse un grito. Que detrás de cada puerta cerrada puede haber una vida que reclama libertad. Que la belleza no es inocente cuando se enfrenta a la injusticia. Y que la poesía, cuando es verdadera, no sirve para olvidar la realidad, sino para hacerla imposible de ignorar.

Noventa años después, Federico sigue estando entre nosotros.

No en el mármol.

No en las fotografías amarillentas.

No solamente en los libros.

Está en cada vez que alguien se atreve a decir lo que otros quieren prohibir. En cada mujer que rompe una puerta cerrada. En cada persona que reclama el derecho a vivir sin esconderse. En cada joven que descubre sus versos y comprende que fueron escritos hace casi un siglo, pero hablan también de su propia libertad.

Quizá esa sea la verdadera derrota de quienes lo mataron.

Quisieron silenciar a un hombre y terminaron convirtiéndolo en una voz.

Una voz que noventa años después continúa preguntándonos qué clase de país queremos ser.

Y esa pregunta, mucho más que cualquier aniversario, debería seguir molestándonos.

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