Oh, melocotón de Purullena,
fruta ilustre de Granada,
que llegas a la mesa
con más dignidad que un catedrático
y más perfume que una tarde de agosto.
No eres tú un simple melocotón.
¡Qué va!
Eres materia filosófica,
argumento gastronómico,
tentación de frailes
y enemigo declarado de cualquier dieta
que se precie de razonable.
Naciste bajo el sol de la Hoya de Guadix,
entre tierras secas y horizontes de postal,
donde el paisaje parece haber sido dibujado
por un arquitecto con querencia por el ocre.
Y allí, contra toda lógica,
te hiciste jugoso.
Eso ya merece un monumento.
Cuando uno te sostiene entre las manos
comprende que la Naturaleza,
de vez en cuando,
se permite ciertos excesos.
Tu piel aterciopelada parece decir:
«No tengas prisa».
Y al primer mordisco
el verano entero se desparrama por la camisa.
¡Oh, melocotón purullenense!,
qué lejos quedan entonces
las miserias del mundo,
los correos electrónicos,
las reuniones interminables,
los políticos de turno
y hasta aquel vecino que presume
de entender de vinos.
Tú no necesitas denominación de origen
para imponer respeto.
Te basta con ser bueno.
Que Homero cantó a los héroes,
Cervantes a los locos,
Lorca a la luna
y Neruda a las alcachofas.
Pues alguien tendrá que cantar también
a este humilde aristócrata de verano.
Porque hay frutas que alimentan
y frutas que consuelan.
Y luego estás tú:
melocotón de Purullena,
dulce, fragante, democrático,
jugoso y peligrosamente adictivo.
Que nadie ose pelarte con desgana.
Que nadie te coma de pie, con prisas.
Mereces plato, servilleta
y cierta solemnidad.
Aunque, siendo sinceros,
cuando el zumo empieza a bajar por la muñeca,
la solemnidad se va al carajo.
Y quizá ahí resida tu grandeza:
en recordarnos que la felicidad
puede ser tan sencilla
como sentarse a la sombra,
abrir un melocotón
y dejar que Granada
nos chorree por los dedos.

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