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11.9.26

25 años después del 11 de Septiembre


 En la memoria del ser humano, hay días que, aunque pasen los años, permanecen intactos en algún rincón de la memoria. No necesitan fotografías ni calendarios. Basta con pronunciar su fecha y, de pronto, regresan los sonidos, la luz de una tarde, una habitación, una voz en televisión. El 11 de septiembre de 2001 es uno de esos días.

Han pasado veinticinco años.

Veinticinco años desde aquel martes de septiembre en el que el mundo todavía parecía obedecer unas reglas que, sin saberlo, estaban a punto de saltar por los aires.

Era el año 2001. El euro todavía no circulaba físicamente por nuestras manos, llegaría unos meses después, los teléfonos móviles servían fundamentalmente para llamar y mandar mensajes, Internet era todavía una criatura joven y las redes sociales pertenecían a un futuro que nadie imaginaba. George W. Bush acababa de llegar a la Casa Blanca, España vivía los años del gobierno de José María Aznar y en Europa se hablaba de una moneda común, de crecimiento económico y de un nuevo siglo que acababa de comenzar.

Y aquel verano había sido, simplemente, verano.

Uno de esos veranos que todavía parecen pertenecer a otra época. Trabajo sin vacaciones, calor, terrazas, fines de semana de playa, carreteras llenas, periódicos doblados sobre la mesa y televisores encendidos sin que nadie sospechara que, unas semanas después, las imágenes de un lugar llamado Nueva York iban a formar parte para siempre de nuestra memoria.

Yo llegué aquel día de trabajar a casa de mis padres, con los que aúnvivía. Al llegar, como tantas otras veces, comenzó el informativo.

Y entonces aparecieron las primeras noticias.

Al principio no se entendía muy bien qué estaba pasando. Una avioneta, un avión, una explosión, una de las torres del World Trade Center. Las imágenes eran confusas y todavía faltaba información. Había algo extraño en aquella retransmisión: los periodistas hablaban mientras intentaban comprender ellos mismos lo que estaban contando.

Yo estaba viendo Antena 3.

Y poco a poco la noticia fue creciendo delante de nuestros ojos.

Después llegó el segundo avión.

Entonces comprendimos que aquello no era un accidente.

La televisión comenzó a cambiar de ritmo. Los informativos dejaron de ser informativos para convertirse en una retransmisión casi permanente de la historia mientras ocurría. Las imágenes se repetían una y otra vez: las Torres Gemelas, el humo, la gente corriendo, el desconcierto, los periodistas buscando palabras donde apenas las había.

Y llegó el Pentágono.

Y otro avión.

Y después la noticia de que una de las torres se había derrumbado.

Recuerdo que terminé de comer y me encerré en mi habitación. No quería perderme nada. Seguía pegado al televisor, viendo aquel especial informativo de Antena 3, intentando ordenar mentalmente una sucesión de acontecimientos que parecía imposible.

El mundo estaba explotando delante de una pantalla.

Y nosotros lo estábamos mirando.

A las ocho había quedado con José para jugar al tenis a las pistas del polideportivo Diocles.

Y durante buena parte de aquella tarde estuve pendiente de la televisión. Hasta prácticamente un rato antes de salir seguí viendo aquel especial en directo. Finalmente tuve que apagar el televisor, vestirme y marcharme.

Quizá esa sea una de las cosas que más me impresionan cuando recuerdo aquel día: que, incluso después de haber visto aquello, todavía salimos a jugar al tenis.

La vida continuaba.

Había una hora para jugar, una cita pendiente, una conversación cualquiera. Mientras en Nueva York se levantaba una nube de polvo sobre las ruinas de las torres, nosotros seguíamos siendo nosotros.

Y no sabíamos que acabábamos de asistir al principio de algo que iba a cambiar nuestras vidas, aunque no fuera de una manera inmediata ni visible.

No fuimos conscientes de ello.

Nadie, probablemente, lo fue.

Porque las grandes transformaciones históricas rara vez se presentan diciendo: a partir de hoy todo será diferente.

Simplemente suceden.

El 11 de septiembre no terminó cuando las televisiones dejaron de emitir aquellas imágenes. Aquello fue solamente el principio.

Después llegó la llamada guerra contra el terrorismo, la invasión de Afganistán, la persecución de Al Qaeda y, dos años más tarde, la guerra de Irak. Llegaron nuevas doctrinas de seguridad, controles en los aeropuertos, guerras preventivas, Patriot Act, Guantánamo, drones y una nueva forma de mirar al extranjero, al sospechoso y también al vecino.

El mapa geopolítico cambió.

Estados Unidos reforzó su papel como potencia militar y política mundial. Oriente Medio entró en una espiral de guerras y desestabilización cuyas consecuencias todavía llegan hasta nuestros días. La invasión de Irak, la posterior descomposición de la región y el vacío que dejó aquel conflicto contribuyeron, años después, al nacimiento y expansión del Estado Islámico.

Y mientras tanto, casi sin darnos cuenta, también cambió nuestra manera de vivir.

Nos acostumbramos a enseñar el contenido de nuestros bolsillos antes de subir a un avión. A quitarnos los zapatos en un aeropuerto. A mirar una cámara de seguridad sin preguntarnos demasiado por ella. A convivir con palabras como terrorismo internacional, alerta antiterrorista o amenaza global.

E Internet se consolidó en nuestras vidas.

Más tarde llegaron Facebook, Twitter, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y una sociedad permanentemente conectada. El mundo que en 2001 cabía en un informativo de televisión comenzó a caber en la palma de una mano.

Veinticinco años dan para mucho.

En 2001 éramos más jóvenes. Algunos teníamos menos canas y menos cicatrices. Mi padre estaba vivo. Había personas que formaban parte de nuestra vida y que hoy solo pueden regresar a través del recuerdo.

Éramos también más ingenuos.

Quizá pensábamos que el futuro sería una prolongación del presente. Que las cosas importantes sucedían lejos. Que las guerras eran algo que aparecía en los telediarios y después desaparecía con ellos.

Ahora sabemos que no es así.

Hemos aprendido que la historia no siempre llama a la puerta. A veces entra de golpe, atraviesa la pantalla del televisor y se instala en nuestra memoria para siempre.

Veinticinco años después sigo pudiendo regresar mentalmente a casa de mis padres. Puedo imaginar el televisor encendido, las imágenes de Nueva York, aquella sensación de desconcierto y mi habitación después de comer, con la televisión como única ventana hacia un mundo que parecía haberse vuelto incomprensible.

Y pienso en aquel joven que salió de casa aquella tarde para jugar al tenis sin saber que estaba dejando atrás, sin darse cuenta, una pequeña parte del mundo que había conocido.

Porque quizá esa sea la verdadera distancia que separa aquel 11 de septiembre de este.

No son solamente veinticinco años.

Somos nosotros.

Los que éramos entonces y los que somos ahora.

El mundo cambió aquel día. Pero nosotros también.

Y quizá lo más extraño de cumplir veinticinco años mirando aquella fecha desde la distancia sea comprender que, mientras contemplábamos aquellas torres derrumbarse en Nueva York, también comenzaba a derrumbarse, silenciosamente, una determinada manera de entender el mundo.

Después vendrían guerras, crisis, pandemias, nuevas amenazas, nuevas tecnologías y otras incertidumbres.

Pero algunas imágenes permanecen intactas.

Una pantalla.

Dos torres.

Una tarde de septiembre.

Y la sensación, todavía hoy, de que aquel día comenzó el futuro sin pedirnos permiso.

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