Anoche volví a ver "Un millón en la basura", la película que José María Forqué dirigió en 1967 y que protagonizaron José Luis López Vázquez y Julia Gutiérrez Caba. Y me ha ocurrido algo que sucede cada vez con más frecuencia cuando regreso a determinadas películas: he empezado viendo una historia y he terminado contemplando un pedazo de mi propia memoria.
Porque hay películas que no envejecen exactamente como las personas. Envejecen con nosotros.
Cuando uno las ve por primera vez, apenas percibe la superficie. Una historia, unos personajes, una situación que provoca risa o emoción. Pero pasan los años, cambia nuestra mirada, cambia nuestra vida, y aquella misma película comienza a hablarnos de cosas que antes no éramos capaces de escuchar.
Un millón en la basura es una de ellas.
Pepe, interpretado por un magnífico José Luis López Vázquez, es un hombre humilde que trabaja como barrendero en el Madrid de los años sesenta. Una madrugada encuentra un millón de pesetas entre la basura. Un millón. Una cantidad que entonces podía cambiar la vida de una familia entera.
Y ahí comienza el dilema.
Porque Pepe necesita aquel dinero.
Lo necesita de verdad.
No estamos ante un millonario que encuentra una fortuna y decide si quedársela. Estamos ante un hombre trabajador, con dificultades económicas, cuya familia está amenazada por la pobreza y por la posibilidad de perder su casa. Para él, aquel millón no representa lujo. Representa algo mucho más elemental: respirar.
Y, sin embargo, aparece Consuelo, interpretada por Julia Gutiérrez Caba, para recordarle que hay cosas que no deberían tener precio.
Quizá hoy podamos contemplar aquella moralidad con cierta distancia. La película tiene, inevitablemente, el aroma de su tiempo. Pero sería demasiado fácil quedarnos en eso. Porque debajo de aquella apariencia de comedia costumbrista existe una pregunta que continúa siendo incómodamente actual:
¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar cuando la necesidad llama a nuestra puerta?
Eso es lo que más me ha impresionado al volver a verla.
No el millón.
La necesidad.
Y también la dignidad.
Porque aquel Madrid de 1967 que aparece en la pantalla parece hoy casi irreal. Las calles, los coches, los comercios, las viviendas humildes, los tranvías que todavía formaban parte del paisaje de la ciudad... Todo tiene algo de fotografía familiar.
Una España en blanco y negro que estaba cambiando deprisa, pero que todavía arrastraba demasiadas sombras.
Era la España del desarrollismo, de los primeros televisores, del Seat 600, del turismo que comenzaba a descubrir nuestras costas y de una clase media que poco a poco empezaba a crecer. Pero también era la España de los salarios modestos, de las viviendas precarias, de las familias que contaban las pesetas y de quienes trabajaban toda una vida sin llegar a conocer demasiadas comodidades.
Y ahí está Pepe, empujando su carro por las calles mientras los demás duermen.
Siempre me ha impresionado ese tipo de personajes.
Los hombres y mujeres que sostienen las ciudades sin que nadie repare demasiado en ellos. El barrendero que limpia lo que otros ensucian. El cartero que recorre las calles mientras los demás esperan sus cartas. El trabajador que madruga cuando todavía no ha amanecido.
Quizá por eso López Vázquez resulta tan conmovedor.
Porque Pepe no parece un personaje cinematográfico.
Parece alguien que podríamos haber conocido.
Alguien que podría haber vivido en nuestro barrio, que habría tomado un café en el mismo bar, que habría regresado a casa cansado después de una jornada de trabajo.
Y quizá ahí resida una parte de la grandeza del cine español de aquella época: en su capacidad para convertir a la gente corriente en protagonista.
También aparecen esos rostros que forman parte de nuestra memoria cinematográfica: Aurora Redondo, Juanjo Menéndez, Rafael López Somoza, Rafaela Aparicio, José Sazatornil... y un joven José Sacristán. Rostros que pertenecen a una época en la que los actores parecían formar parte de nuestras propias familias.
Y luego está Madrid.
Ese Madrid que hoy contemplamos casi con la misma curiosidad con la que miraríamos fotografías antiguas.
Forqué no solamente cuenta una historia. Sin pretenderlo quizá, conserva una ciudad. Una manera de vivir. Una forma de hablar. Una España que el tiempo terminó llevándose por delante.
Por eso esta noche he sentido cierta melancolía.
No exactamente por aquella España, que también tuvo sus miserias, sus silencios y sus injusticias, sino por el paso del tiempo.
Porque cuando uno alcanza cierta edad empieza a comprender que algunas cosas que creía eternas eran solamente provisionales.
Las ciudades cambian. Las personas cambian. Los barrios cambian. Los actores desaparecen.
Y un día descubrimos que aquella película que vimos quizá de pasada, aquella que estaba en la televisión mientras nosotros hacíamos cualquier otra cosa, se ha convertido en una pequeña cápsula del tiempo.
Y nosotros también hemos quedado dentro de ella.
Un millón en la basura me ha hecho pensar esta noche en todas esas cosas que la vida va dejando atrás.
En las pesetas que ya no existen. En los teléfonos con cable. En los televisores de tubo. En los cines de barrio. En aquellos actores que parecían inmortales. En nuestros padres. En nuestra infancia. En la gente que ya no está. Y también en nosotros mismos.
Porque quizá lo verdaderamente hermoso de volver a determinadas películas no sea recuperar el pasado, sino descubrir cuánto hemos cambiado nosotros desde la última vez que las vimos.
Cuando somos jóvenes pensamos que tenemos mucho tiempo por delante.
Cuando pasan los años empezamos a mirar hacia atrás.
Y entonces entendemos que la vida se parece bastante a aquella película: muchas veces estamos buscando grandes fortunas cuando, en realidad, lo verdaderamente valioso estaba delante de nosotros y no supimos reconocerlo.
Una conversación. Una persona. Una tarde cualquiera. Una casa llena de gente. Un padre que todavía estaba. Un amigo al que todavía podíamos telefonear.
Una época que entonces nos parecía vulgar y que ahora daríamos cualquier cosa por recuperar durante una hora.
Quizá por eso Un millón en la basura me ha parecido esta noche mucho más triste y mucho más hermosa que cuando la conocí.
Porque ahora sé que el tiempo es el único tesoro que no podemos encontrar en ningún cubo de basura.
Y que, cuando finalmente comprendemos su valor, ya no hay millón que pueda comprarlo.
Pepe encuentra una fortuna entre los desperdicios.
Nosotros, en cambio, pasamos la vida buscando la felicidad entre lo que todavía no tenemos.
Y quizá la verdadera lección de aquella vieja película de 1967 sea precisamente esa:
que algunas de las cosas más valiosas de nuestra vida solo adquieren su verdadero precio cuando ya se han convertido en recuerdo.
Esta noche, al terminar la película, he apagado la televisión y me he quedado unos segundos en silencio.
Madrid seguía ahí, en blanco y negro.
Pepe seguía caminando.
El millón seguía esperando una decisión.
Y durante un instante he tenido la extraña sensación de que, en algún lugar, también seguíamos nosotros.
Más jóvenes. Más ingenuos. Sin saber todavía que algún día miraríamos hacia atrás y comprenderíamos que nuestra propia vida era, también, una película que estábamos viendo sin saber que algún día echaríamos de menos aquellas escenas.



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