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28.8.25

Cuarenta y cuatro grados a la sombra (XVII): Chapuzón, socorrista y jamón flotante

Cuarenta y cuatro grados a la sombra (XVII): Chapuzón, socorrista y jamón flotante

El 1 de julio, a las doce en punto, se abrieron oficialmente las puertas de la piscina municipal de Villafresno del Río con una ceremonia que solo puede describirse como humilde, absurda y ligeramente clorada.

La concejala de deportes, Mari Nieves, cortó la cinta inaugural con unas tijeras de cocina prestadas por Nines, mientras recitaba solemnemente:

—Declaro inaugurada la temporada de remojo. Que San Bartolo nos libre de infecciones, toallitas flotantes y pies con hongos.

Los aplausos duraron poco. Principalmente porque el público estaba más pendiente de correr a colocar la sombrilla que de celebrar nada. En menos de cinco minutos, el césped quedó conquistado como si hubieran aterrizado tropas aliadas con neveras portátiles.

El socorrista de este año era Sebas, 22 años, natural de Don Benito, con cuerpo de anuncio de Aquarius y alma de canción de Camela. Vestía bermudas rojas, gafas de espejo y un silbato que solo usaba cuando no encontraba su móvil.

Venía con tres objetivos claros:

  1. Ganarse un sueldo.

  2. Ganarse un bronceado.

  3. Sobrevivir.

Lo que no esperaba era ganarse el corazón de Almudena Cipriana, hija del alcalde, devoradora de rayos UV y aficionada a posar con un libro de poesía abierto encima del pecho, que utilizaba como posavasos para el móvil.

Sebas, aunque disimulaba, ya había contado cuántas veces Almudena se metía en el agua (cuatro por hora), y ella, aunque juraba que estaba centrada en sus estudios de marketing emocional, había cambiado el bikini tres veces en un solo día “por higiene estética”.

La piscina, como era tradición, entró en modo jungla urbana desde el primer minuto:

  • Los niños saltaron como si no existiera la ley de la gravedad ni la de la convivencia.

  • Los adolescentes pusieron música de Reggaetón en altavoz y ensayaron TikToks acuáticos que terminaron con móviles sumergidos y alguna bofetada materna.

  • Los abuelos ocuparon las mejores sombras a las 8:57 AM con sillas, sombrillas, una botella de pacharán, Naipes de 1973 y una figura de cera de Franco que servía de espantaniños.

A las 13:15, el primer grito:

—¡Ese niño ha hecho bomba al lado de mi gazpacho! —protestó Doña Alfonsa.

A las 13:22, el primer silbato de Sebas.

A las 13:35, el primer “¡Si me mojo te enteras!” lanzado por un padre en camiseta imperio.

Pero el suceso más comentado ocurrió al tercer día.
Don Isidro, en un ataque de creatividad veraniega y con la excusa de celebrar su santo, ideó lo que llamó “gastronomía acuática experiencial”: colocar un jamón de reserva sobre una colchoneta de flamenco gigante y empujarlo con solemnidad al centro de la piscina.

—Esto es cultura gastronómica móvil —anunció—. ¡Ibérico y anfibio!

Sebas silbó como un loco desde su trono, pero entre que el jamón flotaba con porte majestuoso y los niños lo aplaudían como si fuera una atracción de parque temático, nadie se atrevió a detenerlo.

Mari Nieves, al borde del colapso, gritó:
—¡Protocolo sanitario, Don Isidro! ¡Eso no se puede flotar!

—¡Protocolo de la felicidad! —respondió Isidro, mientras cortaba lonchas con su navaja multiusos y las repartía con técnica de nadador sincronizado.

Al día siguiente, se colgó en la entrada un cartel escrito a mano:

“PROHIBIDO:

  • Introducir embutidos flotantes

  • Animales de granja

  • Flotadores con altavoces integrados
    GRACIAS Y BUEN VERANO”**

Nadie supo si lo escribieron con ironía o desesperación.

Mientras tanto, el romance de Sebas y Almudena iba en aumento.
Él se tiraba al agua en cámara lenta cuando ella miraba.
Ella fingía leer El Principito, pero usaba el libro para ocultar una app de seguimiento de crushes.
A los cinco días, ya merendaban juntos bajo el toldo, compartían un tupper de ensaladilla rusa y hablaban de cosas profundas como:

—¿Tú crees que el cloro daña los sentimientos?
—No, pero las cremas solares a veces sí.

Nines, siempre al tanto, sentenció mientras se ventilaba con la tapa del tupper vacío:

—Esto acaba en boda, empadronamiento o desencanto juvenil.

El pueblo entero especulaba como si fueran los Brangelina de la comarca.

—Yo les veo futuro —decía Javier el panadero.
—Yo les veo celulitis compartida —dijo Mari Pepa—. Pero con amor, ¿eh?


Por la tarde, cuando el calor aflojaba lo justo para que el aire no cortara, la piscina era un cuadro costumbrista con salpicones:

  • Niños chapoteando sin ley.

  • Abuelos con los pies dentro y conversación de órgano.

  • Gente buscando sombra como quien busca petróleo.

  • Un señor que trajo una sandía y pidió permiso para enfriarla en la ducha.

Y allí, en lo alto de su trono de socorrista, Sebas, con la piel dorada, los ojos entornados y el silbato en paz, declaró:

—Si esto no es el paraíso, que venga el calor y lo diga.

Y el calor, claro, vino.

Al día siguiente hizo 44 grados. Otra vez.
Villafresno del Río volvió a convertirse en horno con código postal.

Pero mientras la piscina siguiera abierta, y el jamón flotante se mantuviera en el recuerdo colectivo como una hazaña culinaria, todo iba a estar bien.


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